miércoles, 17 de agosto de 2011

Domingo XXI del Tiempo Ordinario


Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt. 16, 13-20).

    Esta pregunta constituye el corazón del Evangelio… Responder adecuadamente a esta pregunta ha sido y sigue siendo la tarea principal de toda la historia cristiana.
    “¿Quién decís que soy Yo?” Hace dos mil años que Jesús  formuló esta pregunta a sus discípulos.  Y la historia no ha terminado de responderla. La pregunta decisiva de Jesús sigue pidiéndonos a todos una respuesta.

    Necesitamos escuchar dentro de nosotros y es ahí donde podemos ir dando respuesta a esa pregunta fundamental: ¿Quién decís que soy Yo?

     Pedro, respondió diciéndole: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Pedro habla en nombre de todos. Tiene un  protagonismo en el grupo. Jesús se lo ha dado. Y su convicción profunda es firme: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esta respuesta de Pedro está mezclada con una fe en un Mesías triunfal. La persona de Jesús tenía un atractivo. Tenía un gran éxito. Todo el mundo que le escuchaba quedaba maravillado. Era la esperanza de mucha gente. Sí, esta respuesta de Pedro es inacabada, está condicionada por la ideología religiosa, proyectando sobre Jesús el ideal mesiánico del pueblo judío…

     Hoy también Jesús nos hace a nosotros la misma pregunta que hizo a los discípulos y espera también la misma respuesta. Creemos que Jesús es el Hijo de Dios. Ser cristiano es dar nuestra confianza a Jesús, creer en su amor hacia nosotros. Nuestra relación con Jesús es una relación de amistad. Sólo a partir de esta relación de amor, podemos darle nuestra confianza y seguirle por el camino.
    Jesús, el Resucitado, sigue preguntándonos, ¿quién decís que soy Yo?  La pregunta es: ¿quién es Jesús  para mí? “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, es la respuesta de  Pedro. No se trata de responder de la misma manera que Pedro sino de una manera muy personal. ¿Quién eres Tú? ¿Qué lugar ocupas en mi vida?

     “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. El Mesías es el que libera a su pueblo de la esclavitud. Jesús es esencialmente el que nos conduce a la libertad. Jesús es el Hijo amado que supera las tentaciones. Es también, el Hijo del Dios vivo, que significa que Dios está vivo, (a diferencia de los ídolos muertos) y que  genera la Vida que actúa en la Historia. Estas palabras de Pedro, expresan que Dios es el Dios de la Vida y que sólo nos encontramos con Él, allí donde nosotros experimentamos nuestra propia vida. Jesús viene para que nosotros encontremos la Vida. “¿Quién soy Yo para ti?”. Responder a esta pregunta significa responder a la pregunta decisiva: “¿Para quién vivo yo?”. ¿Existe acaso un amor más grande que éste, el amor de quien da su vida por el otro? Es como si Jesús nos dijera a cada uno: “te amo hasta entregar mi vida por ti”.

     ¿Quién eres Tú, Jesús? ¿Qué lugar ocupas en mi vida? Tú eres Aquel que iluminas las noches de nuestro corazón,  tu eres Aquel que llenas de claridad nuestra vida, y nos abres un camino de esperanza.

    Él, Jesús, es Alguien que nos ama siempre, que permanece a nuestro lado todos los días de nuestra vida. Él es la Luz que nos guía, Él es la Fuerza que nos sostiene, Él es el Amigo que nos acompaña siempre.

    A esta confesión de Pedro, Jesús responde con una palabra de felicitación: “dichoso tú, Simón, hijo de Juan porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”...  Jesús llama bienaventurado a Pedro. El ha confesado la fe en el misterio de Dios y de Jesús. Y le Jesús le confía la misión... “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. “Tú eres Pedro, como si le dijera: tú eres el que eres, hombre de carne y hueso, frágil, débil como otros,  pero bendito porque has acogido la revelación del Padre, has escuchado desde dentro, has sabido captar un mensaje interior. La  piedra sobre la que Jesús edifica su Iglesia es la fe de Pedro. Si los cristianos tenemos una fe como la de Pedro, entonces la Iglesia se sostiene sobre una roca y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella.

Que hoy, en la intimidad de nuestro corazón, podamos abrirnos a El, a Jesús Resucitado,  para decirle como Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.  Tú eres el que me abre el camino de la libertad y de la esperanza. Tú eres el Todo de mi vida.

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