“Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mc. 8,
27-38).
Esta pregunta constituye el corazón del Evangelio… Es
una pregunta que Jesús hace a sus discípulos y también a nosotros.
Esta escena se sitúa en Cesárea de Filipo, fuera
del territorio judío. Comienza Jesús con una pregunta general: “¿Quién dice
la gente que soy yo?”. Se trata de un sondeo de opiniones de los
otros.....A continuación les plantea la pregunta de una manera personal: “
vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Jesús
contrapone sus discípulos(vosotros) a “la gente”. Al hacer esta pregunta por
separado les muestra que espera de ellos una respuesta diferente de la gente,
ya que el discípulo es aquel que ha puesto en El su confianza y le sigue.
“¿Quién
decís que soy yo? Esta pregunta es también pera cada uno de nosotros.
Necesitamos sentir esta pregunta como dirigida a cada uno personalmente.
Responder ajustadamente a esta pregunta ha sido y sigue siendo la tarea
principal de toda la historia cristiana. Nosotros también necesitamos dar
respuesta personal a esta pregunta.
Nuestra vida y su sentido están
ligados a la respuesta que demos a
esta pregunta de Jesús: “¿quién decís que soy yo?”.
La pregunta es: ¿quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida
? Pero,
Jesús, ¿es realmente el centro de nuestras vidas? ¿le damos primacía absoluta
en nuestras comunidades? ¿lo ponemos por encima de todo y de todos? ¿Es Él
quien nos anima y nos hace vivir? ¿es Jesús quién llena nuestro corazón?.
Andrés Gide, a pesar de su rebeldía contra el
cristianismo escribe: “Se que no existe nadie más que Tu, capaz de apagar mi
corazón exigente”.
Pedro, respondió diciéndole: “Tu eres el Mesías”. Pedro, de manera
intuitiva, en un arranque de brillantez,
tiene una genialidad que desvela el secreto de la identidad de Jesús: “Tu eres el Mesías” , Tú eres el
esperado, eres nuestro maestro, nuestro horizonte, nuestro guía. Pedro habla en nombre de todos. Pero esta
respuesta de Pedro está mezclada con una fe en un Mesías triunfal. La persona
de Jesús tenía un gran atractivo. Tenía un gran éxito. Todo el mundo que le
escuchaba quedaba maravillado. Nadie se sentía indiferente en su presencia.
Todos se sentían amados y aceptados. Era la esperanza de mucha gente en Palestina.
Pero, ciertamente, esta respuesta de Pedro está condicionada por la ideología
religiosa, proyectando sobre Jesús el ideal mesiánico del pueblo judío...
Jesús no reacciona felicitando a Pedro sino
imponiendo silencio: “El les prohibió terminantemente decírselo a nadie”.
Y es que la respuesta de Pedro, correcta en
su formulación verbal, no corresponde a lo que Jesús piensa de sí mismo
ni a lo que Dios quiere de él. Pedro anhela un Mesías triunfal, un líder
político que se haga con el poder y se adueñe de la situación. Pero Jesús ha
descubierto que los caminos de Dios van por otros derroteros.
Jesús no quiere generar más violencia en el
mundo, por eso, les anuncia con toda claridad su Pasión: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por
los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los
tres días”. Jesús ve su futuro tan evidente y tan contrario al triunfo que
ellos esperan que les habla con claridad de su Pasión y final trágico. Jesús es
consciente de que el poder establecido no lo acepta y está dispuesto a darle
muerte y es ahí donde se manifiesta su “amor hasta el extremo”.
Pedro no
comprende, por eso se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pedro está
condicionado por su necesidad de poder, de triunfo y habla a Jesús como de
superior a inferior diciéndole: “a ti no
te pasará eso”. La reacción de Jesús suena a tajante e incluso dura. Se
enfrenta directamente con Pedro y le hace la represión más severa que tenemos
en el Evangelio. Jesús le dice: “colócate
detrás de mí, Satanás”, es decir, invita a Pedro a colocarse detrás de El,
como corresponde a todo discípulo, caminando detrás del maestro. Es como si le
dijera: No me indiques tú el camino, yo sigo mi camino y tú ponte detrás.
Después Jesús llamó a la gente y a sus discípulos
y les dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su
cruz cada día y se venga conmigo”.
“Negarse
a sí mismo” quiere decir no estar centrado en sí mismo de
manera egocéntrica, sino en el otro, es decir, en amar de verdad, en liberar
nuestra capacidad de amor gratuito. En definitiva, es como si les dijera: se
trata de renunciar a vuestros ambiciones de poder, a vuestras necesidades
exageradas de ser importantes, a vuestros intereses personales y, quizás, de
perder la vida por mí y por el Evangelio.
“Cargar con su cruz”
: cargar con la cruz no es sólo llevar bien los dolores inherentes a la
condición humana, sino asumir también el riesgo que supone el seguir a Jesús
y ser fiel a lo profundo de sí mismo,
tomando opciones coherentes con los valores del Evangelio...
Jesús concluye: “El
que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por
el Evangelio, la salvará”. Jesús nos invita a “perder” no lo esencial de la
vida sino lo efímero e ilusorio. Es un perder para ganar vida y libertad. Hay
que subrayar que dice “por mi”
que expresa un vínculo fuerte y vital con su persona. Jesús es tan
valioso que nos permite perderlo todo y seguirle por el camino.
Que hoy, en este domingo, podamos abrirnos a
Él, a Jesús para decirle: Tu eres Aquel que iluminas las noches de nuestro
corazón, Tu eres Aquel que llena de
claridad nuestra vida, y nos abres un
camino de esperanza. Tu, Jesús eres Alguien que nos amas sin medida, que estás ahí siempre, muy cerca de cada uno de nosotros, como una
luz en la oscuridad. Tu eres aquel que hemos buscado siempre, Tu, la Fuente de
nuestra vida y de nuestra alegría.
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