“Vosotros sois testigos de todo esto...”
(Lc. 24, 43-56).
Esta es la invitación de Jesús
Resucitado a sus discípulos antes de
su Ascensión al cielo... Todos nosotros estamos llamados
a ser testigos de Jesús Resucitado
en nuestro mundo. Pero nuestro
testimonio no tiene que ser sólo de palabra, sino con nuestra vida; testigos de vida. Ya no se nos pide hablar mucho, sino
transparentar la Vida.... Que podamos decir
que Dios es amor amando; que podamos decir que Dios es misericordia compadeciendo y
perdonando; que podamos decir que Dios
es gozo, viviendo en la alegría y en la esperanza; que digamos que Dios es comunión compartiendo nuestra
vida con los demás.
“Mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo al cielo”. La Ascensión del Señor al cielo es una narración
mitológica que expresa la culminación de la vida de Jesús. Es “una forma
literaria” de expresar la Resurrección de Jesús que en estos días estamos celebrando
llenos de alegría. La
Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Jesús participa de la
misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del “cielo”. El “cielo”
no es un lugar, sino una manera de estar, otra manera de ser. El cielo
está donde se vive y cuando se vive en amor. El cielo es experimentar la
Presencia del amor de Dios en nuestra vida.
Ciertamente, el cielo no es un lugar hacia el
que vamos después de morir, sino el disfrute pleno del amor y de la vida que se
está gestando ya en el interior de nuestro mundo y en el de cada ser humano; el
cielo es la plenitud de este mundo, la realización plena en Dios, de todas las posibilidades de amor, de paz, libertad y felicidad que todo ser
humano lleva dentro. Cada vez que en la
tierra hacemos la experiencia del bien, de la felicidad, de la amistad, de la
paz y del amor, ya estamos viviendo, de forma precaria pero real, la realidad del cielo. Por eso, lo que se
opone a la esperanza cristiana no es solamente la incredulidad y el ateísmo,
sino también la tristeza, el desamor, el pesimismo y la desesperanza ante la
vida.
La fiesta de la Ascensión, que hoy celebramos, significa que nuestro final está en Dios, no
en la nada. El final de “este
Hombre” Jesús, no fue la muerte sino la Vida. Significa que
nuestro horizonte es Dios. Significa
también, la sed de Trascendencia de todo
ser humano que se realiza plenamente en Jesús Resucitado. Es pues, una fiesta
de esperanza: el futuro del ser humano y el futuro del mundo está en Dios.
Podrán ir mal las cosas, la política, la economía, las situaciones personales, la institución de la
Iglesia, pero la Vida será siempre más fuerte que todo lo que amenaza y
dificulta nuestra vida. Estamos invitados a terminar nuestra vida en Dios. Podemos
afrontar el futuro con esperanza. De ahí que no estamos de acuerdo con la afirmación
de Heidegger que dice que el hombre es "un ser para la muerte”; podemos
decir más bien, que el hombre es “un ser para la vida”.
La fiesta de la Ascensión del Señor nos abre a todos el camino de la esperanza. La
esperanza cristiana no es la actitud que conduce a desentendernos de los
problemas del presente y de despreocuparnos de los sufrimientos de este mundo.
Precisamente porque creemos y esperamos en un mundo nuevo y definitivo, no nos conformarnos
con esta sociedad nuestra llena de odio, lágrimas, sangre, injusticia,
mentira y violencia. Quien no trabaja por liberar al ser humano del
sufrimiento, no cree en un mundo nuevo y feliz. Quien no hace nada por cambiar
y transformar nuestra tierra, no cree en
el cielo.
El Evangelio de este
Domingo termina diciendo: “se volvieron a
Jerusalén con alegría”. La alegría es una de las principales
características de los discípulos de Jesús. La tristeza, el derrotismo, la
amargura, se oponen a la esperanza cristiana. En la entraña del mensaje de
Jesús está presente la alegría.
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