“Estaban cenando” (Jn. 13, 1-15).
Estaba atardeciendo y las calles de Jerusalén estaban abarrotadas de gentes que iban con prisas a sus casas para celebrar la Pascua. Jesús quiere celebrar también la cena que para Él será la “última cena”. Los discípulos le rodean y hay una expectación densa en el ambiente. Todos presagian que algo nuevo va a suceder.
Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y tomando una toalla se la ciñe, echa agua en la jofaina. El evangelista quiere que se nos grabe bien esta escena del lavatorio de los pies y amontona los verbos: “se levanta de la cena, se quita el manto...” Jesús se despoja de todo deseo de poder sobre el otro. ...
En tiempos de Jesús, la gente caminaba mucho. Los caminos eran malos y estaban polvorientos, naturalmente, si caminaban mucho los pies se calentaban y se cubrían de polvo. Por eso, cuando un huésped llevaba a casa, se imponía recibirlo, como primer gesto, el lavatorio de los pies. Era un alivio para el cansancio de los mismos, se agradecía el frescor y la limpieza pero esta función, tan significativa, no era propia del Señor de la casa. Era un esclavo el que lavaba los pies al recién llegado. Sí, ciertamente, lavar los pies en aquella cultura era un trabajo de esclavos. Jesús realiza una acción casi escandalosa. Lo que hace Jesús sólo lo hacían los esclavos. Por eso, con este gesto Jesús provoca desconcierto en sus discípulos: que el que preside la mesa, el Señor, el Maestro, el Mesías, se ponga a lavar los pies, es incomprensible para los discípulos. No podían comprender cómo el Maestro y el Señor se pusiera a lavar los pies... Al arrodillarse Jesús ante cada uno de sus discípulos, Jesús se inclina ante el hombre que hay en ellos, ante el hombre que hay en cada uno de nosotros. Podemos pensar que estamos también nosotros en medio de los discípulos. Que nos encontramos frente a Jesús lavándonos los pies y el nos devuelve nuestra dignidad. Nadie es superior a nadie, todos somos iguales en dignidad. Eso es lo que significa el lavatorio de los pies. En el mundo de la globalización lo que necesitamos globalizar es la igualdad y dignidad de todos.
Con este gesto, Jesús rompe todos los esquemas religiosos y todos los esquemas sociales, culturales, invierte los valores... Jesús rompe también su imagen y se acerca a ellos como un amigo. Para Pedro eso es inaceptable. Pedro no acepta ver a Jesús arrodillado como un esclavo dispuesto a lavarle los pies. Es como si dijera: “tú eres mi maestro, no mi esclavo ¿cómo voy a dejarme lavar los pies por ti? Pedro no quiere que Jesús siga humillado ante él, en esa actitud de esclavo. No entra en su mentalidad un Mesías humillado. En el fondo, no acepta dejarse amar y menos con un amor gratuito.
Podemos comprender la reacción de Pedro: “Señor, ¿Tú a mí lavarme los pies?”. “Tú no me lavarás los pies jamás”. Es una negativa rotunda. Pedro no admite la igualdad. Encarna el modo de pensar de la cultura dominante; cree que la desigualdad es legítima y necesaria.
Jesús, ante la incomprensión de Pedro, no pierde la calma y le responde benévolo: “Si no te lavo los pies no tienes parte conmigo”.
Jesús termina el lavatorio de los pies, diciendo: “¿Habéis comprendido lo que he hecho con vosotros? Si Yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis de lavaros los pies unos a otros”. Jesús reconoce que es el Señor, no porque se imponga a nadie sino porque manifiesta su amor hasta el extremo. Su señorío no suprime nuestra libertad sino que la potencia. El amor es lo que nos ayuda a ser plenamente nosotros mismos. También reconoce que es el Maestro, es decir, que tenemos que aprender de Él, pero no doctrinas sino su actitud ante la vida.
“También vosotros debéis de lavaros los pies unos a otros”. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo sino una actitud de amor. Si lo hemos comprendido, ya sabemos lo que tenemos que hacer. Se trata de amar y de estar al servicio de unos para con otros, eso es lo que Dios quiere de nosotros: que nos amemos, que nos ayudemos y que compartamos lo que tenemos con los que nada tienen.
Hoy, Jueves Santo, es el Día del Amor Fraterno. Jesús, en su despedida, dice a los discípulos: “Como el Padre me ha amado así os he amado yo... que os améis unos a otros como yo os he amado”. La fraternidad universal de todos los seres humanos es la aspiración suprema de todos los hombres y mujeres de la tierra. La desigualdad en nuestro mundo es una verdadera blasfemia contra la fraternidad universal que Dios tiene como designio sobre el mundo.
Hoy es el Día de la Eucaristía... Jesús nos dejó la Eucaristía como sacramento del amor: “Haced esto en memoria mía”. Es el pan partido y repartido entre todos como expresión del amor hasta el extremo: Este Pan es para vuestros cansancios, para vuestros miedos, este Pan, soy Yo: mi amor, mi perdón, mi paz para el camino de la vida.
En esta tarde, nos volvernos a Cristo para decirle: Señor Jesús, compartimos contigo la cena en la que nos revelas todo tu amor. Que podamos comprender, que eres el amigo que permanece siempre a nuestro lado, la alegría que nadie jamás nos podrá arrebatar. Tú, el amor hasta el extremo. Tú, la Esperanza que no defrauda.
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