“No todo el que me dice: Señor, Señor; sino el que cumple la voluntad de mi Padre”. (Mt 7, 21-27)
Jesús advierte a sus discípulos y a todos nosotros, que existe el peligro de una oración que no se traduzca en la vida. Existe el riesgo de una escucha de la Palabra que no se traduzca en actos. Lo esencial de la vida cristiana no es “decir”: “Señor, Señor”, sino realizar el “designio” del Padre, que es que todos los seres humanos vivamos plenamente y para ello, que seamos libres, solidarios, sedientos de justicia, constructores de paz... Cuando Jesús habla de “entrar” en el Reino no se refiere a un premio futuro, sino a un mundo nuevo donde brille la Justicia, ya en esta tierra y en esta vida presente.
La parábola de las dos casas pone de relieve la necesidad de edificar nuestra vida sobre roca, sobre algo sólido, sobre lo esencial.
Esta parábola viene a indicarnos las condiciones necesarias para que nuestra vida pueda llegar a ser una edificación sólida; para lograr esta solidez necesitamos apoyarnos en la experiencia interior de la fe en el Señor, de una relación profunda con Él; Él es el único capaz de sostener nuestra vida y librarla de la angustia y de la ansiedad. Necesitamos, también, de un compromiso concreto, de un estilo de vida, para pasar de las palabras a los actos.
“El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca”.
Esta parábola utiliza dos imágenes antitéticas: la del “hombre prudente” y la del “hombre necio” y dos resultados contrapuestos… El Evangelio de hoy, pone el acento en construir sobre buenos cimientos; sólo construyendo nuestra vida sobre lo esencial, lograremos una plena realización humana, sin quedarnos en exterioridades: “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos”.
Sólo viviremos plenamente construyendo nuestra vida sobre lo más sólido de nosotros mismos y lo más sólido es esa experiencia fundamental de relación con Dios. Naturalmente que cuesta más construir sobre roca, es mucho más cómodo edificar sobre extensas llanuras de arena, pero tales construcciones sin cimientos sólidos están destinadas a ser arrasadas por aguaceros y ventoleras.
La parábola de las dos casas (la casa construida sobre la roca y la casa construida sobre arena), describe dos modos contrapuestos de realizar nuestra vida: por una parte, la construcción sobre arena, significa basar nuestra vida en la búsqueda de lo sensacional, de las apariencias, del prestigio social, del reconocimiento, del personaje, ambición de poder y de dinero… todo ello es un modo de enmascarar la inconsistencia de nuestra vida. Un día se manifestará la fragilidad de todo eso que he ido construyendo y nos sentiremos aterrorizados, lo mismo que cuando se desploma de repente una casa. La experiencia de estos tiempos nos lo pone ante nuestros ojos cada día: es muy poco lo que basta (un pequeño coágulo de sangre, decía el filósofo Pascal) para que todo se derrumbe.
Y, por otra parte, la construcción sobre roca, se basa en la firme decisión de no pretender apoyarnos en las apariencias, en el peligroso juego del aparentar sino en cimentarnos en la Palabra del Señor, en una relación vital con Dios que llene de sentido nuestra vida, en una relación con Aquél que es Fuente de seguridad, de belleza y de alegría. Ahí, en esta relación profunda con Dios, nos descubrimos amados, incondicionalmente amados. Si construimos nuestra casa sobre esta roca, nuestra vida será plena y feliz. Todo será mera palabrería si, después de decir: “Señor, Señor”, no somos capaces de construir una comunidad, unas relaciones fraternas y una sociedad más justa y más humana. Tal vez, no podremos cambiar el mundo, pero sí podremos hacer la vida más amable y feliz a los que nos rodean.
Naturalmente, la casa representa la personalidad del discípulo, nuestra persona, la falta de cimiento es lo que a veces, nos falta…
Ciertamente, la casa edificada sobre la roca, no se la llevan las riadas ni le afectan los huracanes, en tiempos de crisis se mantiene firme, inconmovible. En cambio, la casa que no tiene cimientos se hunde o se viene abajo.
La crisis actual está poniendo al descubierto sobre qué estamos edificando nuestra vida cristiana. ¿No ha llegado el momento de hacer un examen de conciencia en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia para cuestionarnos sobre qué estamos construyendo nuestra vida?
Hay muchas formas de vivir el momento actual. Hay quienes se dedican a denunciar la corrupción pública que parece no tener fin. Otros viven lamentándose de esta tremenda crisis económica y de valores que estamos atravesando. La mayoría sólo se preocupa de disfrutar mientras se pueda y huir hacia delante. ¿No será el momento de vivir esta crisis como un tiempo de gracia y de conversión? ¿No tendríamos que aprender a vivir estas grandes dificultades como oportunidades de crecimiento?
Sí, la enseñanza de Jesús es clara. No se puede edificar algo duradero de cualquiera manera. Necesitamos construir sobre roca. La crisis que estamos viviendo los cristianos, tiene raíces sociológicas y culturales muy concretas, pero nos obliga a revisar los cimientos y a observar, sobre qué bases estamos construyendo nuestra vida. Quizás no hemos fundamentado nuestra vida sobre lo esencial, sobre lo sólido del Evangelio, sino sobre costumbres, modas, doctrinas, creencias, ideologías…, pero tal vez, hemos descuidado demasiado en construir buenos cimientos… Nos falta la experiencia de un Dios interior.
Hoy tendríamos que preguntarnos: ¿sobre qué estamos construyendo nuestra vida? Esta es la pregunta que nos propone el Evangelio de hoy: ¿sobre qué estamos edificando nuestra vida?
Tal vez este domingo, podríamos dejar brotar en nosotros la oración: Señor ayúdanos a construir nuestra vida sobre lo esencial, en comunión contigo, sólo así descubriremos el cimiento que no vacila, una roca en la que estaremos firmes, un refugio seguro en las dificultades de nuestra existencia, y una luz para nuestro camino.

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