jueves, 17 de noviembre de 2011

Cristo Rey del Universo



Lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis

(Mt 25, 31-46)

           Estas son las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo, en esta Fiesta de Cristo Rey del universo. Esta fiesta fue establecida por Pío XI en 1925, en el contexto en el que la iglesia estaba perdiendo influencia y poder en la sociedad occidental, pensando que esta fiesta ayudaría a recuperar la influencia perdida. Pero Jesús, nunca reivindico ningún Reino para sí: “Mi Reino no es de este mundo”. 

El evangelio nos presenta la escena de lo que se ha llamado “el juicio final”, pero eso no es lo que dice Mateo en esta parábola:
“Cuando venga el Hijo del Hombre.... El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras”. La parábola está sacada de la vida cotidiana de los pastores de Palestina, de aquella época y Jesús la utiliza para hablar del Reino...

           En la parábola aparece el Hijo del Hombre que llega en su gloria para juzgar a todos los pueblos. Su forma de juzgar se compara con la del pastor que, al anochecer, separa las ovejas de los cabritos. Estos animales no duermen juntos, pues tienen necesidades diferentes. Mientras a las ovejas les gusta permanecer al aire libre, los cabritos necesitan un refugio para calentarse. La “separación” que hace el Rey con actitud de pastor es una invitación a que revisemos de qué lado estamos situados en nuestra vida y el criterio fundamental es el amor traducido en actos ante todo ser humano.
           Señor ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo, preso y te servimos o no te servimos?”… Con esta parábola Jesús quiere ponernos de relieve que el amor, hecho servicio, es el criterio de salvación para todos, es decir, el lugar donde se juega nuestra vida, esto es sorprendente para los dos grupos. El criterio para el juicio es la práctica del amor y de la misericordia con los pobres y excluidos. Jesús, Rey, juez y pastor, hace un llamamiento a la misericordia tomando algunos ejemplos de todos aquellos que son excluidos… hambrientos, sedientos, extranjeros, desnudos, enfermos, prisioneros… ¿podríamos completar la lista?.

          Es decir, lo que va a decidir nuestra suerte final no es la religión que hemos vivido ni la fe que hemos confesado durante nuestra vida. Lo decisivo, para nosotros, es haber vivido con compasión ayudando a quien sufre y necesita nuestra ayuda: Lo que hacemos con los hambrientos, los inmigrantes, los enfermos, los encarcelados,...

         En el Evangelio de hoy, Jesús subraya que seremos “juzgados” por nuestra capacidad de amar, sobre todo por nuestra capacidad de amar a esas personas más necesitadas. Y ese amor está llamado a manifestarse en gestos concretos: dando de comer, de beber, vistiendo al desnudo… es decir, creando condiciones justas y fraternas de vida. Es significativo que en el texto de Mateo falta el verbo “amar”. Amar es demasiado vago. Jesús dice: “Me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, me hospedasteis...”. En esta escena evangélica, no se pronuncian grandes palabras, como justicia, solidaridad o democracia. Sobran todas, si no hay ayuda real a los que sufren. Jesús nos habla, de comida, de ropa, de algo de beber, de un techo para guarecerse.
         En definitiva, lo que define nuestra vida al final, no es lo que decimos, sino lo que hacemos. “Ama y dilo con tu vida”. (San Agustín).

          Jesús más que trasladarnos “al final de los tiempos”, nos restituye a nuestro presente para que captemos toda su importancia. Es como si nos dijera: todo se decide en el hoy, en la manera de vivir el presente. Un gesto de acogida, de solidaridad, una caricia en la frente de un enfermo,  la escucha de un desahogo de una persona mayor, el interesarnos por el inmigrante que, además de darle una limosna, le preguntamos: ¿De dónde eres?, una sonrisa a un desconocido esquivado por todos... Sí, la eternidad está implicada en el hoy, en el instante, tal como Dios y Jesús lo están en todo lo que es amor. Así que el “Juicio Final” no se desarrollará en el cielo, entre nubes, rodeado de ángeles, como lo pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina (y que llevamos metido en nuestro imaginario religioso)... El Juicio es en la tierra, cada día, en cada momento y en el amor que prestamos a nuestros semejantes.
        
         En último término, si nuestra vida se ha puesto en defensa de la vida de los pobres podremos escuchar las palabras de Jesús: “Venid, benditos de mi Padre”.

         Nosotros formamos parte de esa humanidad sedienta de bienestar en un mundo de consumo y pobreza, que se siente herida, excluida y empobrecida, sin hogar, enferma y hambrienta, a causa de la violencia, las guerras, el terror y la concentración del poder y del perverso sistema económico que domina nuestro mundo y que hoy hace crisis por todas partes. Como se nos dijo bellamente en Sydney: “en definitiva, la vida no es un simple acumular, y es mucho más que el simple éxito. Es estar verdaderamente vivos,  es ser transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios”.

          Podemos hoy volvernos a Jesús, Rey del Universo, para decirle: Señor, con la Palabra que nos has dirigido hoy hemos comprendido que lo esencial en la vida no es ni mucho menos, confesarte con palabras, sino practicar el amor con los pobres y desfavorecidos y con todos los que están cerca de nosotros.

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