miércoles, 29 de febrero de 2012

Segundo Domingo de Cuaresma



          "Este es mi Hijo amado,  escuchadlo".  ( Mc. 9,  1-14).

    Estas palabras nos tocan hoy de manera especial al contemplar el misterio de la Transfiguración del Señor. Por un instante, los discípulos contemplan la maravilla del rostro de Jesús que transparenta el resplandor de la Vida. La Transfiguración es el momento intenso en que Jesús aparece envuelto en el amor del Padre. En esta experiencia lo que resplandece es el amor y el gozo del Padre, en un momento de crisis de Jesús y de sus discípulos... Ciertamente, los discípulos vivían momentos difíciles. Jesús les había advertido que les esperaba la experiencia humillante de la cruz.

     Comienza  diciendo: "que Jesús se llevó a Pedro a   Santiago  y  a Juan   a una montaña   alta".  Es decir, Jesús elige a los tres discípulos más representativos y que mayor  resistencia oponen a su mensaje para mostrarles el  estado  final del ser humano.  

    "La montaña alta" significa el lugar del  encuentro  con  Dios,  el lugar de la   transformación  humana. Todo acontece en “una montaña alta”, espacio simbólico de la Trascendencia.  La montaña no está fuera sino dentro de nosotros. Es un  lugar interior donde  necesitamos  encontrarnos vitalmente con Dios.

    Dice el texto que, “se transfiguró  delante de ellos  y  sus  vestidos   se   volvieron  de  un  blanco  deslumbrador". La Transfiguración es a lo que  está  llamada toda  la  humanidad: la plenitud  de  la vida;   todos estamos  llamados  a  participar en el misterio de la  Transfiguración, a  ser  transfigurados, a  llegar  a una   plenitud de vida... El estadio último de la vida no es la nada, sino es la Transfiguración, la vida plena...Necesitamos subir a la montaña y orar como Jesús.

    “El color blanco deslumbrador” es el color de la gloria y de la vida,  es decir,   Jesús se manifiesta en su condición de Hombre en plenitud... Es el rayo de luz en la oscuridad; es la certeza de que, por muy intensa que sea la tiniebla de la vida y la oscuridad de la noche,  el corazón de la vida está lleno de luz. Toda  la humanidad está  llamada a  esa  transfiguración. Jesús quiere dejar claro que el final de todo es el  triunfo de la vida,  eso significa   la  Transfiguración de  Jesús ¡Cómo necesitamos también nosotros esta experiencia de luz y de gozo! Tal vez, nos podríamos preguntar ¿Qué transfiguración estamos aportando en nuestro entorno? ¿Qué luz irradiamos con nuestra vida?

     La reacción de Pedro es decirle a  Jesús:" Maestro, qué hermoso es quedarnos  aquí". Esta   reacción  de   Pedro  demuestra  que  no  se  ha enterado de nada,  Pedro continúa   cerrado en sus antiguas creencias, por eso propone hacer tres chozas... A nosotros nos  pasa   también   como  a  Pedro,  queremos  instalarnos y necesitamos bajar de la “montaña” pero transfigurados. Sí, bajar de la montaña a la vida ordinaria.

     Después  dice que : "se formó  una nube que los cubrió  y salió  una  voz  desde la nube:  Este es mi Hijo amado,  escuchadle". La voz revela quién es Jesús: "Este  es mi Hijo amado,   escuchadle". Como si le dijera: Tú eres mi Hijo amado; aunque tengas que sufrir, yo te amo, aunque tengas que morir, yo estoy contigo.

 Sí, en esta experiencia,  el Padre confirma a Jesús. ¡Lo que ha realizado es lo que el Padre quiere! El Padre lo reconoce como el Hijo amado y avala el camino que sigue y enseña. Lo pone como referencia de vida: “Escuchadlo”. Sólo a Él tenemos que escuchar. Hace falta hacer la experiencia de escuchar a Jesús. Él es la verdad que libera.  En esa escucha profunda nuestra vida comienza a iluminarse con una luz nueva. Una relación viva con Él transforma nuestra vida. Escuchándole a Él,  encontramos sentido a nuestra vida y a nuestra muerte.

     También,  las  palabras  dichas  desde  la   nube, manifiestan  la  identidad  de  Jesús: Jesús es el Hijo amado,  pero todo ser humano es también hijo amado ¿Somos  conscientes de que la verdad última que se   nos revela  en  Jesús  es que  cada uno   somos  hijos amados?  Mientras que no oigamos  dentro  esta  voz   interior  que  nos   asegura   que  somos, como Jesús, el hijo   amado,  no  podemos  vivir  con  sentido.  Mientras  no hagamos  la experiencia  de  sentirnos verdaderamente amados  permaneceremos  en  una  inseguridad  constante. Esta experiencia es la  auténtica verdad que da consistencia y solidez a  nuestra vida.

      Hoy podemos decirle: Tú, Cristo, has mostrado tu rostro radiante, lleno de luz a tus discípulos, abre para nosotros el camino de la Vida, queremos confiar en ti... Nuestro camino es, a veces, demasiado oscuro...  No podemos recorrerlo solos, pero contigo desaparece el miedo y brilla la esperanza.

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