“Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. (Lc. 13,
1-9).
Esta es la respuesta de Jesús a las
noticias que acaban de darle. Resulta que, se presentan ante Jesús algunos a contarles que Pilato había hecho
matar a unos galileos mientras ofrecían el sacrificio… Jesús responde: “esos galileos no eran más pecadores que los
demás… si no os convertís, todos pereceréis igualmente”…
Entonces Jesús, hace referencia a otra
desgracia, el desmoronamiento de una torre de la muralla de Jerusalén, que
había matado y sepultado a 18 hombres.... Y Jesús hace el mismo comentario: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.
Entre los judíos era muy corriente creer que
las desgracias personales, catástrofes, enfermedades, etc., eran castigos de
Dios por los pecados cometidos. Era una teoría muy favorable para las clases
pudientes que se daban el lujo de presentar su bienestar como bendición de
Dios. Jesús aprovecha dos desgraciados sucesos que acaban de acontecer para que
sus contemporáneos comprendan que tales desgracias son ajenas a la
voluntad de Dios. Estas personas no
fueron más culpables que cualquiera otras. Dios no es un justiciero y vengador.
El mal no es enviado por Dios, Dios no quiere el mal de nadie, ni “lo permite”,
como a veces decimos, Dios es sólo Amor.
“Si no
os convertís, todos pereceréis igualmente”. Estas palabras de Jesús son una
invitación urgente a la conversión. Ciertamente, si no nos “convertimos”, es
decir, si no hay un cambio en
profundidad de nuestras personas y de nuestra sociedad, “todos pereceremos”.
Hoy se aprecian síntomas de preocupación en nuestro mundo: la contaminación del
planeta, la injusticia social que excluye a la mayoría y la ambición de riqueza
que ha desencadenado la tremenda crisis económica que la sufren los más pobres.
Ha crecido también la violencia, se manifiesta en la crueldad de las guerras
actuales. Es verdad: si no nos convertimos de verdad, todos pereceremos igualmente.
“Convertirse”, en hebreo significa “cambiar de dirección”, y en griego significa
“cambiar de forma de pensar”, mirar las
cosas de otra manera, lograr una visión nueva. “Convertirnos”es ir
contracorriente, donde la “corriente” es un estilo de vida superficial,
incoherente e ilusorio, que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace prisioneros de la mediocridad
Todos necesitamos de una verdadera conversión, así podremos poner los pilares
de una sociedad nueva. Es urgente que podamos acoger hoy la llamada a la
conversión que Jesús nos hace.
Para
ilustrar esta urgencia a la conversión,
Jesús cuenta la parábola de la higuera que no da frutos: un hombre había plantado una higuera en su
viña, pero, cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró”.
Los que
escuchaban a Jesús, entendieron
bien el mensaje de la parábola: “¿Para
qué va a ocupara terreno en balde?”. ¿Para qué una higuera sin higos? ¿Para
qué una vida estéril y sin sentido? ¿Para qué una vida sin amor? Esta parábola sigue teniendo plena actualidad
para nosotros. Corremos el riesgo de vivir instalados en la cultura de la
superficialidad en la que reducimos la
vida a ganar dinero, a vivir bien, a divertirnos, pero al final nos encontramos con una vida terriblemente vacía.
Es necesario que esta parábola nos la
apliquemos a nosotros personalmente y
como Iglesia.
Una Iglesia, una comunidad, una
persona, que no da frutos de vida, no
tiene sentido, por mucha hojarasca que ostente; es decir, por mucha apariencia,
por mucha imagen, por mucho prestigio que logre... Todos podemos ser esa
higuera baldía, llena de hojas, aparentemente verde y, sin embargo,
completamente inútil.
El amo de la viña piensa “cortar” la
higuera... Pero todavía existe un
resquicio de esperanza. Hay Alguien,”el viñador” que es el mismo Jesús y que pide al amo una nueva oportunidad. Quizá la higuera, con un cuidado especial, dé frutos...
Jesús suplica por su pueblo y por cada
comunidad cristiana, por cada uno de nosotros
y se compromete con nosotros: “Señor,
déjala todavía este año, yo la cavaré y le echaré estiércol”. Siempre
espera contra toda esperanza. “A ver si
da fruto”... A pesar de la invitación urgente a convertirnos y a dar
frutos, vivimos todavía el tiempo de la paciencia y misericordia de Dios. Dios
sigue esperando. Un año y otro, y otro...,
el amor espera siempre, sin límites.
Jesús, continúa llamando a nuestra puerta incansablemente.
El Dios de Jesús en esta parábola es el
Dios de la misericordia y la paciencia, el Dios de la confianza y la espera. Un año más y otro... En nuestro caso ¿tendrá
que seguir esperando un año más? Él no se cansa nunca de esperarnos… El amor no puede ser vencido por nuestra obstinación,
por nuestro rechazo, ni por nuestras
resistencias. El tiempo y el amor
hacen posible que se realice el “designio de Dios”, que es amor. Este Dios de la misericordia se
dirige al corazón humano, que con frecuencia,
está herido y desesperanzado, lo toca, lo regenera y moviliza todos sus recursos adormecidos por
las durezas de la vida. Nuestra vida,
como la de la higuera, está sostenida por un gran amor y la confianza
que Él tiene en cada uno de nosotros.
Dios continúa creyendo en el ser
humano, esperando algo nuevo de cada uno de nosotros. Todos tenemos “nuestro
tiempo”. No sabemos cuándo acabará...,
en consecuencia, siempre es tiempo de “dar frutos de vida” mientras tengamos tiempo.
Hoy podemos
decirle: Señor, ayúdanos a volvernos a Ti. Que podamos dar frutos de
amor y de vida. Fuera de Ti, Jesús, sólo existe el vacío y la nada. Sólo en
Ti, Señor, encontramos nuestra plenitud
y una alegría que permanece siempre.

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