miércoles, 28 de noviembre de 2012

I Domingo de Adviento


          “Alzad la cabeza;  se acerca vuestra liberación”. (Lc. 21, 25-36).

           Hoy, en un mundo desilusionado en el que la desesperanza y el sin sentido se han adueñado del corazón humano resuena este grito de esperanza del Evangelio:
         “Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”.  El Evangelio de este domingo no se refiere al fin del mundo sino al proceso de liberación de la historia humana que comienza en la muerte y resurreción de Jesús.
          En un lenguaje simbólico, la “catástrofe cósmica” era en la época de Jesús el signo de la caída de un orden social injusto y la inauguración de un mundo nuevo. El texto dice: “que habrá signos en el sol, en la luna y en las estrellas..., y que las potencias del cielo temblarán”. ¿Qué quieren decir estas palabras?
         Que todos los poderes divinizados caen, “temblarán”. Que todos los ídolos y falsos valores representados en los astros (sol, luna y estrellas) se oscurecerán... Que todos los sistemas ideológicos que acaparan la verdad y arrebatan la libertad humana, se desvanecen... Esas potencias del cielo caerán,... Esa fue la experiencia de la primera generación de cristianos y esa puede ser  también nuestra experiencia actualmente.

         Y este derrumbamiento es,  a la vez, el anuncio de un proceso de liberación y de maduración de la humanidad.  También podemos decir que  esto es verdad a nivel personal, a nivel de nuestras relaciones, de nuestros grupos, de nuestras instituciones,  de nuestros sistemas ideológicos  y  de nuestra sociedad...

         “Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube con gran poder y gloria”. Aquí se anuncia el gran triunfo del Hijo del Hombre, que es Jesús Resucitado la plenitud humana... Su gran fuerza de vida se opone  a la fuerza de la muerte que se tambalea; su gloria se opone a la de los opresores que declinan...  Y ante esta situación de crisis, Jesús invita a los discípulos a no tener miedo, sino a ponerse de pie y a alzar la cabeza:
          “Alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”.  La primera generación de cristianos contempló cómo el mundo caduco caía y se hundía. Todo, hasta “los astros” se tambaleaban y los primeros  cristianos comprendieron que el Hijo del Hombre se imponía “con gran poder y majestad”. Ellos experimentaron que su esperanza no era engañosa.

         El Evangelio de este domingo, primero de Adviento, es una fuerte llamada a la esperanza.  Nosotros también hemos visto caer los grandes sistemas ideológicos y políticos, hemos visto caer el mito del progreso, como motor de la civilización y tantas y tantas cosas.... Creíamos que con nuestra tecnología y nuestra ciencia al servicio de la seguridad, habíamos construido un mundo seguro pero no ha sido así. En los albores del siglo XXI nos encontramos con la experiencia de una gran fragilidad, con la experiencia de nuestra finitud... (La crisis económica, el índice tremendo de paro, la falta de valores humanos, la crisis cultural y religiosa,  nos hace percibir una oscuridad e incertidumbre en el horizonte de nuestro mundo). En esta situación el Evangelio nos llama a la Esperanza: El, Cristo Resucitado, es nuestra esperanza. Necesitamos volver hoy nuestra mirada a El, recordando sus palabras:  “Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”.  Nuestra expectativa no es la angustia, sino la alegría. Nuestra vida está asegurada en Él.

          En nuestro camino puede pasar de todo, puede parecer que todo se derrumba. La humanidad puede atravesar grandes sufrimientos, en nuestra vida personal también puede cruzarse el mal, podemos encontrarnos con grandes dificultades, pueden morir nuestros seres queridos y nuestros  planes pueden quedar frustrados...,  pero a pesar de todo eso,  nuestra vida y la de toda la humanidad,  está garantizada en Dios . Por eso, es posible la esperanza. Esta es la esperanza que celebramos en este tiempo de Adviento.

 El Evangelio de este domingo es una llamada a la esperanza. La esperanza para nosotros no es una ilusión engañosa. Al contrario, vivimos con esperanza porque nos tomamos en serio todas las posibilidades que el ser humano lleva dentro. La esperanza cristiana no es la espera pasiva de los no comprometidos,  ni la espera interesada de los bien situados, sino la espera creadora de los que se han comprometido en una sociedad más justa y fraterna. La esperanza cristiana es la que  ilumina  la oscuridad de nuestro corazón y nos impulsa a seguir adelante.

        “Tened cuidado: que no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida”.  es  decir, con todo aquello que nos adormece, nos narcotiza  y compensa los vacíos y los sin sentidos de nuestra vida. Tal vez, una de las dificultades  más graves de nuestra sociedad es la frivolidad, la ligereza en el planteamiento de los problemas más serios de la vida, la superficialidad que lo invade casi todo. De la superficialidad y el embotamiento solo es posible liberarse despertando de la inconsciencia y aprendiendo a vivir de manera lúcida, abiertos a la profunda liberación que nos trae Cristo en su venida.

          “Estad siempre despiertos”. ¿Qué significa estar despiertos? significa hacernos conscientes y lúcidos de lo que vivimos sin dejarnos arrastrar hacia la indiferencia y sin dejar que se apague el deseo profundo de Vida que llevamos dentro.

           Dios está cerca. El viene a abrir para nosotros la Fuente de la Vida y de la Alegría. Quien se abre a El y percibe su Presencia experimenta que El, Cristo, es la  belleza que llena nuestro corazón, la verdad que esclarece nuestras preguntas y colma de gozo pleno nuestra vida.
   
        Podemos volvernos a El con el salmo de la liturgia de hoy para decirle: A Ti, Señor, levanto mi alma y mi corazón y mi ser  entero. Mis ojos fijos siempre en ti.

1 comentario: