martes, 3 de abril de 2012

Viernes Santo


         E inclinando la cabeza entregó el espíritu" (19,30 )

Eran las tres de la tarde. Jesús apenas podía hablar. Un chorreón de sangre se escurría por la cruz. Jesús crucificado aunaba sus pocas fuerzas para captar una brizna de aire y respirar. Jesús, inclinando la cabeza, entregó su Espíritu, Fuente de vida para nosotros.

                 Vamos a contemplar hoy en silencio a Jesús muerto en la cruz; ahí descubrimos el gran amor de Dios al mundo, que se hace solidario del sufrimiento de todos los seres humanos.

        Jesús muere aparentemente en el más estrepitoso de los fracasos. Jesús continúa muriendo hombres y mujeres, aplastados por la malicia, la injusticia y la violencia. Son los fracasos de una humanidad que ha endurecido su corazón.

        Sí, la Pasión de Jesús continúa en los millones de personas que padecen hambre y pobreza extrema en nuestro mundo. La mayor tragedia de la humanidad sigue siendo el hambre y la desigualdad. También continúan las víctimas de los sangrientos conflictos armados, del terrorismo y de todo tipo de violencia que causan profundos sufrimientos a poblaciones enteras.

      Jesús es crucificado y continúa muriendo en nuestro mundo. En su muerte encontramos muchas muertes. En su cruz, hay muchas cruces.  Este es el Jesús real, el que ha cargado con nuestros miedos,  el que ha experimentado en carne propia nuestras tristezas y tribulaciones, el que ha sufrido nuestros dolores y nuestras lágrimas,  el que ha vivido la intensidad de nuestras noches oscuras. La pasión del Señor continúa en los sufrimientos de los hombres y mujeres de toda la tierra.

         Ante la muerte de Jesús guardamos silencio, contemplamos y oramos:
         Señor Jesús, tu pasión está presente en la historia de toda la Humanidad: la historia de todos los vencidos, humillados, agredidos y pisoteados...
Ponemos  nuestra mirada en los rostros de los nuevos excluidos: los emigrantes, las víctimas de la violencia, los refugiados, los enfermos de sida, los toxicómanos, los niños y niñas abandonados, las mujeres maltratadas, las personas sin hogar que viven en las calles de las grandes ciudades y de todos los que sufren por cualquier causa. Toda la pobreza, todo el desamparo humano, todo el pecado del mundo se hacen visibles en el rostro del Crucificado que está en el centro de la liturgia del Viernes Santo.

En la hora actual que vivimos, parece que todos nos hallamos en aquel momento de la pasión en que Jesús grita en la cruz:  “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”.  El alma de Jesús estaba sumergida en una profunda soledad, con sus ojos desvaídos miraba el cielo, abarrotado de nubes de tormenta. Buscó el Rostro de su Padre querido y la sensación era silencio, soledad, abandono, fue en ese momento cuando gritó con las palabras del Salmo: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” Es el momento de la total desnudez, de quien no tiene ya nada ni nadie en quien apoyar su cabeza. Este grito de Jesús en la Cruz es expresión de la solidaridad de Jesús con el sufrimiento de todos los seres humanos: la maldad, las traiciones, los odios, los egoísmos, las guerras, el desamor. Él, solidario con el sufrimiento de todos nosotros y pregunta: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”.
      ¿Dónde estás Dios, Tú que creaste un mundo en que tus criaturas sufren terriblemente? Se trata de una pregunta que no se puede responder con palabras ni con argumentos racionales. No tenemos respuestas que satisfagan nuestra razón pero seguimos mirando a Jesús como Sacramento del amor y de la radicalidad solidaridad con todos los que sufren. Jesús hace suyo el dolor del mundo en silencio.

          La respuesta a esa pregunta está en Jesús, el Hombre por el cual nuestro dolor descansa en el corazón de Dios, en su amor infinito. Hoy, más que nunca, necesitamos  el consuelo de Aquel que nos ha amado hasta el extremo. El, Jesús crucificado, es el verdadero consuelo, más allá de toda palabrería.

         A pesar del mal y de la muerte en este mundo, en el Viernes Santo, un año más, se nos invita a mirar la Cruz con esperanza: Tres veces, en la liturgia de hoy, se canta con emoción:   Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la Salvación del mundo”. La respuesta es: “Venid a adorarlo”, que significa ir hacia Él y besarlo... Besando a Cristo Crucificado, se besan todas las heridas del mundo, todas las heridas de la Humanidad. Al besar hoy la cruz, besamos a todos los crucificados. Más aún: besando a Cristo en la Cruz, besamos nuestras propias heridas, las heridas de nuestras penas íntimas, de nuestras soledades y de nuestros sin sentidos.
La penumbra de esta tarde nos permiten la intimidad del beso a la Cruz, el abrazo al Crucificado, la opción secreta de seguirlo hasta el final. 

        También al besar la Cruz, al besar hoy a Cristo crucificado, acogemos su beso, el beso de su amor que nos reconcilia y nos hace revivir. Cristo nos dice hoy a cada uno: entrégame todo lo que te pesa demasiado, todo  lo que te esclaviza, todo lo que te agobia, todo lo que te entristece... Entrégamelo todo. Y nosotros, tal vez, podemos decirle: Señor, quisiera entregártelo todo.

        Y en el silencio de nuestros corazón podemos decirle:  Tú, nos has amado hasta el extremo: ¡Oh Cristo, has colmado al mundo con la ternura del Padre! Tú eres el Rostro de la bondad y de la misericordia. El Rostro de la ternura de Dios sobre cada uno de nosotros.
            

No hay comentarios:

Publicar un comentario