jueves, 18 de octubre de 2012

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario



          Se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: ¡Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”!   (Mc.10, 35-45).

           Los dos hermanos se presentan ante Jesús con una demanda pretenciosa. Exponen su petición en términos de exigencia, (queremos). Quieren que Jesús se ponga por entero a su disposición y que les conceda lo que van a pedirle antes de exponérselo.  Eso demuestra la ambición y el deseo de poder que les sobrepasa.

          Hasta cierto punto  es comprensible,  esta  actitud ambiciosa de los hijos del Zebedeo, a todos nos gusta estar cerca de las personas importantes y ocupar los primeros puestos. Los discípulos de Jesús no han comprendido qué significa el seguimiento ni de qué se trata en ese camino que sube a Jerusalén. La escena del evangelio de hoy es un muestrario de la condición humana: el deseo de ser los primeros, la ambición de poder, los celos, las envidias, la competitividad, etc. Esta ambición esta en todas las instituciones, en todos los grupos y en la misma iglesia.

      Además, también a nosotros, nos han educado para ser los primeros: el primero de la clase, el primero en la profesión, el número uno de la carrera. Todo eso conduce irremediablemente, a la ambición del poder, a buscar el prestigio social  y el dinero que nos da poder y al mundo injusto y duramente competitivo en el que estamos insertos.
     
    Pero en esta escena del Evangelio, Jesús no accede a la petición que le hacen los discípulos,  sino que les pregunta por el contenido de ésta: “¿Qué queréis que haga por vosotros? Y la respuesta de los zebedeos revelan sus ambiciones de poder. Lo que piden para ellos, es ocupar los primeros puestos:”sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda” Jesús les reprocha su ignorancia (no sabéis lo que pedís) y les pregunta: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?  La pregunta de Jesús cuestiona la capacidad de Santiago y Juan de identificarse con El; es decir, de llegar  a una entrega de amor tan incondicional como la suya.   Jesús corrige las expectativas de triunfo y poder de estos primeros discípulos que ambicionan ser los primeros: “ ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber..?” El cáliz, representa el amor de Jesús llevado hasta el final. La pregunta quiere decir:   ¿sois capaces de amar hasta entregar la vida?.

 Dar así la vida, es siempre, según el Evangelio, un  gesto que nos enriquece, que nos ayuda a vivir; que crea vida en los demás, que nos libera y que plenifica nuestra vida humana; sólo quien da su vida por los demás la hace fructificar.

      “Los otros diez, al oir aquello, se indignaron contra Santiago y Juan”. Es comprensible la reacción de los otros discípulos,  que se enfadan. Los diez se indignan porque las ambiciones de sus compañeros chocan con las suyas propias. Y surge el conflicto...   Ante esta reacción, “Jesús, reuniéndolos, les dijo: sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos, los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso”.  Nuestra sociedad funciona así: Gente ambiciosa que logra imponerse sobre los otros, ocupar puestos importantes, éxito profesional y ejercer un poder. Jesús le da la vuelta a esa perspectiva y nos dice: “Vosotros nada de eso”.
Lo más importante en la vida no es tener éxito y ser más que los demás. Lo verdaderamente importante es crecer en lo que somos y vivir plenamente.

        Jesús excluye terminantemente toda ambición de poder: la grandeza no consiste en pertenecer a una clase dominante, en ocupar un lugar importante, en triunfar, en lograr prestigios sociales,  sino que se basa en el servicio por amor... (El que quiera ser grande), no tiene más ámbito que el del amor traducido en servicio: esa es la actitud de todos y cada uno de los que deseamos seguir a Jesús; esta actitud radical de servicio crea igualdad entre todos, nos hace hermanos/as.

        Hoy podemos vernos retratados en la ambición de estos dos discípulos, Santiago y Juan y en la reacción de los otros diez que se indignaron y que también ambicionaban un lugar importante.

      “Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.  La denominación “el Hijo del Hombre”, presenta a Jesús como la plenitud humana a la que aspiramos en el fondo de nuestro ser. En su comunidad, Jesús, el Hombre en plenitud, no va a ser como los dominadores de la tierra y los grandes del mundo, un dueño que reclama superioridad y  exige servicio; al contrario, va a prestar servicio a los suyos y  el servicio de Jesús es la entrega de su vida por amor hasta el final y El, Jesús, es nuestra referencia definitiva, nuestra única referencia.

           Que podamos dirigir hoy nuestra mirada a Jesús, el servidor de todos y nos que nos preguntemos si estamos dispuestos a desterrar de nuestro corazón toda ambición de poder y a elegir cada día el camino del servicio y  del amor. Tal vez, podríamos repasar nuestra vida familiar, profesional,  social, y mirar si esta actitud de servicio está presente entre nosotros. Los que estamos aquí, participando en la Eucaristía, ¿no tendríamos que plantearnos si podemos implicarnos más en los servicios de la comunidad cristiana o de nuestra  vida en la sociedad?

           Que este domingo podamos decirle: Señor, danos ese Espíritu de amor y de servicio, que comprendamos que lo que nos hace grandes no es nuestro poder,  sino nuestro amor hecho servicio. 

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