“¿Le
está permitido a un hombre repudiar a su mujer?”. (Mc. 10, 1-16).
Esta
pregunta de los fariseos a Jesús no se refiere al divorcio tal y como
ahora se plantea, sino a la desigualdad
de derechos entre el hombre y la mujer. Es decir, los fariseos preguntan si los
privilegios del hombre eran prácticamente ilimitados. Y eso es lo que Jesús no
tolera: el sometimiento total de la
mujer al varón dentro de la familia patriarcal que tantos sufrimientos
provocaba en las mujeres de su época. Ningún cristiano podrá legitimar con el
Evangelio, nada que promueva la discriminación, exclusión ó sumisión de la
mujer.
El divorcio, en aquella época, era una
tremenda discriminación de la mujer.
Jesús rompe con la interpretación machista por la cual el hombre puede
despedir a su mujer por cualquier causa y se pone de parte del más débil...
Jesús dice, citando el Génesis: “Serán
dos en una sola carne”, es una expresión hebrea que significa: dos en plena
comunión de amor, es decir, contra la mentalidad y cultura judía, Jesús afirma
la igualdad del hombre y de la mujer fundamentada en el amor.
La respuesta de Jesús es: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el
hombre”... que quiere decir: ¡Que el amor no se acabe nunca! La respuesta
de Jesús desconcertó a todos. Las mujeres no se lo podían creer. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el
hombre”, que significa que Dios no quiere mujeres maltratadas y sometidas
al varón, Jesús no admite la superioridad del varón y el sometimiento de la
mujer.
Jesús no trata de salvar la institución
del matrimonio, sino de poner de relieve
el designio de Dios que es amor. La visión de Jesús sobre el matrimonio es
completamente distinta de la que rige en la sociedad judía: en la sociedad
judía la unión de la pareja no se realiza por el amor mutuo, sino por el
dominio del hombre sobre la mujer. En el planteamiento de Jesús, el factor de
unión es el amor que realiza la unidad: “Lo
que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Lo que Dios ha unido que no lo separe
nuestras frustraciones, nuestras distancias, nuestro egocentrismo, nuestros
problemas personales... La clave está en
cómo poder liberar un verdadero amor que
es el “designio” que Dios tiene sobre
cada uno de nosotros...
Por supuesto, que nuestra capacidad de
amar está condicionada por nuestra limitación humana. Jesús sólo hace una
propuesta: lo mejor es esforzarse para que esta unión no se rompa y que este amor no se apague nunca. Pero si eso se hace
imposible, El estará siempre a nuestro lado comprendiendo nuestra fragilidad,
perdonando nuestros errores y alentando nuestra vida para poder empezar de
nuevo.
El relato evangélico prosigue
presentando un encuentro de Jesús con los niños. Dice el texto que “los niños se acercaban a Jesús para que los
tocara, pero los discípulos los regañaban y que al verlos Jesús les dijo
indignado: “Dejad que los niños se
acerquen a mí...”. Los discípulos impiden que se acerquen los niños no
porque estos puedan molestar al Maestro, sino porque los niños no representan
nada. Tenemos que recordar que los niños no eran tenidos en cuenta en la
sociedad de la época.
Los niños eran tan menospreciados como
las mujeres. Jesús rompe el esquema cultural y acoge a los niños.
Además, Jesús, con su gesto de “abrazar
a los niños”, va más lejos de lo que se le había pedido. Con este gesto de
ternura manifiesta la preferencia de Dios por los que nada pueden ni valen
humanamente. En los niños, hoy podemos
ver representado el amplio mundo de los pobres y marginados, los que no tienen
interés para nuestra sociedad, los que procuramos que no se crucen en nuestro
camino, tantas personas que no son “productivas”, que no interesan ni para la
política, ni para la economía, ni para nuestra sociedad.
Hoy recordamos con dolor
que todavía son demasiados los países en los que se pisotea la dignidad y el
respeto que los niños merecen: niños explotados por el trabajo o por el mercado
del sexo, niños obligados a convertirse en soldados, niños privados de
asistencia sanitaria, niños desnutridos, etc.
Jesús termina:
“El que no acepte el Reino de Dios
como un niño, no entrará en él”.
Ser como un niño significa
reconocer la propia pertenencia. Uno descubre
quién es cuando cae en la cuenta de a quién pertenece... (nuestra vida
pertenece a Dios).
En definitiva, las mujeres y los niños, que en aquella
cultura eran considerados de rango inferior, Jesús les devuelve su dignidad
rompiendo los esquemas sociales y religiosos vigentes. Esta es la novedad del
Evangelio de este domingo.
Somos como niños ante el Misterio de Dios
que nos sobrepasa siempre. Que como niños reconozcamos hoy que nuestra
vida pertenece a Dios y que nuestro corazón cante la esperanza.
Nuestra oración puede ser: “Señor
Resucitado, en nuestra fragilidad, sólo en Ti esperamos, Tú eres nuestra vida y
nuestra alegría”.

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