"¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega!” (Mc.11, 1 - 10).
Este es el grito que resuena en el Evangelio de este Domingo de Ramos. Es el grito de los discípulos y el grito de nuestra Fe hoy... ¡Bendito, el que viene en el nombre del Señor! Estas son las aclamaciones del pueblo a Jesús en su entrada en Jerusalén.
La entrada de Jesús en Jerusalén es más que un simple recibimiento caluroso. Fue una auténtica manifestación popular, enardecida, en la que se mezclaron los más profundos sentimientos de la fe del pueblo en el Dios liberador y en su Mesías con los sentimientos nacionalistas y políticos de diversos signos. Los discípulos, quizás pensaron que llegaba la hora del triunfo y que con el triunfo de Jesús venía también el suyo...
Nosotros, también hemos esperado un “Mesías triunfal”, como Israel y los discípulos de Jesús. Todo iba muy bien, (para algunos, claro), hasta que llegó la “crisis”. Todo se ha tambaleado. Este “Mesías” no era tan seguro ni firme como parecía. La crisis económica que atravesamos esconde la crisis de confianza en un sistema que genera mucha injusticia y se lleva muchas vidas por delante. Jesús es el Mesías que nos ofrece un camino nuevo. Sólo con un estilo de vida diferente y solidario, construiremos un mundo de justicia y de paz. Sólo así superaremos una crisis económica y social grave. Sólo así construiremos la auténtica cultura de la vida.Lo primero que llama la atención es que El dispone el modo de entrar en Jerusalén: “Id a la aldea de enfrente y encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo.” ¿Por qué en un borrico? Porque el borrico representa la mansedumbre y la paz, frente al caballo, símbolo de la guerra. Y Jesús, Cristo, es un Mesías pobre, lleno de mansedumbre y de paz... Es un Mesías pacífico, El trae la paz para todos. Jesús no entra pisando fuerte, en un animal militar como el caballo, sino en un borrico, signo de poco poder, la cabalgadura de los pobres, este gesto habla de humildad y de paz, no de triunfo. Los Reyes de Israel entraban en Jerusalén cabalgando sobre un caballo, signo de poder y fuerza. Jesús entra en Jerusalén montado en un borrico, signo de la mansedumbre y de la humildad. Con este gesto, Jesús corrige, expresivamente, la exaltación patriótica, nacionalista que tiene el pueblo que lo aclama. Lo resalta el teólogo holandés Schillebeeckx: la opción fundamental de Jesús fue rehusar el poder, y ello hizo adquirir a sus palabras y a sus actos una autoridad inigualable.
¿Y por qué el detalle de "un borrico que nadie ha montado todavía?” Porque ningún Rey de Israel, ningún jefe del mundo, líder político, ha ejercido, sin usar la violencia y la fuerza. Jesús es el primero que viene como Rey de la paz, de la humildad, de la mansedumbre...El no ejerce con la violencia, Él no se impone a nadie, no es un fuerte, un prepotente; solo viene a ofrecernos la paz. Viene a abrirnos un camino de amor y de comunión para todos.
Otro aspecto que cobra relieve es el entusiasmo, la alegría, la espontaneidad de la masa de los discípulos. “Le echaron encima los mantos y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos. Otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Viva¡ ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega!”. “¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna!”
La entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un pollino, no fue un triunfo que pudiera ser reseñado en los libros de Historia; tampoco aparecería hoy en las portadas de nuestros numerosos medios de comunicación. Podemos decir que fue un triunfo, pero al revés. Humanamente hablamos de triunfo cuando se consiguen victorias sobre el enemigo, sea militar, sea político, sea cultural. Aquí es la victoria de la no-violencia, de la no-fuerza y de la no-riqueza. Es el triunfo de la paz, el triunfo de la mansedumbre, el triunfo de la humildad y la alegría.
Desde el fondo de nuestro corazón podemos decirle hoy a Cristo: ¡Bendito Tú, Señor, que vienes cada día a nuestra vida...! ¡Bendito tú, Cristo, que vienes con tu amor y tu paz!... ¡Tú que vienes para despertar una esperanza en el corazón de todo ser humano. Sólo Tú, , puedes ser nuestro Rey! Sólo Tú tienes palabras de Vida.
Señor, ayúdanos a acompañarte en tu entrada en Jerusalén, allí donde entregas tu vida por amor. Que abandonemos toda prepotencia, y aprendamos la humildad, la sencillez y la paz que tú ofreces a todos.
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