“¿Qué tenemos que hacer?”. (Lc. 3, 7-20).
También nosotros necesitamos hacernos la pregunta que la gente hace al
Bautista: “¿Qué tenemos que hacer?”. Tres veces se repite esta misma pregunta
formulada por “la gente”, por “unos publicanos” y por “unos militares”. No se
preguntan lo que hay que pensar, ni siquiera lo que hay que creer. Estos
hombres y mujeres están dispuestos a transformar sus vidas.
En la
respuesta a esta pregunta Juan Bautista no pide cosas desorbitadas sino que
recomienda el amor al otro, la solidaridad y la justicia. El Bautista, hombre
del desierto, les da una respuesta: “El
que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna”. Luego se le
acercan los publicanos y les dice: “No
exijáis nada fuera de lo fijado”. Después,
unos soldados, y les contesta: “No uséis la violencia..”
“¿Qué
tenemos que hacer?”. Es la pregunta
que todo aquel que desea seguir a Jesús, está llamado a hacerse continuamente.
Para nosotros hoy es válida la respuesta del Bautista. Juan, el Bautista,
nos ofrece con claridad y simplicidad, una respuesta decisiva, que nos
pone a cada uno frente a nuestra propia verdad. ¿Qué tenemos que hacer ante
esta crisis tremenda que estamos padeciendo?.
“El que tenga dos túnicas que las reparta con
el que no tiene...; no exijáis más de lo que tengáis
establecido...; no hagáis violencia a nadie, ni le saquéis el dinero”. Las
sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de la
injusticia está también en nuestro propio
corazón. Las estructuras reflejan demasiado bien lo que nos mueve a cada
uno. Y reproducen con mucha fidelidad la ambición, el egoísmo y el afán de
poseer, que hay en cada uno de nosotros.
El deseo insaciable de riqueza, este sistema neoliberal ha pervertido la
economía, que ya no busca la producción de bienes al servicio de la comunidad
humana, sino la acumulación de riqueza en manos de las minorías más poderosas
del mundo.
Este
sistema ha separado la economía del bien común de la sociedad. La actual crisis
no es solo una crisis económica es una crisis de nuestra sociedad y se están
promoviendo falsas soluciones pensando solo en salvar el sistema. ¡Cómo
cambiaría nuestro mundo si cada uno lleváramos a la práctica la invitación del
Bautista! ¡Cómo cambiarían nuestros países, nuestras familias, nuestras
relaciones, si cada uno pensara en el
otro, en lo que necesita, en lo que le falta!
“Fue por toda la región del Jordán
proclamando un Bautismo de conversión”. La conversión que proclama el
Evangelio de hoy, es una invitación a una profunda transformación personal y de
nuestra sociedad corrompida que sigue enriqueciendo a unos pocos.... Pero esta
transformación empieza en el corazón de cada uno de nosotros... sí, que no lo
olvidemos, comienza en cada uno de nosotros.
“El pueblo estaba en expectativa y todos se preguntaban
si no sería Juan el Mesías”.Todos estaban seducidos por sus palabras y el Bautista responde también a esa
pregunta: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más
que yo y no merezco desatarle la
correa de sus sandalias. El os bautizará
con Espíritu Santo y fuego...”
Juan
era un hombre humilde, que no se creía superior a nadie y por eso dice: Yo
bautizo con agua; es decir, mi bautismo es sólo un rito... Él, Jesús, el que viene, os bautizará con Espíritu Santo y
fuego; es decir, con la fuerza del Amor
de Dios y de la Vida. Él, Jesús, nos
sumergirá en el fuego del amor y de la
vida, si le abrimos la puerta de nuestro corazón. Dios no cesa de llamar a
nuestra puerta como un humilde
peregrino buscando acogida.
En este
tercer domingo de Adviento hay también una invitación a la alegría: Dios, a
través del profeta Sofonías, en una
situación tan difícil para Israel como para nosotros, dice a ese pueblo y a
cada uno de nosotros : “Da gritos de
alegría, hija de Sión, exulta de júbilo Israel, alégrate de todo corazón”
(So.3,14-18).
El
profeta nos recuerda el gozo de Dios por
nuestra vida: “El se goza y se complace
en ti. Te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”.Es una
declaración de amor de parte de Dios: “Te ama, se goza, y se complace en ti”. El motivo de
este gozo es la venida de Dios, en Cristo, que cancela toda condena y habita en
medio del mundo como salvador: “El Señor
tu Dios, en medio de ti... Su amor te
renovará” (So 3, 14-18). Su amor nos
renovará a todos si lo acogemos en nuestra corazón.
San Pablo, en la cárcel, invita a los filipenses y a nosotros a
permanecer en la alegría: “Estad siempre
alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres… El Señor está cerca”. (Fil. 4, 4-7). Cerca por la Navidad, cerca por la oración, cerca en nuestra
comunidad, en los hermanos necesitados y cerca en su Palabra, en su Pan de Vida
y en lo íntimo de nuestro corazón. Y
Pablo termina: “Nada os preocupe... Y la
paz de Dios custodiará vuestros corazones”.
Volviéndonos a El que viene hasta nosotros en estos días de Adviento
podemos decirle: Señor Jesús, Tú eres “el
que puede más que yo”; vence todas nuestras resistencias, ven a traer la
paz y la alegría a nuestro mundo. Tú,
Señor, nos restauras, nunca estas lejos,
vienes a encontrarnos.

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