jueves, 1 de marzo de 2012

Charlas Cuaresmales I

A continuación mediante tres charlas que estoy dando os expongo el contenido de la misma al menos lo que he escrito para estos tres días de reflexión.


Tomar la cruz y seguirlo

La condición fundamental que nos pone el Señor para seguirlo es cargar con la cruz, hoy vamos  a reflexionar  sobre el sentido de  esa cruz.
Estamos  acostumbrados a llamar cruz a toda  dificultad, dolor, sufrimiento, enfermedad etc. Pero si leemos el evangelio  vemos que la cruz  que  el señor  toma  es  otra  cruz, Él pasó por el dolor y el sufrimiento hasta la muerte y una muerte  de cruz. Esa fue una consecuencia  de la cruz  que supuso  la obediencia  al padre y la defensa de la humanidad  a veces  aplastada por el peso de una ley  y por supuesto por el pecado. Deberíamos  ante  eso preguntarnos donde  esta esa cruz  que tenemos que cargar para llamarnos de verdad discípulos y seguidores  del maestro. ¿Dónde está tu dolor hoy en día?

¿Cuál fue la del Señor? fue cruz  de  denuncia, de  ponerse  del lado del marginado, del huérfano, de la viuda, del tullido, del leproso y siempre rechazando la violencia, la venganza y el odio y por  supuesto un anuncio palmario de la llegada del Reino. Preguntarnos como murió Cristo es preguntarnos como vivió porque Él fue  crucificado  por  amor  intenso y único al padre y a los hombres.
La  cruz fue consecuencia de un anuncio liberador, anuncio y práctica llevado plenamente a su vida, empeñado en un mundo donde fuese más fácil el amor, pero no sólo en las personas, sino también en las estructuras[1].
Ese  sufrimiento que produce ese empeño es la cruz que  el Señor quiere que tomemos, es  sufrimiento por Dios y por su causa en el mundo, es sentirse  criticado por nuestra forma de vida, es saberse señalado con el dedo por  beato y trasnochado, que existen en todas las parroquias que no deja de ser aquellos fariseos y escribas que había en tiempos de Jesús. Pero sobre todo es solidarizarse con tantos  crucificados, tantos  sin voz, tantos  apartado de la sociedad, miremos a nuestro alrededor y veamos a esos crucificados.
Todos los creyentes  además  de asumir esta carga  debemos también predicar la cruz, Teresa de Ávila la predicaba con una  hermosa  frase  que  resume el gran misterio de la redención desde el madero: “en la cruz  esta la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo”.
Para que la en la cruz este la vida es necesario implicarse de lleno en el seguimiento, que ese seguimiento sea opción fundamental de nuestra  existencia, como dice  el profeta “bienaventurado  el pueblo que tiene a Dios por  rey”. Hoy  necesitamos  cristianos  comprometidos con el mundo, capaces  de un discipulado activo y eficaz, capaces  de no temer a la cruz ,tomarla y seguirlo

Para que  esa cruz  sea consuelo se necesita aceptarla sin ñoñerias, ni cruces innecesarias, la  cruz  es consuelo en la medida que  sabemos que es la cruz que  el Señor cargó, que  es la cruz  que procede del amor grande al padre y por consiguiente a los hermanos. Cruz que sea denuncia y llamamiento, cruz que deja de ser sufrimiento porque al final esta la VIDA (con mayúscula), esa  cruz a pesar del dolor es consuelo porque  se basa y se centra en la  Esperanza. Esa esperanza es la que llevo al Señor a vencer las tentaciones, como vemos el primer domingo de cuaresma, sobre todo la mayor de todas: aquel temor profundamente humano del huerto “Padre si es posible  aparta de mi este cáliz”. ¡Qué Jesús tan humano y tan cercano a nosotros para que nosotros lo hayamos alejado de la realidad!. Esa esperanza llevo a los mártires tanto antiguos como contemporáneos a vencer  también ese miedo y abrazarse llenos  de amor al patíbulo
“Ella  sola  es   el camino para el cielo”. Decía  San francisco de Asís que no hay resurrección sin cruz, para  llegar  al encuentro con el padre, al igual que como el Maestro necesitamos pasar por la cruz, de ahí esa manera popular y sincera de identificar la cruz con la enfermedad, el  dolor y el sufrimiento y eso debemos  entenderlo en su justa medida: el sufrimiento por  el sufrimiento carece de sentido, de hecho cada vez aguantamos  menos el dolor  y la enfermedad (contar lo de la muerte repentina).
Pero el dolor, incuestionable en la naturaleza humana, puede tener sentido si lo convertimos en solidaridad, es decir en el rostro de Cristo ponemos el dolor del ser humano y el nuestro como parte de humanidad sufriente, es  decir el dolor puede tener sentido si  es sufrido desde el ofrecimiento y la solidaridad.
         El discípulo, o sea  cualquiera  de los  que nos  sentimos  cristianos y estamos aquí, no ama el sufrimiento, pero tampoco evade el problema del mal de manera ligera y superficial. El cristiano toma en serio la inseguridad, el sufrimiento, la soledad, la alienación, el dolor, el lado triste y negativo de la vida. Pero con Cristo y desde Cristo descubre que también ahí puede haber salvación y liberación. Desde Cristo trata de descubrir cuál es la manera más humana de asumir y vivir el sufrimiento propio y el  ajeno.
         El creer en el Crucificado no suprime el mal. El mal continúa siendo algo cruel e inhumano, pero se puede convertir en el lugar más eficaz, realista y convincente de vivir la fe en el Padre y la solidaridad con los hombres. Por eso el cristiano cree no sólo en la acción sino también en la pasión. Desde su fe cristiana va descubriendo que incluso el sufrimiento puede ser liberador cuando se vive con el espíritu del Crucificado.
         La cruz nos purifica y libera, es lo que más directamente se opone a la esclavitud del pecado. Pecar es buscar egoístamente nuestra propia felicidad rompiendo con Dios y con los hombres. Vivir la cruz como Jesús, es, precisamente todo lo contrario: buscar la fidelidad a Dios y al servicio a los hombres, incluso en la ausencia de felicidad.
         Quizá sea necesario descubrir de manera concreta nuevas posibilidades de seguir hoy al Crucificado, por  ejemplo: preferir sufrir injustamente antes que colaborar con la injusticia; saber sufrir el mal antes de hacer el mal; compartir el sufrimiento de los injustamente maltratados; aceptar la inseguridad y los riesgos propios de una vida consecuente con la fe cristiana; aceptar las consecuencias dolorosas de una defensa clara y firme de la justicia, la verdad y la libertad; aceptar la inseguridad, la falta de poder y la debilidad del que quiere actuar con honradez humana y sencillez evangélica; saber comprender el valor de una vida austera y equilibrada en medio de nuestra sociedad de consumo y bienestar.
         Podemos resumir nuestro primer día de meditación, recordándoos las palabras  de la santa  avulense, pero, para que  esas palabras llenen nuestro corazón, ojalá la meditemos  cada vez  que hagamos la señal del cristiano y pensemos que así debemos entender la vera-cruz espiritual: “en la cruz esta la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo

Que así sea


[1] Ejemplo de llevarnos llevar por la crítica fácil donde no existe nada de amor y solo intolerancia porque los demás no hacen las cosas como a mi me gustan.

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