“Una
voz grita en el desierto, preparad el camino del Señor”. (Lc. 3, 1-6).
Juan Bautista, en el desierto, grita: “Preparad el camino al Señor”. Juan
Bautista toma prestadas las palabras de Isaías y anuncia a todos la llegada de
la salvación: “preparad el camino al Señor... Y todos verán la salvación de
Dios”.
“El año quince del reinado del
emperador Tiberio vino la Palabra sobre Juan en el desierto”. El Evangelio de Lucas sitúa
la misión de Juan el Bautista en el marco de la historia del mundo pagano y de
Israel. Y lo hace con un tono solemne, (“el
año quince del reinado del Emperador Tiberio”...) Sí, la salvación de Dios
acontece en una historia bien concreta, como nos la presenta el Evangelio de
hoy: “En el año quince del reinado del
emperador Tiberio”... Es decir, la salvación, la vida plena que Dios nos
ofrece a todos acontece en “nuestro año
quince”, es decir, en nuestra historia personal, con nuestros problemas y
nuestras esperanzas, en nuestra situación concreta... Allí donde cada uno se
encuentra y tal como está. Dios viene a nosotros siempre en nuestra realidad.
Dice el Evangelio que “vino la Palabra de Dios sobre Juan en el desierto”: el desierto es
el lugar en el que Juan recibe la Palabra. Esto es significativo; el “desierto”
significa lugar de silencio, de búsqueda interior, de distancia crítica de las
corrientes de moda y de todo aquello que nos separa de lo esencial. Juan nos
enseña a escuchar a Dios en el “desierto” de nuestro corazón. ¿Quién escuchara
a Dios en el desierto de su corazón?, ¿quién nos ayudará a ir a lo esencial en
nuestra vida?.
En Juan resuena con fuerza las palabras de
Isaías: “Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”. En aquellos
tiempos de tan malos caminos, cuando un rey visitaba una ciudad, los habitantes
de la misma eran urgidos por los mensajeros a que arreglasen los caminos y
senderos montañosos para que la carroza real se desplazase con comodidad...
aludiendo a esta costumbre, Juan, retoma las palabras de Isaías y se presenta
al pueblo gritando: “Preparad el camino
al Señor, allanad sus senderos”. De eso se trata de preparar un camino para
que el Señor llegue a nuestra vida. ¿Cómo podremos preparar un camino a Dios en
nuestra vida?, ¿cómo hacer espacio a Dios en medio de las prisas, la agitación,
y el activismo que impiden al ser humano
escucharse por dentro?
“Preparad
el camino al Señor”. Y para concretar en qué consiste este trabajo el
Bautista echa mano del texto de Isaías. Hay en ese texto cinco verbos
sugerentes detrás de los cuales está diseñado todo el trabajo: hay que “allanar los senderos,” es decir,
recuperar una fidelidad sin baches; hay que “elevar los valles”, que quiere decir salir de los vacíos y de los
sinsentidos, dejar los barrancos del desaliento y de la desconfianza; “descender montes y colinas”, rebajar
ambiciones, dejar de lado la autosuficiencia y la arrogancia; “enderezar lo torcido”, salir de una vez
de las ambigüedades en las que nos movemos cada día; “igualar lo escabroso”, nivelar con justicia las escandalosas
desigualdades de nuestro mundo. Preparar el camino al Señor consiste en crear
relaciones nuevas, en pasar de la injusticia a la justicia, de la angustia a la
confianza, de la tristeza a la alegría y en hacer la vida más humana y feliz
para todos.
Este programa tan concreto se cierra con la
afirmación contundente: “y todos verán la
salvación de Dios”. La salvación de Dios, la Vida plena está ofrecida a
todos, y se ofrece también a todos
nosotros. Esta es la Buena Noticia del Evangelio: Dios, en Cristo, ofrece su
amor y su vida a todo ser humano sin
excepción. No se puede ver la salvación de Dios si no hay conversión interior,
si no hay cambio en profundidad, si no avanzamos en el compartir y en la
solidaridad. La salvación viene y acontece en la historia, en la historia
colectiva y en nuestra historia personal.
Con razón se nos invita, también hoy,
a la esperanza de una manera nueva tal como lo hemos oído en la primera
Lectura, el profeta Baruc, escribe: “Jerusalén,
despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la
gloria que Dios te da” . Este mensaje está dirigido a Jerusalén, para
alimentar la esperanza en la vuelta de los desterrados en Babilonia, por eso,
es una llamada a la esperanza. También es una invitación a un cambio de actitud
ante nuestra vida. “El vestido de luto”, significa nuestras
desesperanzas, nuestras tristezas, nuestros continuos lamentos que nos
paralizan y nos impiden vivir la esperanza y la alegría. Nosotros hoy,
necesitamos preguntarnos: ¿Qué vestido de luto siento que tengo que
dejar? ¿O qué vestido de fiesta Dios me está ofreciendo?.
En este Domingo, nos volvemos al Señor para decirle: Ven,
Señor, a nosotros. Líbranos de toda tristeza y danos tu alegría. Abre para
nosotros un camino nuevo en el que podamos rebajar los montes y rellenar los
valles... Señor, que luchemos contra las montañas de nuestro orgullo y que
nuestro encuentro contigo rellene los vacíos de nuestro corazón.
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