“El Espíritu lo fue llevando por el
desierto mientras era tentado por el diablo”.
(Lc. 4, 1-13).
Es conmovedor y hasta emocionante
contemplar a Jesús en el desierto sometido a las crisis, a la oscuridad, a la
angustia, y a la vez, a la escucha de lo que Dios quiere de El. Jesús sometido
a la tentación como un hombre cualquiera “tentado por el diablo”. La
palabra “diablo” en griego significa división. Las tentaciones de Jesús son como
toda tentación humana nos separan de lo esencial de nosotros mismos. La tentación es una experiencia permanente
del ser humano. Son las tentaciones del tener, del poder y de la gloria.
El evangelista nos dice que Jesús
“estuvo todo aquel tiempo sin comer, y al final, sintió hambre”. Este
detalle es interesante ya que pone de relieve que Jesús, físicamente exhausto,
tiene la fuerza para vencer al “diablo” y lo vence con la fuerza del Espíritu.
El “diablo” le ofrece caminos engañosos y seductores: pretende desviarlo de su
camino de fidelidad al Padre, de su ser de hijo del Padre, de hijo amado del
Padre.
“Si eres Hijo de
Dios, di a esta piedra que
se convierta en pan”. El “diablo” lo invita a dar una orden. “Di que esta piedra se convierta
en pan”. Propone a Jesús que ponga sus fuerzas de Hijo de Dios para
satisfacer su hambre, que utilice a Dios en su propio beneficio. No es sólo la
tentación del tener, del poder y del
materialismo; es también la tentación de querer satisfacer todos
nuestros deseos y apetencias, es la tentación del consumismo compulsivo y
desaforado. ¿No tenemos suficiente experiencia que la búsqueda exagerada de la
satisfacción de nuestros deseos nos lleva al vacío de nuestra vida?
Jesús responde: “No sólo de pan vive el hombre”. Jesús es categórico. Corta por lo
sano. No se entretiene: no sólo de pan vive el hombre. Ciertamente, necesitamos algo más que el pan, (aunque necesario). Necesitamos el sentido de
la vida y la esperanza que nos hace vivir. No podemos reducir el ser humano a
lo económico, a lo material. El hombre es algo más, el hombre se sobrepasa a sí
mismo. El deseo del ser humano no se
sacia sólo con el pan, en todos nosotros hay un deseo de más, un deseo de
Infinito, como decía el H. Roger, “el
hombre sólo se realiza en presencia de Dios”.
Después viene una tentación
más grave. Al ver que Jesús ha rechazado el manipular a Dios, ahora le
propone el poder absoluto: “Después,
llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante, todos los reinos del mundo y le dijo: te daré el poder y la
gloria de todo eso... si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo”. Es la tentación de la ambición del poder en
cualquiera de sus formas. El poder, en cualquiera de sus formas, es idolatría.
El poder lleva siempre consigo la opresión.
La experiencia de la humanidad y la personal, nos pone de manifiesto la
corrupción a la que puede llevar la ambición del poder. Por eso, la respuesta de Jesús es
tajante: “al Señor, tu Dios, adorarás y a El sólo darás culto”. Jesús
nos viene a decir que el mundo no
se humaniza con la fuerza del poder. Quienes deseamos seguir a Jesús no podemos
ir buscando la gloria y el poder, sería arrodillarnos ante el diablo.
Por último, “el diablo lo llevó a
Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: si eres Hijo de Dios,
tírate de aquí abajo porque está escrito: te sostendrá en sus manos”. A Jesús se le propone una
manifestación apoteósica, triunfal,
espectacular, como si le dijera: realiza
un acto espectacular, que todo el mundo vea lo grande que eres. Demuestra que
tienes a Dios de tu parte y que eres más que nadie. Todos te alabarán y tu
gloria llegará al límite.
La respuesta de Jesús es contundente: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Es una
respuesta llena de sabiduría, que corta de manera radical con la tentación de
dejarse llevar por el afán de protagonismo,
por la necesidad de ser importante, por la búsqueda ansiosa del
prestigio, el deseo de deslumbrar a la gente... Lo suyo será la fidelidad al
Padre.
Sigue siendo plenamente
actual la tentación de querer ser como Dios. Sí, es la tentación de la
arrogancia, del éxito social, de la imagen, de ser importantes y de la
prepotencia tan presentes en nuestra cultura.
Jesús,
venciendo el mal, nos muestra el camino de la liberación más profunda. Nosotros también experimentamos las
tentaciones: las que vienen de dentro: de nuestras fragilidades, de nuestras
heridas, de nuestras carencias y las que vienen de fuera, de una sociedad
seductora que nos seduce de mil formas: con el prestigio, con el poder, con el
placer, con el dinero... ¿Quién podrá liberarnos de tantas fragilidades? Jesús,
que las ha vencido. Y nosotros, apoyados en Él, también podemos vencerlas. Sí, nosotros, apoyados en la fuerza de su
amor, podemos vencer nuestras tentaciones.
Al comienzo de esta Cuaresma también
nosotros podríamos preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras tentaciones? ¿Qué es lo que nos separa de lo
esencial de nuestra vida?
En nuestra oración de hoy podemos
volvernos a El y decirle en nuestro corazón: “Señor, fortaleza del que está
tentado, Tú conoces nuestras fragilidades, guarda nuestro corazón, que seamos
vigilantes contra las insidias del mal, que tu Gracia me fortalezca para
volverme a Ti de todo corazón”.

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