martes, 12 de junio de 2012

Domingo XI del Tiempo Ordinario


“El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra...”. (Mc. 4, 26-34).

   Jesús habla del Reino y usa un lenguaje sencillo tomado de la cultura agrícola: las dos parábolas que hemos escuchado nos invitan a la admiración y a la confianza en la acción de Dios que de lo pequeño saca un resultado excelente.

   La parábola de la semilla que crece por sí sola insiste en la fuerza vital que posee el Reino de Dios sembrado ya en la tierra: crece progresivamente, “primero los tallos, luego la espiga, después el grano...”.

   Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”. Él no sabe cómo pero sabe que Dios nos trabaja en la tierra de nuestra disponibilidad. El Reino de Dios rompe nuestros esquemas, es don y no depende sólo de nuestro trabajo y de nuestro esfuerzo. Creer en Dios, creer en el Reino y confiar en su realización aquí, es mucho más “que hacer proyectos”... Es dejarse hacer por Él.

La tierra va produciendo la cosecha ella sola”. La “tierra” es la tierra buena, es decir, los hombres y mujeres que no ponen obstáculo al mensaje de Jesús. “Ella sola” quiere decir que el proceso de nuestra transformación no depende de algo exterior a nosotros: el ser humano lleva, dentro de sí, potencialidades adormecidas que se despiertan en contacto con el mensaje del Evangelio de Jesús: “Primero los tallos, luego la espiga, después el grano”. Ciertamente, estas palabras nos revelan que se trata de un proceso de transformación.
    
    Sin embargo, hoy casi todo nos obliga a vivir bajo la presión de la actividad y el rendimiento. En el fondo de nuestra conciencia moderna existe la convicción de que, para dar el máximo sentido a nuestra vida, lo único importante es trabajar para sacarle el máximo rendimiento y utilidad. Corremos el riesgo de ahogarnos en el activismo y en el trabajo. Sin embargo, esta extraña parábola de Jesús nos habla de una semilla que crece por sí sola, sin que el labrador le proporcione con su trabajo la fuerza para germinar y crecer.

     Esta parábola nos recuerda que la vida no se puede reducir a actividad, trabajo y rendimiento. Es regalo y es don, nunca suficientemente valorado. Por eso, la actitud fundamental del creyente no es la lucha y el esfuerzo  sino la admiración, el gozo agradecido y la confianza. Naturalmente que la acción de Dios en nosotros requiere de la colaboración de nuestra libertad.

    “¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios..?. con un grano de mostaza: al sembrarlo en tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas”. La parábola del grano de mostaza pone el acento en el sorprendente resultado final de la acción de Dios, en contraste con el comienzo pequeño y débil. La mostaza es una de las semillas más pequeñas;  su planta, sin embargo, puede llegar a alcanzar más de tres metros. Así es el Reino de Dios.
La parábola subraya el valor del momento presente,  por insignificante que pueda parecer: el Reino de Dios está presente ya en esas pequeñas semillas de la vida y  del mensaje de Jesús, y más tarde, en la vida y en la comunidad cristiana y en todos nosotros, que hemos escuchado el Evangelio. La grandeza de la mostaza será su capacidad de acogida, sus ramas con mucha sombra para que los pájaros que lo necesiten puedan cobijarse en ellas.

     Esta parábola del “grano de mostaza” es una invitación a sembrar pequeñas semillas de una nueva humanidad. El Reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como un grano de mostaza. Pero es algo que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. Probablemente no estamos llamados a hacer grandes cosas sino a poner un poco de humanidad en cada sector de nuestro pequeño mundo diario.

    Las dos parábolas representan la historia personal de cada uno de nosotros y nos invitan a permanecer tranquilos y a vivir con la confianza puesta en Dios.

     Nuestra oración de hoy puede ser: Señor, Tú que sigues sembrando y haciendo crecer tu Reino de Amor y Paz entre nosotros, concédenos confiarnos a Ti y ser humildes colaboradores en tu obra de humanización de este mundo.





1 comentario:

  1. He vuelto al mundo del blog. A partir de ahora estaré más pendiente de tus publicaciones. Un abrazo

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