“Velad porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mt. 25, 1-13).
Estas palabras dirigidas a los primeros discípulos, son también para nosotros. Estas palabras son una invitación para permanecer en alerta, para acoger la plenitud de la vida que Dios ofrece a todo ser humano en Cristo. Por eso, en este texto, Jesús compara el Reino a una fiesta de boda... Jesús dice: “El Reino de los Cielos se parece a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo”.
La parábola de las diez doncellas que esperan la venida del esposo esta ambientada en el último día de los festejos matrimoniales palestino, cuando, a la puesta del sol, el esposo va con los amigos del esposo a la casa de la esposa, donde hacían la fiesta y se celebraba el matrimonio con el banquete final.
“El esposo tardaba, les entro sueño a todas y se durmieron”. El sueño hace presa por igual en todas las muchachas. El Evangelio de hoy nos recuerda que nuestro camino en este mundo llega un momento en que se acaba y que sería una lástima llegar al final con las manos vacías, con las lámparas apagadas, como las muchachas “despistadas” para la boda.
¿Qué encierra esta parábola?, ¿Quién es el esposo?, ¿A quién representan estas doncellas?.
El esposo, en esta parábola es el mismo Cristo Resucitado que viene a nuestro encuentro siempre, el es el Esposo de la Humanidad que invita a la Vida, a la verdadera vida y esto exige una respuesta personal, exige también estar dispuesto a recibirlo en cualquier momento y en cada ser humano...
De las doncellas que esperan al esposo, se dice que unas eran “necias” y otras “sensatas”, es decir, representan dos tipos de actitudes para prepararse al encuentro definitivo con Dios en Cristo: la necedad y la sensatez:
Las muchachas necias representan a todos aquellos que tienen una cierta fe en Dios, pero que no aman, no ponen en práctica el mensaje de Jesús, que es el amor sin límites; han perdido el amor, se les ha terminado el aceite y se les “han apagado las lámparas”. Han perdido también la esperanza.
Las muchachas sensatas son los/as que viven aquello que creen. Su fe en Cristo se manifiesta en la práctica del amor verdadero, en la misericordia, en la compasión, en el perdón, en la solidaridad... y mantienen viva la esperanza, a pesar de todo.
Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias, no es que sean egoístas, es que resulta imposible amar en nombre de otra persona,; nadie puede amar en nombre de nadie: somos cada uno y cada una de los que deseamos seguir a Cristo, los que estamos invitados a elegir cada día ese amor nuevo que se nos ha revelado en El, no como una teoría, sino como una práctica, como un servicio. También necesitamos apostar por la vida y la esperanza, incluso en las dificultades.
Ante el Evangelio de hoy, en esta parábola nos preguntamos: ¿no estaremos quedándonos sin aceite? ¿No estarán apagándose nuestras lámparas? ¿Cómo estamos de sensatez? ¿En qué grupo de “doncellas” me sitúo yo? ¿En el grupo de las “sensatas”, en el grupo de las “necias”?
En este mundo en que parece que se está perdiendo el amor y la esperanza, (que se están apagando las lámparas), estamos llamados a llenar de luz la noche que nos envuelve hasta que Él llegue (Él que viene siempre a nosotros). Durante mucho tiempo, los cristianos, hemos vivido cierto miedo y angustia respecto a la venida y al encuentro con el Señor. Sin embargo, esta parábola nos revela lo contrario: compara la venida y el encuentro con el Señor con un banquete de boda. Necesitamos abrirnos al gozo del Evangelio. Jesús tiene puesto el eje de su vida en el gozo de la comunión con Dios. El Evangelio nos anuncia este gozo, el Evangelio es una alegría y una gran esperanza. En esta parábola es como si Jesús nos dijera: “No perdáis la esperanza. Mantenedla viva. Es verdad que el paso del tiempo lo desgasta todo... ser cristiano es mantener viva la esperanza, a pesar de todo. Que no se apaguen nuestras lámparas. Que el deseo de vida profunda se mantenga siempre vivo en nosotros”.
Dice la parábola que, a media noche se oyó una voz: “Que viene el Esposo, salid a recibirlo”. Sí, también podríamos subrayar esta voz: “que viene el Esposo”. Sí, El, el Esposo, viene cada día con su amor y con su paz. ¿Qué pasaría si fuéramos conscientes de que el viene cada día a nuestra vida, a cada instante? El también vendrá definitivamente en el momento de nuestra muerte. También vendrá al final de la Historia, cuando este mundo se humanice y llegue a ser un mundo nuevo, donde habite la justicia.
La parábola dice que “se cerró la puerta”: En el judaísmo las puertas cerradas son una expresión equivalente a las oportunidades perdidas. También “las puertas cerradas” desde el ángulo del psicoanálisis significan, que no tengo relación con mi interior... Si vamos por el mundo de manera superficial, sin relación profunda con nosotros mismos, puede ser que en alguna ocasión sea demasiado tarde. Podemos vivir tan distanciados de nosotros mismos, que no podamos construir ninguna verdadera relación. Jesús nos advierte que no lleguemos a este extremo: “se cerró la puerta”, es decir, que no desperdiciemos el don de nuestra vida.
Y termina la parábola diciendo: “velad porque no sabéis ni el día ni la hora”. Sí, necesitamos estar en vela, despiertos, vivir el momento. Necesitamos abrir bien los ojos para reconocer la realidad tal y como es y aprovechar el don de la vida y de la esperanza que Dios nos ofrece siempre.
Nuestra oración hoy, podía ser: Señor que mantengamos encendida en nuestra vida la lámpara del amor y de la esperanza. Que te esperemos a ti, Cristo, Tú que eres nuestra lámpara. Tú, el que disipas nuestras tinieblas. El que te sigue no caminará en tinieblas sino que tendrá la luz
No hay comentarios:
Publicar un comentario