"Tú eres mi Hijo, el amado, mi predilecto" (Lc. 3,
15-16. 21-22)
Estas palabras que acabamos de escuchar resonaron cuando “se abrió el
cielo” y Jesús fue bautizado en el río Jordán... en estas palabras está
concentrado el núcleo del Evangelio: "Tú eres mi Hijo, el amado, mi predilecto".
Estas palabras no son sólo dirigidas a Jesús sino también a todo ser
humano, a cada uno de nosotros, Jesús estaba en presencia de Dios junto con
toda la creación... Esta es la Buena Noticia que Jesús oyó en el fondo de su
corazón, es la Buena Noticia dirigida a toda criatura: Somos hijos amados.
Hoy
contemplamos a Jesús en el río Jordán, en medio de una multitud de pecadores.
Jesús se siente solidario con todos los pecadores que estaban allí en el río
Jordán y con todos los pecadores
de esta tierra. Allí está El,
Jesús, esperando su turno, como “un hombre cualquiera”, “guardando
cola”... Es conmovedor contemplar a Jesús entre la gente... Allí, se presenta mezclado con todos: pueblerinos,
soldados, ladrones, asesinos, prostitutas...
Jesús solidario con los
sufrimientos, las cegueras, las
esclavitudes y los desgarros
de todos. Jesús se sumerge en nuestro límite, en el interior de nuestra
fragilidad de seres humanos, para que nadie se sienta tan solo que no pueda ser
alcanzado por esa voz: “Tú eres mi Hijo, el
amado”. Jesús nos abraza en nuestra condición de pobres y
vulnerables.
“Mientras oraba se abrió el cielo”... El Evangelio de Lucas subraya la actitud orante de Jesús, su estar en
oración, con el Dios vivo. En efecto, es en esa actitud de comunión con Dios
cuando se abre el cielo y Dios hace oír su voz... y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el
amado”.
¿Qué quiere decir “se abrió el cielo”?
“Se abrió el cielo” quiere decir que, en
Jesús, el cielo queda abierto, el cielo que es el lugar de la morada de Dios, irrumpe en Jesús y el
Espíritu se posa sobre El. Es la
manifestación de la plenitud del amor del Padre manifestada en el Hombre-Jesús. El soplo de Dios, su
aliento, su Espíritu, se posa suavemente sobre Jesús y todo un Dios declara su
amor a su criatura, como “una paloma”, como una paloma que busca su nido, así
todo el amor de Dios se remansa en el corazón de Jesús. El Cielo y la Tierra se
abrazan en Jesús.
“Tú eres mi Hijo, el amado”. Esa profunda
experiencia, ¿quién la puede
explicar?. Jesús sentía toda la
presencia del Padre envolviéndole... Oía en su interior la palabra que el Padre
le repetía desde siempre: “Tú eres mi
Hijo amado”. Tú eres todo mío y Yo soy todo tuyo. Tú eres todo mi amor. Tú
eres mi Hijo. Yo soy tu Padre. Eres toda mi alegría. En adelante, Jesús no
invocará a Dios con otro nombre más que con el nombre de “Abba” (Padre
querido). Jesús hace la experiencia de que Dios es amor, sólo amor... Jesús
experimenta todo este amor del Padre y no podía sino responder en una relación
filial: “Tú eres mi Padre, yo te amo, aquí me tienes”, ¿quién podrá
medir la ternura que embriagaba a Jesús en esta experiencia la más profunda de
su vida?. “Tú eres mi Hijo amado”.
A
partir de ahora, Jesús comienza una etapa nueva en su vida y en su misión
salvadora. Jesús es el Hijo amado del Padre, Jesús se siente amado, envuelto en
una atmósfera de amor permanente. Es la atmósfera más pura que se puede
respirar.
Jesús siente que puede confiar plenamente en
el Padre, que su Padre no le fallará nunca y que por eso, no hay nada que
temer, incluso en los momentos más difíciles de su vida puede vivir en la
confianza, hasta el final: hasta en la Cruz cuando dice su última oración:
“Padre, en tus manos pongo mi vida”.
Esta experiencia humana de sentirnos
amados es la única que puede dar un
sentido nuevo a nuestra vida.
Ciertamente,
la voz desde la
“nube”, manifiesta la identidad
de Jesús pero también de todo ser
humano: Jesús es el Hijo amado, pero todo ser humano es también hijo/a
amado/a ¿Somos conscientes de que la verdad última de nuestra vida se nos
revela en Jesús y
consiste en que cada uno de nosotros somos hijos/as amados? Mientras
no oigamos dentro esta voz
interior que nos asegura que somos amados,
no podemos vivir con
sentido. Mientras no hagamos
la experiencia interior de
sentirnos verdaderamente amados permaneceremos en una inseguridad constante. ¿Qué pasa si no importamos a
nadie? ¿No está ahí la raíz de la mayoría de nuestras dificultades de relación
humana? ¿No radica ahí también nuestras dificultades sociales y particularmente
la dramática situación de la crisis económica?. ¿No es éste el mayor obstáculo
que nos impide vivir una verdadera solidez personal?.
Nadie puede vivir de verdad sin la experiencia básica
de amor. Pero ¿qué nos impide escuchar, dentro de nosotros, esta voz que nos
asegura que somos verdaderamente amados? No tenemos tiempo para escuchar esta voz en nuestro interior.
Pasamos rápidamente de una cosa a otra y nos quedamos casi siempre en la
superficie de nosotros mismos. Cada vez hay menos espacio para el silencio interior en nuestra vida diaria ¿Cómo hacer para tomarnos tiempo y escuchar esta voz?
Hoy se
trata de escuchar en nuestro interior sólo esta voz: tú eres mi hijo amado. No
es fácil escuchar esta voz interior, porque hay muchas “otras voces” que gritan
fuerte dentro de nosotros. Estas otras voces nos impiden escuchar la única voz
que libera: tú eres mi amado, tú eres todo mi amor…¿Y si pudiéramos escuchar
como Jesús: Tú eres mi hijo amado… Tú eres todo mi amor?. Eso nos bastaría para
vivir una vida plena de sentido. Realmente, esta es la voz que nos libera de
toda alineación, nos hace vivir y nos llena de alegría, de una alegría que
nadie nos puede quitar.
Nuestros ojos se vuelven hoy a Ti, Jesús, Hijo amado del Padre,
concédenos abrirnos a la experiencia de sentirnos amados. Haz que recuperemos
la comunión contigo, fuente de todo amor, de una total confianza y de una
verdadera alegría.

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