Tomar la cruz y seguirlo
La condición fundamental que nos pone el Señor para seguirlo es cargar con la cruz, hoy vamos a reflexionar sobre el sentido de esa cruz.
Estamos acostumbrados a llamar cruz a toda dificultad, dolor, sufrimiento, enfermedad etc. Pero si leemos el evangelio vemos que la cruz que el señor toma es otra cruz, Él pasó por el dolor y el sufrimiento hasta la muerte y una muerte de cruz. Esa fue una consecuencia de la cruz que supuso la obediencia al padre y la defensa de la humanidad a veces aplastada por el peso de una ley y por supuesto por el pecado. Deberíamos ante eso preguntarnos donde esta esa cruz que tenemos que cargar para llamarnos de verdad discípulos y seguidores del maestro. ¿Dónde está tu dolor hoy en día?
¿Cuál fue la del Señor? fue cruz de denuncia, de ponerse del lado del marginado, del huérfano, de la viuda, del tullido, del leproso y siempre rechazando la violencia, la venganza y el odio y por supuesto un anuncio palmario de la llegada del Reino. Preguntarnos como murió Cristo es preguntarnos como vivió porque Él fue crucificado por amor intenso y único al padre y a los hombres.
La cruz fue consecuencia de un anuncio liberador, anuncio y práctica llevado plenamente a su vida, empeñado en un mundo donde fuese más fácil el amor, pero no sólo en las personas, sino también en las estructuras[1].
Ese sufrimiento que produce ese empeño es la cruz que el Señor quiere que tomemos, es sufrimiento por Dios y por su causa en el mundo, es sentirse criticado por nuestra forma de vida, es saberse señalado con el dedo por beato y trasnochado, que existen en todas las parroquias que no deja de ser aquellos fariseos y escribas que había en tiempos de Jesús. Pero sobre todo es solidarizarse con tantos crucificados, tantos sin voz, tantos apartado de la sociedad, miremos a nuestro alrededor y veamos a esos crucificados.
Todos los creyentes además de asumir esta carga debemos también predicar la cruz, Teresa de Ávila la predicaba con una hermosa frase que resume el gran misterio de la redención desde el madero: “en la cruz esta la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo”.
Para que la en la cruz este la vida es necesario implicarse de lleno en el seguimiento, que ese seguimiento sea opción fundamental de nuestra existencia, como dice el profeta “bienaventurado el pueblo que tiene a Dios por rey”. Hoy necesitamos cristianos comprometidos con el mundo, capaces de un discipulado activo y eficaz, capaces de no temer a la cruz ,tomarla y seguirlo
Para que esa cruz sea consuelo se necesita aceptarla sin ñoñerias, ni cruces innecesarias, la cruz es consuelo en la medida que sabemos que es la cruz que el Señor cargó, que es la cruz que procede del amor grande al padre y por consiguiente a los hermanos. Cruz que sea denuncia y llamamiento, cruz que deja de ser sufrimiento porque al final esta la VIDA (con mayúscula), esa cruz a pesar del dolor es consuelo porque se basa y se centra en la Esperanza. Esa esperanza es la que llevo al Señor a vencer las tentaciones, como vemos el primer domingo de cuaresma, sobre todo la mayor de todas: aquel temor profundamente humano del huerto “Padre si es posible aparta de mi este cáliz”. ¡Qué Jesús tan humano y tan cercano a nosotros para que nosotros lo hayamos alejado de la realidad!. Esa esperanza llevo a los mártires tanto antiguos como contemporáneos a vencer también ese miedo y abrazarse llenos de amor al patíbulo
“Ella sola es el camino para el cielo”. Decía San francisco de Asís que no hay resurrección sin cruz, para llegar al encuentro con el padre, al igual que como el Maestro necesitamos pasar por la cruz, de ahí esa manera popular y sincera de identificar la cruz con la enfermedad, el dolor y el sufrimiento y eso debemos entenderlo en su justa medida: el sufrimiento por el sufrimiento carece de sentido, de hecho cada vez aguantamos menos el dolor y la enfermedad (contar lo de la muerte repentina).
Pero el dolor, incuestionable en la naturaleza humana, puede tener sentido si lo convertimos en solidaridad, es decir en el rostro de Cristo ponemos el dolor del ser humano y el nuestro como parte de humanidad sufriente, es decir el dolor puede tener sentido si es sufrido desde el ofrecimiento y la solidaridad.
El discípulo, o sea cualquiera de los que nos sentimos cristianos y estamos aquí, no ama el sufrimiento, pero tampoco evade el problema del mal de manera ligera y superficial. El cristiano toma en serio la inseguridad, el sufrimiento, la soledad, la alienación, el dolor, el lado triste y negativo de la vida. Pero con Cristo y desde Cristo descubre que también ahí puede haber salvación y liberación. Desde Cristo trata de descubrir cuál es la manera más humana de asumir y vivir el sufrimiento propio y el ajeno.
El creer en el Crucificado no suprime el mal. El mal continúa siendo algo cruel e inhumano, pero se puede convertir en el lugar más eficaz, realista y convincente de vivir la fe en el Padre y la solidaridad con los hombres. Por eso el cristiano cree no sólo en la acción sino también en la pasión. Desde su fe cristiana va descubriendo que incluso el sufrimiento puede ser liberador cuando se vive con el espíritu del Crucificado.
La cruz nos purifica y libera, es lo que más directamente se opone a la esclavitud del pecado. Pecar es buscar egoístamente nuestra propia felicidad rompiendo con Dios y con los hombres. Vivir la cruz como Jesús, es, precisamente todo lo contrario: buscar la fidelidad a Dios y al servicio a los hombres, incluso en la ausencia de felicidad.
Quizá sea necesario descubrir de manera concreta nuevas posibilidades de seguir hoy al Crucificado, por ejemplo: preferir sufrir injustamente antes que colaborar con la injusticia; saber sufrir el mal antes de hacer el mal; compartir el sufrimiento de los injustamente maltratados; aceptar la inseguridad y los riesgos propios de una vida consecuente con la fe cristiana; aceptar las consecuencias dolorosas de una defensa clara y firme de la justicia, la verdad y la libertad; aceptar la inseguridad, la falta de poder y la debilidad del que quiere actuar con honradez humana y sencillez evangélica; saber comprender el valor de una vida austera y equilibrada en medio de nuestra sociedad de consumo y bienestar.
Podemos resumir nuestro primer día de meditación, recordándoos las palabras de la santa avulense, pero, para que esas palabras llenen nuestro corazón, ojalá la meditemos cada vez que hagamos la señal del cristiano y pensemos que así debemos entender la vera-cruz espiritual: “en la cruz esta la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo”
Que así sea
[1] Ejemplo de llevarnos llevar por la crítica fácil donde no existe nada de amor y solo intolerancia porque los demás no hacen las cosas como a mi me gustan.

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