"Yo
soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este Pan vivirá para
siempre”. (Jn.6, 41-51).
Esta afirmación de Jesús provoca la protesta entre la muchedumbre, que
empieza a murmurar. Es demasiado duro para ellos superar el obstáculo del
origen humano de Jesús: se trata sólo del hijo de José que para ellos es
incompatible con la afirmación: “Yo soy
el Pan que ha bajado del cielo”.
Jesús
les dice: “No critiquéis. Nadie puede
venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Más que llenar nuestro corazón de críticas amargas, de
quejas, de lamentos, estamos invitados a abrirnos a la acción del Padre. En
cada uno de nosotros hay un gran deseo de vida, una llamada profunda a vivir en
plenitud. Por este deseo de vida el Padre nos atrae. Nadie puede venir a Jesús
si no es trabajado interiormente por esta pasión de vivir plenamente, en la
comunión con la Fuente misma de la vida.
Pero hoy, en nuestra sociedad, es fácil vivir “pasando de Dios”. Sin
embargo, sin Dios en el corazón estamos como perdidos. Si Dios desaparece de
nuestro horizonte, la vida humana
desaparece también como lugar desde donde podemos encontrarnos con la verdad
más profunda de nosotros mismos. Sin Dios somos arrojados al mundo del vacío,
de la necesidad compulsiva, del consumo desenfrenado para ahogar sin éxito la
angustia y el sin sentido de nuestra vida. Ya no sabemos de dónde venimos y
hacia dónde vamos. No encontramos un sentido a nuestra vida.
“Os aseguro que el que cree tiene
vida eterna”. La expresión “vida eterna” no significa simplemente una vida
de duración ilimitada, incluso después de la muerte. Se trata, antes que nada,
de una vida en profundidad, una vida de calidad; una vida tan densa que no
puede ser truncada por la muerte; porque
es ya una participación de la misma Vida de Dios. Sólo quien entabla una
relación vital de amor con Jesús logra
una vida plena.
“El
que come de este Pan vivirá para siempre” quiere decir: sólo el que vive en
comunión con Jesús se realiza y se abre a una vida plena y feliz. Sólo “el que come” de Jesús-Pan no muere. Sólo
el que “come” a Jesús, Pan de Vida, es decir, quien se alimenta de Él, quien
interioriza su Palabra y asimila su vida, vive para siempre.
Después Jesús añade: “el
Pan que Yo daré es mi carne, para la vida del mundo”. En este discurso Jesús, hasta ahora, sólo hablaba del Pan
del Cielo.. Pero la expresión “mi carne
para la vida del mundo”, introduce una dimensión nueva que crea confusión
en los que le escuchan... Jesús habla
ahora de "mi carne", quiere
decir que el Espíritu no se da fuera de su realidad humana.... Por tanto, la carne de Jesús no es sólo el
lugar donde Dios se hace presente, sino que se convierte en el don de Jesús al mundo, en la expresión del amor del
Padre a toda la Humanidad.
Jesús dará su “carne” “para la
vida del mundo”, para que el mundo
viva. Esta expresión supone que la Humanidad carece de Vida. El don de la Vida
se ofrece a todo ser humano y se comunica en
la realidad humana de Jesús. Todos podemos comprender que la presencia
de un amigo nos alimenta y nos da vida. Jesús es ese Amigo que nos despierta a
la vida. Jesús no es sólo el Pan de Vida a través de su Palabra, sino que nos
da la Vida a través de su persona y de su Presencia encarnada y real en medio
de nosotros.
El Pan que yo daré es mi carne para la vida
del mundo”.
¿Cuál es, pues, esa vida de la que nos habla Jesús y que quiere
comunicarnos? ¿Qué aporta a nuestra vida
humana? La cuestión se plantea con mayor fuerza cuando, según las afirmaciones
de Jesús, esta vida es de absoluta importancia aunque sea totalmente gratuita.
Sin ella no podemos llegar a una verdadera realización humana. Rechazarla es
arrojarse a las tinieblas y a la muerte; es perderse a sí mismo. En el Pan, que es Jesús para nosotros,
comemos el amor de Dios hecho hombre, para que penetre en nosotros y nos
transforme. La Eucaristía realiza la más intensa relación personal con Jesús
Resucitado que se puede imaginar y también es un lugar de transformación
personal y comunitario.
Jesús demuestra que está inundado por una fuerza de Vida capaz de
superar la muerte y su poder destructivo. En pocas palabras, Jesús presenta la
vida, cuyo secreto posee como una plenitud y que ofrece a cada ser humano.
¿Cuál es, pues, esta plenitud de vida? Que todos somos amados y que este amor
con que Dios nos ama, es el origen de
todo, la fuente de toda vida y de toda alegría.
Hoy
se habla mucho de “calidad de vida”. Políticos, sociólogos, educadores, etc.,
la han introducido en sus discursos, programas y proyectos. Lo verdaderamente
importante es saber dónde encontramos esa calidad de vida. No resulta fácil
acertar en qué consiste esa “calidad de vida”. Nuestra vida, a veces, es
demasiado rutinaria, gris y
monótona. El Evangelio de hoy nos
recuerda unas palabras de Jesús que nos dejan entrever en qué consiste esta
calidad de vida. Jesús habla de “vida eterna”, que no significa
simplemente, una vida de duración
ilimitada incluso después de la muerte, sino de una vida que no puede ser
destruida por ningún acontecimiento
difícil o una frustración personal; una vida plena, que va más allá de nosotros
mismos porque es una participación en la misma vida de Dios. En Jesús podemos
lograr esa vida plena, gozosa y llena de sentido.
Hoy podemos volvernos a El, para decirle:
“Señor Resucitado, con este Pan que nos ofreces quieres recordarnos
todo el amor que sientes por cada uno de nosotros. Abre nuestros ojos nublados
al Misterio de tu Presencia en nuestra vida”.

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