miércoles, 5 de diciembre de 2012

2 Domingo de Adviento


  “Una voz grita en el desierto, preparad el camino del Señor”. (Lc. 3, 1-6).

    Juan Bautista, en el desierto, grita: “Preparad el camino al Señor”. Juan Bautista toma prestadas las palabras de Isaías y anuncia a todos la llegada de la salvación: “preparad el camino al Señor... Y todos verán la salvación de Dios”.

“El año quince del reinado del emperador Tiberio vino la Palabra sobre Juan en el desierto”. El Evangelio de Lucas sitúa la misión de Juan el Bautista en el marco de la historia del mundo pagano y de Israel. Y lo hace con un tono solemne, (“el año quince del reinado del Emperador Tiberio”...) Sí, la salvación de Dios acontece en una historia bien concreta, como nos la presenta el Evangelio de hoy: “En el año quince del reinado del emperador Tiberio”... Es decir, la salvación, la vida plena que Dios nos ofrece a todos acontece en “nuestro año quince”, es decir, en nuestra historia personal, con nuestros problemas y nuestras esperanzas, en nuestra situación concreta... Allí donde cada uno se encuentra y tal como está. Dios viene a nosotros siempre en nuestra realidad.

   Dice el Evangelio que “vino la Palabra de Dios sobre Juan en el desierto”: el desierto es el lugar en el que Juan recibe la Palabra. Esto es significativo; el “desierto” significa lugar de silencio, de búsqueda interior, de distancia crítica de las corrientes de moda y de todo aquello que nos separa de lo esencial. Juan nos enseña a escuchar a Dios en el “desierto” de nuestro corazón. ¿Quién escuchara a Dios en el desierto de su corazón?, ¿quién nos ayudará a ir a lo esencial en nuestra vida?.

    En Juan resuena con fuerza las palabras de Isaías:  “Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”. En aquellos tiempos de tan malos caminos, cuando un rey visitaba una ciudad, los habitantes de la misma eran urgidos por los mensajeros a que arreglasen los caminos y senderos montañosos para que la carroza real se desplazase con comodidad... aludiendo a esta costumbre, Juan, retoma las palabras de Isaías y se presenta al pueblo gritando: “Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”. De eso se trata de preparar un camino para que el Señor llegue a nuestra vida. ¿Cómo podremos preparar un camino a Dios en nuestra vida?, ¿cómo hacer espacio a Dios en medio de las prisas, la agitación, y el activismo que impiden al ser humano  escucharse por dentro?
    
    “Preparad el camino al Señor”. Y para concretar en qué consiste este trabajo el Bautista echa mano del texto de Isaías. Hay en ese texto cinco verbos sugerentes detrás de los cuales está diseñado todo el trabajo: hay que “allanar los senderos,” es decir, recuperar una fidelidad sin baches; hay que “elevar los valles”, que quiere decir salir de los vacíos y de los sinsentidos, dejar los barrancos del desaliento y de la desconfianza; “descender montes y colinas”, rebajar ambiciones, dejar de lado la autosuficiencia y la arrogancia; “enderezar lo torcido”, salir de una vez de las ambigüedades en las que nos movemos cada día; “igualar lo escabroso”, nivelar con justicia las escandalosas desigualdades de nuestro mundo. Preparar el camino al Señor consiste en crear relaciones nuevas, en pasar de la injusticia a la justicia, de la angustia a la confianza, de la tristeza a la alegría y en hacer la vida más humana y feliz para todos.

  

  Este programa tan concreto se cierra con la afirmación contundente: “y todos verán la salvación de Dios”. La salvación de Dios, la Vida plena está ofrecida a todos, y se  ofrece también a todos nosotros. Esta es la Buena Noticia del Evangelio: Dios, en Cristo, ofrece su amor y su vida a todo ser humano  sin excepción. No se puede ver la salvación de Dios si no hay conversión interior, si no hay cambio en profundidad, si no avanzamos en el compartir y en la solidaridad. La salvación viene y acontece en la historia, en la historia colectiva y en nuestra historia personal.

    Con razón se nos invita,  también hoy,  a la esperanza de una manera nueva tal como lo hemos oído en la primera Lectura,  el profeta Baruc,  escribe: “Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da” . Este mensaje está dirigido a Jerusalén, para alimentar la esperanza en la vuelta de los desterrados en Babilonia, por eso, es una llamada a la esperanza. También es una invitación a un cambio de actitud ante nuestra vida. “El vestido de luto”, significa nuestras desesperanzas, nuestras tristezas, nuestros continuos lamentos que nos paralizan y nos impiden vivir la esperanza y la alegría.  Nosotros hoy,  necesitamos preguntarnos: ¿Qué vestido de luto siento que tengo que dejar? ¿O qué vestido de fiesta Dios me está ofreciendo?.

    En este Domingo,  nos volvemos al Señor para decirle: Ven, Señor, a nosotros. Líbranos de toda tristeza y danos tu alegría. Abre para nosotros un camino nuevo en el que podamos rebajar los montes y rellenar los valles... Señor, que luchemos contra las montañas de nuestro orgullo y que nuestro encuentro contigo rellene los vacíos de nuestro corazón. 

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