“…Levántate, coge tu camilla, y vete a tu casa…” (Mc. 2, 1-11)
Esta es la invitación de Jesús al paralítico y a todo nosotros.... El paralítico es el prototipo de la invalidez, el hombre que no puede moverse por sí mismo ni tiene libertad de acción… era una situación sin remedio y equivalía a estar muerto, ¿no es esa la situación de muchos seres humanos hoy?
Se trataba de un paralítico, que por sí mismo, no podía acercarse a Jesús. No sólo era la distancia, sino la muralla humana que se interponía entre los dos. La gran cantidad de gente que había acudido impedía al paralítico llegar a Jesús. Ante las dificultades, podía haberse resignado y quedarse en casa. Pero este hombre tenía amigos dispuestos a ayudarle. Y estos hombres, tenían fe en Jesús. Dice el texto: “como no podían por el gentío, levantaron unas tejas por encima de donde estaba Jesús”, es decir, se encuentran con una gran dificultad para acceder a Jesús, la puerta estaba bloqueada y entonces abrieron un boquete en el techo. Estos portadores del paralítico no se resignan sino que ponen en marcha todos los recursos, rompen los esquemas y superan los obstáculos, ¿no es esa la fe que todo lo puede?
Jesús ve, en efecto, “la fe que tenían”. La respuesta de Jesús a su fe no es la curación del enfermo, como se podría esperar. La sola curación física del paralítico sería una restauración a medias: se le restituiría la salud exterior, pero el hombre no quedaría curado del todo y permanecería en su desorden interior. Por eso Jesús le dice: “hijo, tus pecados quedan perdonados”.
La primera palabra de Jesús al paralítico es una palabra llena de afecto, le llama: “hijo”... Jesús le habla con palabras cariñosas y liberadoras: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”; es decir, tu pasado deja de pesar sobre ti, puedes comenzar una vida nueva. El verbo griego (aphiemi) significa también dejar libre. Es como si Jesús le dijera: estas libre de tus pecados. Es una manera excelente de expresar lo que es el perdón de Dios. Tu actitud presente es lo importante. Lo anterior no cuenta para Dios. Que tampoco cuente para ti.
Jesús nos dice a todos como al paralítico: “Hijo”... eres hijo amado de Dios.. Eres lo más grande que puedes llegar a ser: hijo amado del Padre. Puedes comenzar una vida nueva.
Los cristianos no valoramos suficientemente la fuerza liberadora que encierra la experiencia del perdón de Dios. El perdón quiere decir que nuestra vida siempre tiene salida. Siempre podemos empezar de nuevo. Quién cree en el perdón, quién hace la experiencia interior del perdón de Dios nunca está perdido. En lo más profundo de su ser encontrará siempre la fuerza para levantarse y comenzar de nuevo, una y mil veces.
Sentirse necesitado de perdón y perdonar son exigencias del amor y pertenecen a una gran necesidad humana... El ser humano es débil, limitado y lleno de fragilidades. Necesitamos el perdón y sólo desde la experiencia de ser acogidos y perdonados podemos avanzar en nuestra vida.
El perdón es la posibilidad humana de realización, ya que perdonar y recibir el perdón es contar con la capacidad de cambiar nuestra vida, de reconstruir nuestra propia historia, de mejorar las relaciones con nosotros mismos y con los demás. El perdón nos abre un horizonte de esperanza. Necesitamos escuchar hoy en nuestro corazón las palabras de Jesús dicha al paralítico: “hijo, tus pecados quedan perdonados”.
Ante esta declaración los letrados, reaccionan condenando a Jesús. Dicen: “blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios. ”. Jesús no desmiente su afirmación, pero demuestra con hechos tener el mismo poder de Dios: “para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder de perdonar pecados”, dice al paralítico: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”; la orden de Jesús consta de tres imperativos: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa; Las tres órdenes de Jesús al paralítico lo dicen todo:
«Levántate»: ponte de pie; recupera tu dignidad; libérate de lo que paraliza tu vida.
«Coge tu camilla»: no sigas atado a tu pasado, enfréntate al futuro con confianza ; estás perdonado de tu pasado.
«Vete a tu casa»: vuelve a tu realidad. Jesús invita al hombre perdonado y curado a volver a casa, al lugar de la vida cotidiana, al espacio de la lucha diaria, allí donde los hombres y las mujeres de este mundo viven la normalidad de su existencia. Ser perdonado es volver a vivir.
No es posible seguir a Jesús viviendo como «paralíticos», es decir, atrapados por el inmovilismo, la inercia o la pasividad. Coger nuestra camilla significa tomar conciencia de nuestros verdaderos problemas, salir del victimismo y no esperar a que los otros lleven nuestra vida.
El Evangelio de hoy pone de relieve la urgencia de volver a curar toda nuestra persona. Tenemos tanta necesidad de la serenidad interior como de la salud. Jesús, lo que hace con el paralítico es devolverle la salud en su cuerpo después de haberle devuelto la salud en su corazón a través del perdón. Tal vez, necesitamos como nunca reavivar en nuestras comunidades la celebración del perdón que Dios nos ofrece en Jesús. Ese perdón puede ponernos de pie para enfrentarnos al futuro con confianza y alegría.
Podemos imaginar que nosotros somos hoy ante Jesús ese paralítico necesitado de su perdón y de su amor, a quien Jesús le dice: “hijo, tus pecados quedan perdonados”.
En este domingo, podemos decirle: Sólo Tú, Señor, puedes perdonar nuestros pecados, sólo Tú puedes encender una luz en nuestra oscuridad. Ayúdanos a comprender que, sin un trabajo interior profundo y continuado no llegaremos nunca a una plenitud de vida.

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