“Alzad
la cabeza; se acerca vuestra liberación”.
(Lc. 21, 25-36).
Hoy, en
un mundo desilusionado en el que la desesperanza y el sin sentido se han
adueñado del corazón humano resuena este grito de esperanza del Evangelio:
“Alzad
la cabeza, se acerca vuestra liberación”. El Evangelio de este domingo no se refiere al
fin del mundo sino al proceso de liberación de la historia humana que comienza
en la muerte y resurreción de Jesús.
En un lenguaje simbólico, la “catástrofe
cósmica” era en la época de Jesús el signo de la caída de un orden social
injusto y la inauguración de un mundo nuevo. El texto dice: “que habrá signos en el sol, en la luna y en
las estrellas..., y que las potencias del cielo temblarán”. ¿Qué quieren
decir estas palabras?
Que todos los poderes divinizados caen,
“temblarán”. Que todos los ídolos y falsos valores representados en los
astros (sol, luna y estrellas) se oscurecerán... Que todos los sistemas ideológicos
que acaparan la verdad y arrebatan la libertad humana, se desvanecen... Esas
potencias del cielo caerán,... Esa fue la experiencia de la primera generación
de cristianos y esa puede ser también
nuestra experiencia actualmente.
Y este derrumbamiento
es, a la vez, el anuncio de un proceso
de liberación y de maduración de la humanidad.
También podemos decir que esto es
verdad a nivel personal, a nivel de nuestras relaciones, de nuestros grupos, de
nuestras instituciones, de nuestros sistemas
ideológicos y de nuestra sociedad...
“Entonces
verán al Hijo del Hombre venir en una nube con gran poder y gloria”. Aquí
se anuncia el gran triunfo del Hijo del Hombre, que es Jesús Resucitado la
plenitud humana... Su gran fuerza de vida se opone a la fuerza de la muerte que se tambalea; su
gloria se opone a la de los opresores que declinan... Y ante esta situación de crisis, Jesús invita
a los discípulos a no tener miedo, sino a ponerse de pie y a alzar la cabeza:
“Alzad
la cabeza; se acerca vuestra liberación”.
La primera generación de cristianos contempló cómo el mundo caduco caía
y se hundía. Todo, hasta “los astros” se tambaleaban y los primeros cristianos comprendieron que el Hijo del
Hombre se imponía “con gran poder y majestad”. Ellos experimentaron que su
esperanza no era engañosa.
El Evangelio de este domingo, primero
de Adviento, es una fuerte llamada a la esperanza. Nosotros también hemos visto caer los grandes
sistemas ideológicos y políticos, hemos visto caer el mito del progreso, como
motor de la civilización y tantas y tantas cosas.... Creíamos que con nuestra
tecnología y nuestra ciencia al servicio de la seguridad, habíamos construido
un mundo seguro pero no ha sido así. En los albores del siglo XXI nos
encontramos con la experiencia de una gran fragilidad, con la experiencia de
nuestra finitud... (La crisis económica, el índice tremendo de paro, la falta
de valores humanos, la crisis cultural y religiosa, nos hace percibir una oscuridad e incertidumbre
en el horizonte de nuestro mundo). En esta situación el Evangelio nos llama a
la Esperanza: El, Cristo Resucitado, es nuestra esperanza. Necesitamos volver
hoy nuestra mirada a El, recordando sus palabras: “Alzad
la cabeza, se acerca vuestra liberación”.
Nuestra expectativa no es la angustia, sino la alegría. Nuestra vida
está asegurada en Él.
En nuestro camino puede pasar de todo,
puede parecer que todo se derrumba. La humanidad puede atravesar grandes
sufrimientos, en nuestra vida personal también puede cruzarse el mal, podemos
encontrarnos con grandes dificultades, pueden morir nuestros seres queridos y
nuestros planes pueden quedar
frustrados..., pero a pesar de todo
eso, nuestra vida y la de toda la
humanidad, está garantizada en Dios .
Por eso, es posible la esperanza. Esta es la esperanza que celebramos en este
tiempo de Adviento.
El Evangelio de este domingo es una llamada a
la esperanza. La esperanza para nosotros no es una ilusión engañosa. Al
contrario, vivimos con esperanza porque nos tomamos en serio todas las
posibilidades que el ser humano lleva dentro. La esperanza cristiana no es la
espera pasiva de los no comprometidos,
ni la espera interesada de los bien situados, sino la espera creadora de
los que se han comprometido en una sociedad más justa y fraterna. La esperanza
cristiana es la que ilumina la oscuridad de nuestro corazón y nos impulsa
a seguir adelante.
“Tened
cuidado: que no se os embote la mente con
el vicio, la bebida y los agobios de la vida”. es
decir, con todo aquello que nos adormece, nos narcotiza y compensa los vacíos y los sin sentidos de
nuestra vida. Tal vez, una de las dificultades
más graves de nuestra sociedad es la frivolidad, la ligereza en el
planteamiento de los problemas más serios de la vida, la superficialidad que lo
invade casi todo. De la superficialidad y el embotamiento solo es posible
liberarse despertando de la inconsciencia y aprendiendo a vivir de manera
lúcida, abiertos a la profunda liberación que nos trae Cristo en su venida.
“Estad siempre despiertos”.
¿Qué significa estar despiertos? significa hacernos conscientes y lúcidos de lo
que vivimos sin dejarnos arrastrar hacia la indiferencia y sin dejar que se
apague el deseo profundo de Vida que llevamos dentro.
Dios está cerca. El viene a abrir para
nosotros la Fuente de la Vida y de la Alegría. Quien se abre a El y percibe su
Presencia experimenta que El, Cristo, es la
belleza que llena nuestro corazón, la verdad que esclarece nuestras
preguntas y colma de gozo pleno nuestra vida.
Podemos volvernos a El con el salmo de
la liturgia de hoy para decirle: A
Ti, Señor, levanto mi alma y mi corazón y mi ser entero. Mis ojos fijos siempre en ti.

Me anima a ser un cristiano alegre no un triste cristiano.Un abrazo.
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