“Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí”
(Mc. 7, 1-8).
Con estas palabras de Isaías, Jesús
responde a los fariseos y saca a la luz lo falso y vacío del modo de actuar de
los fariseos: su culto es sólo formal que se queda en lo exterior de los ritos
y de la observancia de la Ley y no se corresponde con la actitud interior y una
vida coherente. Jesús censura a los fariseos y desenmascara sus posiciones ideológicas
aparentemente muy respetables pero que descuidan el “mandamiento de Dios. La
pregunta de los fariseos a Jesús suena a acusación: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la
tradición de los mayores?” La
respuesta de Jesús comienza llamándoles “hipócritas”, es decir, “actores” y
después Jesús denuncia la separación entre oración y vida, entre palabra y
corazón.
Jesús les dice: “vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la
tradición de los hombres”. Jesús proclama, en voz alta, para que
todos lo sepan, que esa religión que los fariseos predican es hipócrita y
traiciona el “designio de Dios”, que es Amor y Vida.
La enseñanza y actitud de Jesús sigue
sorprendiendo y desconcertando hoy. Jesús pone en entredicho la tradición
establecida que abandona lo que Dios quiere: el amor y la vida para todos.
Jesús invita a la Comunidad cristiana de
todos los tiempos a descubrir dónde está la Fuente de la pureza o impureza del
corazón humano. ¿No nos parecemos, a veces, a los fariseos, conformándonos con
guardar las apariencias y el cumplimiento exterior, dejando de lado lo
esencial?
Esta crítica de Jesús a los fariseos y
escribas, ¿No es también para nosotros una invitación a estar atentos a lo que
vivimos? Los seres humanos y, lógicamente, también los cristianos, corremos
también el riesgo de los fariseos: poner en el centro nuestras ideas, nuestros
principios, nuestros proyectos y nuestras pequeñas “tradiciones” presentándolas
como fundamentales y dejando de lado aquello que es esencial, los
“mandamientos”, es decir, el amor, la
compasión y la misericordia que Dios ofrece a todo ser humano en Jesús de
Nazaret.
¡Cuánto nos cuesta comprender la actitud
fundamental de Jesús! La sociedad actual
ensalza más que nunca la apariencia física sin que parezca importarle para
nada, la belleza interior del ser humano. Vivimos en una cultura de la
apariencia, de la imagen. Los mensajes con los que la propaganda nos bombardea,
se preocupan, sobre todo, de la fachada y descuidan por completo el
corazón. Los “dioses de nuestro mundo”
exigen también el cumplimiento de un código de leyes para que el hombre pueda
considerarse justificado. Una de estas leyes es el éxito profesional, el
prestigio social, la competitividad... Jesús, por el contrario, proclama la
libertad ante las ataduras esclavizantes de los convencionalismos sociales y propone el amor y la compasión para todos
como criterio de una relación auténtica con Dios. Con ello nos revela el
auténtico rostro de Dios, que es amor.
Una vez que Jesús ha denunciado la actitud
farisaica, propone una enseñanza positiva: la contaminación es un problema
interior: lo que contamina al ser humano no son los objetos que pueda tocar o
ingerir sino lo que procede del corazón, que para la mentalidad judía, es la
sede de la inteligencia y de la voluntad, por eso dice: “Escuchad y entender todos: nada que entre de fuera puede hacer al
hombre impuro; lo que sale de dentro es
lo que le hace impuro...”
Jesús pone de relieve el criterio básico de la
moral universal a través de una invitación: Quiere decir: todas las cosas
creadas son buenas y, por consiguiente,
no pueden ser impuras ni volver impuro a nadie. Lo que puede contaminar al
hombre radica en el corazón. El corazón humano, por tanto, es el lugar de la
bondad o la maldad de las acciones.
Esta advertencia de Jesús
tiene plena actualidad en nuestra sociedad de hoy “lo que sale de dentro es lo que le hace impuro”. Los robos, los
homicidios, la violencia, las injusticias sociales, la dureza de corazón con la
que juzgamos a los demás... que de tantas maneras toman cuerpo en las
costumbres, instituciones, estructuras de nuestra sociedad salen “de dentro del
corazón”. También la tremenda crisis económica que estamos padeciendo ha nacido
de la ambición del corazón humano.
El
Evangelio de hoy es una llamada a la conversión interior: los hombres y mujeres
de hoy podemos ingenuamente olvidar que el camino de una sociedad más justa y
humana pasa por la conversión del corazón. Las instituciones, las estructuras y
los programas socio-políticos no cambian ni mejoran automáticamente a las
personas. No hay ningún camino que nos pueda conducir a una transformación
social dispensándonos de una conversión interior de las personas, de una
transformación personal en profundidad. Es una falsa ilusión creer que
avanzamos hacia una sociedad más justa y humana si no estamos dispuestos a
reconvertir nuestro propio corazón ¿Quién está dispuesto/a a dejar transformar
su corazón? Por eso necesitamos estar alerta sobre nuestra capacidad de
autoengaño para liberarnos de la trampa de “honrar
con los labios a Dios pero permaneciendo lejos con nuestro corazón”.
Hoy estamos
invitados a una oración interior y a dejarnos transformar por El y su Espíritu
que habita en nosotros.
Que en unos momentos de silencio podamos
escuchar las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy que nos invitan a mirar
en nuestro corazón con sinceridad. Hoy
podemos mirar dentro de nosotros y buscar lo que necesitamos “purificar” a
nivel personal, de nuestras relaciones y de nuestra Comunidad. También podemos
tomar prestadas las palabras de San Agustín: “Dios, de quien separarse es caer;
a quien volver es levantarse; en quien permanecer es hallarse firme. Dios,
darte a Ti la espalda es morir, volver a Ti es revivir” (Soliloquios).
Que en esta Celebración podamos decirle:
Señor, que tomemos conciencia de que, a veces, nuestro corazón está lejos de Ti
y que no nos damos cuenta de que Tú estás siempre cerca de nosotros, muy cerca
de nosotros.

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