martes, 29 de noviembre de 2011

Segundo Domingo de Adviento

"Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos" (Mc. 1, 1-8)

Juan en el desierto “gritaba” la necesidad de preparar un camino al Señor. Hoy en el desierto de nuestro corazón resuena la misma voz. Es una voz que grita y nos invita a: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos”.  Que dejemos, al menos de momento, todo el inventario de nuestros asuntos pendientes para escuchar esa voz que clama en nuestro interior.              Necesitamos escuchar esa voz que nos grita a todos: “preparadle el camino al  Señor,”. Es decir, quitad los obstáculos que impiden la llegada de Dios a nuestra vida, que no bloqueemos las puertas de nuestro corazón a su Presencia. Lo importante es abrir caminos nuevos a Dios que viene siempre a nosotros. Actualmente son muchos los hombres y mujeres que no saben que camino seguir para encontrarse con Él. Para algunos la vida se ha convertido en un complejo laberinto. Otros viven en la espuma de la apariencia, guardando su imagen, la apariencia, el éxito social y la búsqueda de poder.
     Es como si Juan nos dijera: El Señor viene y necesitamos prepararle el camino. Es muy fácil quedarse en la vida sin caminos hacia Dios. No es necesario rechazar a Dios conscientemente. Basta seguir la tendencia general de nuestros días e instalarnos en la superficialidad. Poco a poco, Dios desaparece del horizonte de nuestra vida y, cada vez, nos interesa menos. ¿Es posible que hoy podamos prepararle el camino a Dios que viene hacia nosotros? Estamos llenando nuestra vida de cosas pero nos estamos quedando vacíos por dentro. Vivimos informados de todo, pero ya no sabemos hacia dónde orientar nuestra vida. ¿Cómo preparar hoy un camino al Señor que viene a nosotros?. Cuando se vive volcados hacía lo exterior, perdiéndose en mil formas de evasión y de divertimento que ofrece nuestra sociedad ¿puede uno encontrarse realmente consigo mismo y preguntarse, por el sentido de su vida?.
     “Preparadle el camino al Señor”. Este grito de Juan no ha perdido actualidad. Seamos conscientes o no de ello, Dios está viniendo a nosotros pero hace falta que nos encontremos primero en profundidad con nosotros mismos y podamos abrirnos a El.
      “Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Juan aparece como un hombre no integrado en la sociedad y distante de los convencionalismos sociales. Así lo demuestra el lugar donde aparece (el desierto)  y su manera de vestir y alimentarse. El evangelio de hoy nos recuerda la vestimenta y alimento de Juan para que nosotros eliminemos de nuestra vida todo lo superfluo que nos ofrece nuestra sociedad de consumo desmedido y encontremos lo único necesario, que basta para vivir.
     Después Juan, refiriéndose a Jesús dice unas palabras preciosas: “Detrás de mi viene el que  puede más que yo”... “Yo os he bautizado con agua... pero El os bautizará con Espíritu Santo”. Juan quiere decir que su bautismo es sólo de agua, es decir, un símbolo del renacimiento, de un comenzar nuevo, dejando atrás el fatalismo y la injusticia.
      “Pero Él os bautizará con Espíritu Santo”, es decir, Jesús viene a bautizarnos con la fuerza de la Vida y del Amor de Dios.  Jesús sumergirá a la Humanidad, no en las aguas del río Jordán, sino en la profundidad del Amor de Dios simbolizado por el Espíritu. Nadie podrá acallar la fuerza del Espíritu. Este es Jesús, el Mesías de Dios que viene a salvar a todos los pueblos. Dichosos nosotros si nos abrimos a su  Presencia.
       En estos tiempos de crisis que estamos atravesando el Evangelio de hoy nos recuerda de una manera especial la necesidad de ser sostenidos y guiados por el Espíritu. Sí, necesitamos parecernos más a Jesús, dejarnos impregnar por su Espíritu de Amor; ese Espíritu que es Fuego.
      En este momento desolado y oscuro de nuestra cultura, Dios mismo prepara el camino en nuestro corazón para entrar en nuestra casa. Él es la llave que abre y nadie puede cerrar, el pastor que cuida nuestras vidas, la mano que cura nuestras heridas, el amor siempre despierto que disipa nuestros miedos y nos hace vislumbrar la claridad de una esperanza.
     Hoy,  sólo tenemos que abrirle el corazón y decirle: Señor,  transforma nuestra vida y condúcenos por el camino del Amor y de la Paz. Que aprendamos de Juan a ir a lo único esencial de nuestra vida. 

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