“Se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo,
Santiago y Juan, y le dijeron: ¡Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a
pedir”! (Mc.10, 35-45).
Los dos hermanos se presentan ante Jesús
con una demanda pretenciosa. Exponen su petición en términos de exigencia, (queremos).
Quieren que Jesús se ponga por entero a su disposición y que les conceda lo que
van a pedirle antes de exponérselo. Eso demuestra
la ambición y el deseo de poder que les sobrepasa.
Hasta cierto punto es comprensible, esta
actitud ambiciosa de los hijos del Zebedeo, a todos nos gusta estar
cerca de las personas importantes y ocupar los primeros puestos. Los discípulos
de Jesús no han comprendido qué significa el seguimiento ni de qué se trata en
ese camino que sube a Jerusalén. La escena del evangelio de hoy es un
muestrario de la condición humana: el deseo de ser los primeros, la ambición de
poder, los celos, las envidias, la competitividad, etc. Esta ambición esta en
todas las instituciones, en todos los grupos y en la misma iglesia.
Además, también a nosotros, nos han
educado para ser los primeros: el primero de la clase, el primero en la
profesión, el número uno de la carrera. Todo eso conduce irremediablemente, a
la ambición del poder, a buscar el prestigio social y el dinero que nos da poder y al mundo
injusto y duramente competitivo en el que estamos insertos.
Pero
en esta escena del Evangelio, Jesús no accede a la petición que le hacen los
discípulos, sino que les pregunta por el
contenido de ésta: “¿Qué queréis que haga por vosotros? Y la respuesta
de los zebedeos revelan sus ambiciones de poder. Lo que piden para ellos, es
ocupar los primeros puestos:”sentarnos uno a tu derecha y otro a tu
izquierda” Jesús les reprocha su ignorancia (no sabéis lo que pedís)
y les pregunta: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? La pregunta de Jesús cuestiona la capacidad
de Santiago y Juan de identificarse con El; es decir, de llegar a una entrega de amor tan incondicional como
la suya. Jesús corrige las expectativas
de triunfo y poder de estos primeros discípulos que ambicionan ser los
primeros: “ ¿Sois capaces de beber la
copa que yo he de beber..?” El cáliz, representa el amor de Jesús llevado
hasta el final. La pregunta quiere decir:
¿sois capaces de amar hasta entregar la vida?.
Dar
así la vida, es siempre, según el Evangelio, un
gesto que nos enriquece, que nos ayuda a vivir; que crea vida en los
demás, que nos libera y que plenifica nuestra vida humana; sólo quien da su
vida por los demás la hace fructificar.
“Los otros diez, al oir aquello, se
indignaron contra Santiago y Juan”. Es comprensible la reacción de los otros
discípulos, que se enfadan. Los diez se
indignan porque las ambiciones de sus compañeros chocan con las suyas propias.
Y surge el conflicto... Ante esta
reacción, “Jesús, reuniéndolos, les dijo: sabéis que los que son reconocidos
como jefes de los pueblos, los tiranizan, y que los grandes los oprimen.
Vosotros nada de eso”. Nuestra
sociedad funciona así: Gente ambiciosa que logra imponerse sobre los otros,
ocupar puestos importantes, éxito profesional y ejercer un poder. Jesús le da
la vuelta a esa perspectiva y nos dice: “Vosotros nada de eso”.
Lo más importante en la
vida no es tener éxito y ser más que los demás. Lo verdaderamente importante es
crecer en lo que somos y vivir plenamente.
Jesús excluye terminantemente toda ambición de
poder: la grandeza no consiste en pertenecer a una clase dominante, en ocupar
un lugar importante, en triunfar, en lograr prestigios sociales, sino que se basa en el servicio por amor... (El
que quiera ser grande), no tiene más ámbito que el del amor traducido en
servicio: esa es la actitud de todos y cada uno de los que deseamos seguir a
Jesús; esta actitud radical de servicio crea igualdad entre todos, nos hace
hermanos/as.
Hoy podemos vernos retratados en la
ambición de estos dos discípulos, Santiago y Juan y en la reacción de los otros
diez que se indignaron y que también ambicionaban un lugar importante.
“Porque el
Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida
en rescate por todos”. La denominación “el Hijo del Hombre”, presenta a Jesús como la plenitud humana a la
que aspiramos en el fondo de nuestro ser. En su comunidad, Jesús, el Hombre en
plenitud, no va a ser como los dominadores de la tierra y los grandes del
mundo, un dueño que reclama superioridad y exige servicio; al contrario, va a prestar
servicio a los suyos y el servicio de
Jesús es la entrega de su vida por amor hasta el final y El, Jesús, es nuestra
referencia definitiva, nuestra única referencia.
Que podamos dirigir hoy nuestra mirada a Jesús, el servidor de todos y
nos que nos preguntemos si estamos dispuestos a desterrar de nuestro corazón
toda ambición de poder y a elegir cada día el camino del servicio y del amor. Tal vez, podríamos repasar nuestra
vida familiar, profesional, social, y
mirar si esta actitud de servicio está presente entre nosotros. Los que estamos
aquí, participando en la Eucaristía, ¿no tendríamos que plantearnos si podemos
implicarnos más en los servicios de la comunidad cristiana o de nuestra vida en la sociedad?
Que este domingo podamos decirle:
Señor, danos ese Espíritu de amor y de servicio, que comprendamos que lo que
nos hace grandes no es nuestro poder,
sino nuestro amor hecho servicio.

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