jueves, 26 de enero de 2012

IV Domingo del Tiempo Ordinario


                "Se quedaron asombrados de su enseñanza  porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad" (Mc. 1,21-28).

          Hoy, contemplamos a  Jesús  entrando en  Cafarnaún, una gran ciudad a orillas del lago de Tiberíades... Nos dice el texto que “el sábado Jesús fue a la sinagoga a enseñar”. El sábado era un día en que Jesús tenía la oportunidad de encontrarse con toda la   población en   la sinagoga. Y lo primero que nos llama la atención es que Jesús no va a la sinagoga para asistir al culto ni espera a ser invitado a  hablar por el jefe, como era la costumbre, sino  que va a “enseñar”. ¿Cómo es posible?  Jesús se presenta al público de la sinagoga como el que no necesita delegación alguna de nadie  para hablar. 

              Se quedaron asombrados de su enseñanza  porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad”

               La gente escuchaba absorta, embelesada, asombrada, no sólo por  el contenido, sino por el modo de enseñar de Jesús. Al oír a Jesús en la Sinagoga, una sacudida de emoción recorrió toda la Asamblea, de modo que todos quedaron impresionados por sus palabras. Se dieron cuenta en seguida que el que hablaba no era un “palabrero”. No hablaba como el que ha aprendido en los libros una doctrina, hablaba con pasión y con autoridad. Sí, la impresión, el  asombro que causaba Jesús era debido a su autoridad. (griego: exousía, literalmente: “desde el ser”)”,   No la autoridad  institucional, sino la que nacía de su fuerza interior, de la energía que transmitía al hablar. Jesús transmite su experiencia profunda y eso llega al corazón de las gentes. Y la  gente que lo escucha intuye que ahí está la verdad y concluyen  que los letrados no hablan en nombre de Dios. Jesús habla “con autoridad”.... Jesús es  un hombre que vive lo que dice, Jesús al  hablar comienza a despertar Vida y  Esperanza.....

                Puede haber también un momento en nuestra vida  en que podemos descubrir donde esta la verdad y donde se nos manifiesta el amor. Como escribió Edith Stein: "Aquí esta la verdad”

               Continuamos el texto evangélico: “En la sinagoga había un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar”. Este hombre pertenece a la sinagoga y es una figura con una carga simbólica tremenda. Es una figura tomada de la cultura de la época que representa todo aquello que oprime y despersonaliza al hombre, todo lo que impide al hombre ser él mismo. La cultura de aquel tiempo atribuía con frecuencia las enfermedades psíquicas y físicas al influjo de alguna fuerza misteriosa, diabólica (un espíritu inmundo)... En este hombre, que tiene un “espíritu inmundo” estamos representados todos. Lo primero que hace este hombre es interrumpir la enseñanza de Jesús, “poniéndose a gritar” sus ideas, a sí mismo, a hacer ruido...

               El hombre poseído "por un espíritu  inmundo", es  el  hombre  alienado, fragmentado, es también el  hombre de nuestra  época. Muchos “espíritus inmundos” “nos poseen”... Muchos hombres y mujeres  han perdido su   libertad y viven  enganchados en mil formas  de esclavitud. Hoy es actual y sigue teniendo vigencia este hombre  poseído de un espíritu  inmundo”...,  en ese hombre nos podemos sentir reflejado cualquiera de  nosotros.
               Es la alineación a sí mismo y que hizo escribir a San Agustín en sus confesiones: “¿Dónde estaba yo cuando te buscaba?. Tu estabas delante de mi, pero yo andaba lejos de mi y no podía encontrarme a mi, mucho menos a Ti”.

                Este poseso del Evangelio reacciona frente a Jesús que trae la libertad: “Y se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros? ¿Has venido a  destruirnos?”... Utiliza  el plural, es   decir,  ve en  Jesús no sólo  una amenaza para él,  sino para un  grupo  del que  forma parte. Sí, Jesús  es una  verdadera amenaza para  todo lo que  nos esclaviza y nos aliena de fuera y de dentro. La cultura nihilista de esta sociedad de consumo y del espectáculo, deja un gran vacío en nuestro corazón.  El, Cristo Resucitado, viene a  ofrecernos a todos un camino de liberación, de esperanza y de alegría.

             Por eso Jesús “le increpó: Cállate y sal  fuera de él". Jesús libera al poseído del sistema ideológico  que lo esclavizaba y le devuelve su libertad. Jesús le dice: “Cállate”. Es que el “espíritu inmundo” grita y hace mucho ruido. Grita muy fuerte. También en nosotros, a nivel sensible, se levantan “gritos” que nos echan en cara nuestros límites y quieren hacernos perder de vista nuestra dignidad y nuestra libertad. Gritan también nuestros desalientos, nuestros pesimismos y siembran la división en nosotros. Tenemos que preguntarnos: ¿qué gritos escucho dentro o fuera de mi?, ¿a que gritos doy respuesta con mis actos?.

              Pero también dentro de nosotros se oye la Palabra de Jesús que hace callar de nuevo nuestras dudas, nuestros sentimientos negativos y aquello que nos paraliza. La Palabra de Jesús que nos libera. También hoy  sigue estando presente para nosotros el poder de su amor capaz de reducir al silencio “los demonios” que gritan en nosotros. Él hace que nosotros podamos descubrir que somos amados.

               Sin embargo, dice el texto que, "retorciéndolo", salió de él. Esta expresión  manifiesta  la  última violencia  que ese  sistema  quiere ejercer sobre él. En cambio, el “alarido” significa la impotencia ante la autoridad de Jesús. También tendríamos que preguntarnos: ¿Qué es lo que ejerce hoy más presión sobre mi?.
 Ante este hecho, la impresión es  enorme y la gente no puede contenerse y comenta en voz  alta: "¿qué  es esto?, éste  enseñar con autoridad, es nuevo"... La gente reconoce la fuerza liberadora  de Jesús. Y  nosotros, ¿reconocemos que la fuerza que libera está en Jesús, el Resucitado? Esta actividad liberadora de Jesús nos es confiada también a nosotros: estamos llamados a reconfortar a la gente, a hombres y mujeres de hoy, sometidos a procesos de despersonalización en el mundo de la producción y del consumo o sufriendo crisis dolorosas de soledad, de vacíos afectivos y de sinsentidos, además de la tremenda crisis económica que atravesamos. Nuestro tiempo necesita, por tanto, esta enseñanza con nueva autoridad, que es la enseñanza de los testigos, es decir, aquellos que han visto y  han hecho la experiencia de la Vida que Él nos ofrece a todos.

               Hoy, en el silencio de nuestro corazón podemos decirte: Tu, Señor, puedes curar, el mal de nuestro corazón: la ambición, el desamor, la intolerancia y el sinsentido. Tú, eres el único punto sólido donde podemos afianzarnos; solo en Ti encontramos la esperanza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario