miércoles, 7 de diciembre de 2011

III Domingo de adviento


                  En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis”. (Jn. 1,6-8; 19-28).

Estas palabras de Juan Bautista son centrales en el Evangelio de este domingo. El Evangelio nos acerca al río Jordán, donde Juan bautizaba y  nos invita a considerar lo que significan  estas palabras: "En medio de vosotros hay uno a quién  no  conocéis”. Ciertamente, tampoco nosotros le conocemos, todavía no hemos descubierto el gozo de su Presencia entre nosotros.

Comienza el texto  diciendo: “surgió un hombre”. A Juan Bautista se le describe sólo como un hombre..., sin más calificativo de pueblo, condición social, ni estado religioso. Este hombre va a dar testimonio de la Luz... Va a ser  un testigo de la Luz: “No era él la Luz, sino testigo de la Luz”. Todos los que deseamos llegar a ser discípulos de Jesús estamos llamados a ser también testigos. Los testigos de Jesús no transmiten ideas, ideologías, ni siquiera creencias. Los testigos de Jesús no manipulan a las personas ni les imponen sus ideas o su manera de vivir. Hablan de lo que han vivido, experimentado, visto y oído en su corazón. Se trata de ser testigos de la luz de Jesús, es decir, hombre y mujeres que creen en lo que Él creyó, que defienden la causa que El defendió y que tratan de vivir como El vivió .

Hoy necesitamos urgentemente «testigos» de Jesús, creyentes que se parezcan más a Él, cristianos que, con su manera de ser y de vivir, faciliten el camino hacia Jesús. Necesitamos testigos que hablen de Dios como hablaba Él, que comuniquen su mensaje de compasión como lo hacía Él, que contagien confianza en el Padre como Él.

             La aparición de Juan Bautista en el Jordán y su impacto en el pueblo, pone nerviosos a los que ocupaban la cúspide del poder... Los profetas siempre ponen nervioso al poder y resultan incómodos. Por eso, “los judíos de Jerusalén enviaron una comisión de sacerdotes y levitas”. La actividad de Juan provocaba sospechas a  las autoridades judías y le envían una comisión investigadora para que le interroguen sin miramientos y sin cortesía: “¿tú, quién eres?” Juan contesta con una negativa sorprendentemente concreta: El no es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta, que según  la tradición había de preparar la venida del Mesías. El lo tiene claro.  No se apoya en falsas seguridades: dice solamente que era “la voz que grita en el desierto”. Juan Bautista es el hombre que se pierde en su relación con el Otro, que es Jesús.. No vive para sí, vive para el que viene detrás. Es la voz que anuncia la llegada de la Palabra, el testigo, el que allana el camino. Se apoya sólo en lo que es: “Yo soy la voz del que grita en el desierto:... allanad  el  camino del  Señor.” Cada uno y cada una estamos llamados a “allanar” este camino de vida  que Dios nos ofrece en Jesús.

Y le hicieron esta pregunta: "¿Por qué bautizas?". Y Juan responde: "Yo bautizo con agua" (quita importancia a su bautizo). "En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis”. El, Jesús, está ya presente en medio de su pueblo, entre ellos, pero ellos no se han dado cuenta  todavía de que El está presente, y con El, la Liberación y la Vida. El hecho puede parecer paradójico, pero es real,  Jesús, aparentemente conocido por todos, es para muchos de nosotros un gran desconocido.

            Si el Bautista recorriera nuestra sociedad y nuestras comunidades,  podría repetir las mismas palabras de entonces: “En medio de vosotros hay uno a quién no conocéis”. El que lleguemos a ser cristiano pasa por redescubrir a Jesús y todo lo que Él significa de Buena Noticia, de alegría y de esperanza para nosotros y para el mundo. El “conocer” al que se refiere el Bautista no es algo relacionado con la cabeza, o claridad de ideas, es una experiencia profunda de relación con Él.  Tal vez, la mayor desgracia es que haya tantos hombres y mujeres que nos decimos cristianos y para los que Jesús está ausente, es un desconocido. No le conocemos, no vibramos con Él, no nos atrae, no nos apasiona ni seduce;  nuestras vidas no están marcadas por el fuego de Jesús, por la pasión del Evangelio.
  
             Y nosotros, ¿nos damos cuenta de que El está en medio de nosotros?, ¿somos conscientes de que Jesús Resucitado permanece  para siempre muy cerca de todo ser humano? ¿Podemos comprender desde dentro que El viene siempre a nuestra vida para hacernos libres y para que vivamos de verdad?

             En este tercer domingo de Adviento hay una invitación a la alegría:
 S. Pablo escribe :“Estad siempre alegres” (Tesal. 5, 16-24). Y la razón de esta alegría es la esperanza de que el Señor viene. El poema de Isaías de la Primera lectura dice: “Desbordo de gozo en el Señor y me alegro en mi Dios : porque me ha vestido con un traje de gala.”

Hoy volvemos nuestra mirada a ti, Señor Jesús, Fuente de nuestra alegría, tu que te acercas  y nos repites : “Tu Dios se alegra y exulta por ti “.

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