“Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc. 1, 46-56)
Con estas palabras María canta la grandeza del Señor. Nosotros nos unimos hoy al canto de María en esta fiesta de esperanza y alegría.
El Evangelio de este día nos presenta el encuentro de dos mujeres embarazadas, María e Isabel., pero la atención se concentra en los hijos que una y otra llevan en su seno. María aparece yendo “aprisa” a encontrarse con su parienta Isabel, una anciana embarazada. Es la “prisa” del amor la que conduce a María. Su intención es servir a Isabel y compartir con ella la alegría del hijo, después de vivir una esterilidad que, en Israel, era considerada un oprobio. Resulta que cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos de alegría en el seno de Isabel.
Isabel, bajo la acción del Espíritu Santo “a voz en grito”, ensalza a María con unas expresiones increíbles, le dice: “Bendita tú entre las mujeres”; esta expresión es un superlativo que, en la lengua hebrea, quiere decir: eres una gran mujer, una supermujer. También le dice: “bendito el fruto de tu vientre”, se refiere al hijo que María había de dar a luz. La reconoce como: “Madre de mi Señor”, del Señor Jesús; es una confesión de fe de la comunidad cristiana primitiva. El saludo de Isabel termina con: “Dichosa tú que has creído”; (en griego: he pisteúsasa,"la creyente)" la grandeza de María radica en su fe y su confianza en Dios. María es la creyente por excelencia. Ante estas palabras de Isabel, María prorrumpe en un canto de alabanza:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor”. Ella hace la opción de la alabanza… Su espíritu decide la alabanza. Esto significa que ella toma conciencia que el eje de su vida está en Dios, la alabanza le ayuda a centrar su vida en Dios. Nosotros estamos llamados también, a centrar nuestra vida en Dios y a vivir en la alabanza. A veces, nos creemos el centro de todo. Sin embargo, el día que decidimos alabar al Señor, expresamos que el centro de nuestra vida está en Dios y nuestra vida cambia.
“Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador porque ha mirado la humildad de su sierva”. María se alegra porque se siente mirada, amada; ella nos hace descubrir que otra alegría es posible, ella nos lleva a la Fuente de la verdadera alegría. María pone en su canto como fuente de la alegría y de la acción de gracias aquello que está al alcance de todos nosotros, aquello que todos tenemos: la vida, la relación amorosa con Dios y su acción liberadora en nosotros.
María se siente amada por Dios y percibe, como nadie, la ternura y la mirada de misericordia que Dios tiene sobre ella y sobre todo ser humano: “Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”. La vocación cristiana consiste en dejarse amar profundamente por Dios, dejarse tocar por su misericordia. Dios nos ama tal como somos, con nuestros límites, y desde nuestros límites nos hace hombres y mujeres nuevos mediante su Palabra de Vida. Únicamente desde la certeza de sentirnos amados por Dios podemos testimoniar a Jesús en el mundo que nos ha tocado vivir.
María, en su canto, da un paso más en su alabanza. Como auténtica orante, se descubre también vinculada a los hombres y mujeres de la historia. En su oración su vida se expande solidaria y fraterna hacia toda la humanidad: "El Señor despliega el poder de su brazo, dispersa a los soberbios de corazón.
Derriba del trono a los poderosos y eleva a los oprimidos; colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos" (Lc 1,51-53). María proclama no sólo lo que Dios ha hecho en su vida, sino que alza su voz para cantar la acción de Dios en la humanidad. Se descubre inmersa en la historia de pobreza y sufrimiento de los hombres y mujeres de la Tierra, descubriendo, al mismo tiempo, la fuerza creadora de Dios que transforma, por medio de Jesús, las viejas condiciones de la historia. De esta forma, la palabra más profunda y gozosa del misterio de Dios, la oración más íntima, se convierte en María en proclamación gozosa de la gran transformación social y política de la humanidad que supone la llegada del reino.
El Magnificat denuncia la mentira y la ilusión de los que se creen “señores” de la historia y árbitros de su destino, y alienta la esperanza delos que, como María, poseen un corazón lleno de amor, abierto a Dios y a los hombres, un corazón libre y liberado.
Hoy es la fiesta de la Asunción de María. En el Misterio de la Asunción de María encuentra la Iglesia la certeza de su propio destino, la culminación realizada de todas las esperanzas humanas.
Celebrar hoy que, “María fue asunta al cielo en cuerpo y alma”, es afirmar que María, en la plenitud integral de su persona ha sido transformada por la Resurrección de Jesús y, por tanto, que nuestra vida entera, está destinada a ser también transformada por la Resurrección del Señor.
En esta fiesta de María asunta al cielo, la Iglesia proclama a todos los hombres y mujeres de la tierra que la “carne” ha sido salvada. “La carne”, es decir, nuestra frágil condición humana, ya está salvada: ya se ha logrado en una mujer, en un ser humano de nuestra raza, que ha llorado y sufrido como nosotros y que, como nosotros, ha muerto. La pobre carne, odiada por unos y adorada por otros, ha sido hecha digna de estar eternamente junto a Dios y, por tanto, de ser salvada y reafirmada para siempre. Como ha dicho K. Rahner: “Y no solamente en el Hijo del Padre, “el que vino de arriba”, sino en alguien de nuestra raza que, como nosotros, era de aquí abajo”.
En esta fiesta de la Asunción de María, celebramos que nuestra corporeidad ha sido redimida. María está totalmente salvada, toda ella incluido su cuerpo. No sólo su alma, no sólo su espíritu, también su cuerpo. La manera como María miró, se relacionó, amó, sufrió, se compadeció... Todo en ella está ya eternizado en Dios. María es toda y plenamente dichosa. Hoy podríamos decir que celebramos la Fiesta de nuestros cuerpos, la Fiesta de nuestra esperanza terrestre, es decir, estamos llamados a la plenitud de seres humanos en nuestra totalidad y esta Fiesta nos enseña que el camino que María ha recorrido, estamos llamados también a recorrerlo nosotros.
Hoy, como María, podemos volvernos a Jesús Resucitado en nuestro corazón para decirle: “Tú eres mi Salvador, Tú eres el Amor fiel, ayúdanos a vivir plenamente. Que con María podamos cantarte por siempre el canto de nuestra esperanza y de nuestra alegría”.

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