jueves, 18 de abril de 2013

4 Domingo de Pascua


"Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen". (Jn. 10,17-30)

Jesús se presenta en el Evangelio de hoy como el Pastor que reclama que escuchemos sus voz y que le sigamos: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen”.

          Jesús nos invita hoy a reconocer su voz entre tantas otras voces que nos llegan y que nos bombardean a diario informándonos y llenándonos de palabras... Necesitamos “escuchar su voz”... Recibimos y observamos imágenes, palabras, anuncios  y todo cuanto nos quieran ofrecer, que alimentan nuestra  superficialidad, nuestra evasión, nuestra frustración...  La voz de Jesús no es aduladora, ni promete falsos paraísos, ni miente, es la voz fascinante y cercana; no grita, susurra y se hace oir en el silencio, y es la voz que nos libera.

Sí, hoy, necesitamos “escuchar su voz”, la voz de Jesús y distinguirla de las otras voces que gritan en nosotros, (las voces de nuestros sentimientos negativos, de nuestras necesidades sensibles, de nuestras ambiciones de poder, la voz de la cultura dominante, de nuestras frustraciones...).  ¿Somos capaces de diferenciar estas “voces”  en nosotros y seguir la voz de Aquel que nos libera de verdad? Su voz no manipula ni instrumentaliza a nadie. Realmente  es la voz que libera.  Esa voz se manifiesta en nosotros como una llamada interior, como una invitación suave,  como una luz que nace dentro de nosotros... Escuchar  su voz implica secundar esas llamadas interiores y tomar conciencia de nuestra pertenencia a El.   Tal vez  podemos preguntarnos ¿Escucho la voz del Señor? ¿La reconozco? ¿Cómo la sigo?. Que por encima de otras voces que oímos y nos atontan, escuchemos la voz de Jesús que nos llama a una vida plena. 

"Yo conozco a mis ovejas": el Pastor se autodefine como el que «conoce» a las ovejas. No genéricamente, sino personalmente, una a una. “Conocer” en el leguaje bíblico, significa establecer una relación de amor con una persona. El conocimiento en este sentido expresa una intimidad de amor. El verbo conocer indica una relación de amor entre Jesús y los suyos. Esta relación de conocimiento-amor es tan profunda, que Jesús  la compara a la que existe entre Él y el Padre. El  conocer tiene un sentido  muy fuerte; Jesús, conoce, es decir,  ama, a cada una de sus ovejas y vela por ellas. Jesús nos ama como únicos, su amor está siempre presente en nuestra vida.

  Todos tenemos experiencia de que la forma  como somos vistos por los demás nos afecta. A veces, nos sentimos no vistos en lo que somos... Jesús penetra con su mirada  nuestro corazón. El nos mira en lo profundo de nosotros mismos. Eso quiere decir que nos conoce; es decir, que nos ama como nadie nos puede amar. El que ama a alguien se empeña en afirmar lo valioso que es para él o para ella; la persona que se siente amada comienza a valorarse a sí misma. Podemos decir que el amar es estar empeñado en que el otro  exista. Amar a alguien es decirle al otro: “Quiero que tú existas”.
 Así es también en el amor que Jesús nos tiene. Cuando nos abrimos a la experiencia de ese amor, la vida se despierta en nosotros. El amor no sólo nos garantiza la felicidad, sino que nos hace vivir plenamente. ¿No es esa también nuestra experiencia?

"Y ellas me siguen”.. La fe consiste en seguir  a Jesús por amor, viviendo como Él vivió.  Seguirle es acoger y cuidar gozosamente todo lo que da vida, teniendo en cuenta “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo”. Seguir a Jesús es hacerse cargo de la realidad de nuestro mundo; asumir también la responsabilidad de favorecer también un mundo más justo y más solidario, aportando nuestra parte.
 
Y fruto de este conocimiento-amor, Jesús dice: "Y Yo les doy la vida eterna". Es   decir, el don de Jesús a los que le  siguen es la vida definitiva, la vida que no  termina nunca, pues la calidad de vida que Él comunica supera la muerte: los cristianos apoyados en el Resucitado, creemos que la vida no termina con la muerte. La vida es mucho más que esta vida que conocemos ahora. Sin duda, esta postura puede ser rechazada y hasta ridiculizada en nuestra sociedad. Pero la vida sigue ahí con todo su misterio. Cada uno tendrá que preguntarse dónde ha descubierto una luz más luminosa, un camino más estimulante y una esperanza más bella para enfrentarse a la vida cada día.

 Y "nadie las arrebatará de mis manos",  Jesús es el Pastor que defiende a los suyos   hasta dar la vida, siguiendo a este Pastor, podemos  estar seguros.  Ni siquiera la muerte logrará romper la unión profunda con El. Porque la vida que el Pastor da a sus ovejas es la vida definitiva. Quizá no siempre nos creemos que estamos en buenas manos.  Jesús nos asegura que nadie podrá “arrebatarnos de sus manos”.  Este es la garantía del amor más grande. Ya nada ni nadie nos puede separar de su amor. No hay nada que temer.

Jesús termina con la afirmación: “Yo y el Padre somos uno”. Nunca Jesús había formulado una afirmación tan rotunda como ésta: Yo y el Padre somos uno. Es la identificación entre Jesús y el Padre; Jesús es el icono del amor y de la ternura del Padre hacía nosotros.

            Que hoy podamos renovar nuestra confianza en Él como nuestro único Pastor, diciéndole: Tú, Jesús Resucitado, Buen Pastor, cuidas nuestra vidas. Siempre te podemos encontrar en todos los caminos del mundo. Hoy podemos repetirte las palabras de la liturgia del  Salmo de hoy : “Tú, Señor, eres mi Pastor, nada me falta, aunque pase por valles de tinieblas no tengo miedo, porque Tú vas conmigo...” (Salmo 23). 


No hay comentarios:

Publicar un comentario