“Yo soy la vid verdadera”
(Jn. 15,1-8).
¡Qué bien debían sonar en los oídos de los discípulos esta afirmación de
Jesús de la alegoría de la vid! Les era tan familiar. El marco de esta
afirmación es la cena de despedida: “Yo
soy la verdadera vid”. Jesús utiliza una alegoría, una imagen agrícola que
era familiar para los discípulos, seguramente la habían leído o escuchado
muchas veces en las escrituras santas.
Jesús les dijo: “Yo soy la vid verdadera”. ¿Qué quieren decir estas palabras?
Quieren decir que toda Vida viene de El y pasa luego a través de nosotros
(pequeños sarmientos) para dar fruto del mismo modo que la sabia circula por la
vid y llega hasta los sarmientos para producir uvas.
“A
todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda”.
Jesús empieza con una advertencia severa: todo sarmiento que esté vivo, tiene
que dar fruto; es decir, toda persona, todo miembro de esta Comunidad, de este
Pueblo de Dios, está llamado a crecer y a vivir plenamente. El fruto a que se
refiere Jesús es la Vida plena de la persona que vive en docilidad a su ser; el
fruto es la expresión de todo un proceso de crecimiento y de vida. Un sarmiento
no produce fruto cuando no responde a la Vida que se le comunica. El vigor de
la vid se concentra en el fruto. Todo sarmiento unido a la vid
estará vivo, lozano y pujante para dar fruto.
En el
Evangelio de hoy, hay dos expresiones que se repiten cada una de ellas
hasta siete veces: las de “permanecer” y “dar fruto”. La intención fundamental
de la alegoría es que hay que permanecer con Jesús para poder dar fruto, y
aquél que se separa de El, es como un sarmiento estéril que no da ningún fruto.....
Una experiencia interior importante debió ser para el evangelista el verbo “permanecer”,
que lo repite hasta 40 veces en su Evangelio. “Permanecer” es una experiencia
mística, vital, de una relación profunda de amor con Jesús Resucitado.
“Permanecer” en Jesús significa dejarnos
impregnar por su Espíritu de amor, dejarnos amar por Él, sentirnos amados,
amados desde siempre, amados por haber sido llamados a la vida; muy amados,
como nadie nunca podría imaginar, mucho más de lo que nosotros mismos deseamos
ser amados, con un amor que ninguna circunstancia de nuestra vida podrá hacer
desaparecer.
“Yo
soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da
fruto abundante”. El fruto del que
se habla ahora se llama “ fruto abundante”. El fruto abundante es la vida que
estamos llamados a vivir y a despertar en los otros. La alegoría termina
describiendo la suerte de los sarmientos cortados: “Al que no permanece en
mí, lo tiran fuera, como al sarmiento y se seca”... Jesús subraya que el
porvenir del que se separa de El, del contacto con El, “se seca”, es decir,
expresa la carencia total de Vida. Quien renuncia a permanecer con El, que es
la Fuente de Vida, renuncia a vivir.
“Luego los recogen y los echan al fuego y
arden”: Es la manera gráfica de decir que se entra en un proceso de
destrucción progresiva. ¿No tenemos esa experiencia? Cuando nos separamos de lo
profundo de nosotros mismos, de nuestra Fuente, ¿no tenemos la sensación de que
no vivimos?.
Cuando nos separamos de
esta Fuente, ¿no experimentamos en nosotros que nos estamos secando y que la
vida ya no tiene gusto ni sentido para nosotros? ¿No es ésta la experiencia de
muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿No hay, a veces, un gran vacío
existencial en nuestras vidas?. La vida ya no fluye a través de nosotros;
perdemos el entusiasmo e incluso, a veces todo deseo.
“El que permanece
en mí y yo en él, ese da fruto abundante”. Esta es la condición fundamental
para que la comunidad y todo discípulo den fruto y tengan vida. Él es la vid y
nosotros los sarmientos. La unión es íntima, vital, permanente. Vid y sarmiento
no son dos cosas distintas; forman un todo. Sólo que la savia no brota de los
sarmientos, sino que la reciben de la vid. La savia es la vida del Resucitado
que es la misma para todos. Los sarmientos no son nada si se separan de la vid.
Por eso, Jesús afirma: “Sin mi no podéis
hacer nada”, o lo que es lo mismo, desgajados de mí, no podéis dar fruto.
Podéis reuniros, planificar, moveros, agitaros hasta el stress y agitar a los
demás; pero sin esta vida de comunión con Jesús, no habrá frutos. ¿No son estas
palabras de Jesús plenamente actuales hoy?
Cuando nos desconectamos de la vid
verdadera, que es la Presencia de Jesús Resucitado en nuestro interior ¿No
tenemos la impresión de que nada merece la pena y que la vida se convierte en
una carga difícil de llevar?. Sin la experiencia de una relación profunda con
Él, con Cristo Resucitado, nuestra vida se vuelve estéril y vacía.
Hoy, vueltos hacía Él, le decimos: Señor
Resucitado, tu eres la vid verdadera, concédenos, permanecer en Ti, y que demos
“fruto abundante”: el fruto del Amor y de la Vida. Sin Ti, Señor, no podemos
hacer nada porque Tú eres la Fuente de nuestra vida. Sin Ti, nuestras palabras
son vanas, nuestros sentimientos apagados, nuestras relaciones difíciles,
nuestros amores posesivos... Sin Ti nuestra vida se seca. Tú eres el único
aliento que hace vivir nuestro corazón.

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