“Después de una gran tribulación, el sol se
hará tiniebla, la luna no dará su resplandor,
las estrellas caerán del cielo...” (Mc. 13, 24-32).
Con estas palabras simbólicas, Jesús anuncia
el proceso de liberación de la historia humana y de nuestra propia historia. “El sol se hará tiniebla, la luna no dará su
resplandor y las estrellas caerán del cielo”. Son imágenes literarias de
aquella época que expresan la caída de
los imperios opresores y el comienzo de la liberación que se hace presente en
la Resurrección del Señor. “El sol,
la luna” representan a los falsos dioses, el oscurecimiento de los
astros mayores, indican que los falsos valores que representan estos
“dioses” son inaceptables...
“Las
estrellas caerán del cielo”. Simbolizan también las fuerzas del mal y de la
muerte, es decir, de los poderes opresores que encarnan los sistemas
ideológicos y económicos, que esclavizan a los seres humanos y causan tantas
injusticias y sufrimientos... Todos caerán. Caerá este mundo viejo, dominado por la violencia y la injusticia, marcado por la desigualdad y
la pobreza. Caerá este mundo falso, que vive de fachada, instalado
en la mentira y carente de sentido. Cayó el mito de la razón, cayó el
muro de Berlín y la dogmática comunista del paraíso en la tierra, y está
cayendo el sistema capitalista neoliberal que nos prometía la libertad y la
riqueza. Las sucesivas crisis sociales, económicas y ecológicas y el permanente
deterioro se han encargado de revelar toda la falsedad que se encubría detrás
de esas “estrellas del cielo”.
“Las
estrellas caerán del cielo” una a una, es decir, el sistema de vivir y de
funcionar de este mundo, aparentemente tan seguro y estable, se hundirá como estamos
viendo en el derrumbe del sistema financiero. Estas imágenes pueden
interpretarse también en sentido personal, hay hombres y mujeres para los que
el sol se oscurece y para los que desaparecen las estrellas del horizonte de su
vida. En los baches depresivos, en los
momentos bajos, en las frustraciones de
la vida, muchos sienten que no hay en su corazón ningún sol que ilumine su
oscuridad; para muchos, hoy todo se ha derrumbado, allí donde habían puesto su
esperanza se ha venido abajo, lo que una vez les causó alegría, hoy resulta
motivo de tristeza. Y es ahí, en esa situación, es donde puede brillar la esperanza, llega el
Hijo del Hombre iluminando nuestra
oscuridad con su luz y disipando
nuestros miedos.
“Entonces
verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. Aquí, se anuncia el gran triunfo del Hijo
del Hombre, el triunfo del Hombre que es Jesús el resucitado, es decir, la
plenitud del humana... Su gran fuerza de
Vida se opone a la fuerza de la muerte que se tambalea; su gloria se opone a la
de los opresores que declinan. Esta
venida del Hijo del Hombre es un mensaje de esperanza. Garantiza que la
victoria de Jesús Resucitado es segura a pesar de todas las desgracias. No se
trata del final del mundo natural, sino, más bien, del final de un mundo injusto. No es el
temor, sino la esperanza lo que hace brotar en nosotros el Evangelio de hoy: a
pesar de la situación actual de este mundo globalizado que excluye a los más
pobres, a pesar de tantos sufrimientos sociales y personales que oscurecen el
sentido de la vida humana, el Evangelio de este Domingo nos recuerda que es posible la esperanza: “Verán venir al Hijo del Hombre”. Jesús
siempre es Buena Noticia.
El Evangelio de hoy es una llamada a recuperar
la esperanza y la ilusión que llena de sentido
y gozo nuestra vida. Así que podemos vivir con gozosa confianza.
“Aprender
lo que os enseña la higuera”. Con
esta parábola se hace referencia a la primavera que es el tiempo de la
abundancia y de la alegría, el tiempo en que se recoge la cosecha, el tiempo de
los frutos.. Es como si nos dijera los
frutos de la vida están cerca, como los de la higuera.
“Sabed
que ya está cerca, está a la puerta”.
Jesús quiere hacer comprender a
sus discípulos y a todos nosotros que en las situaciones difíciles que
atravesamos, El está siempre cerca. Por su Resurrección Cristo está presente en
el tiempo y en la historia. Su presencia ha irrumpido entre nosotros para
siempre: “sabed, que ya está cerca, está
a la puerta”.
Los cristianos a partir de las palabras
del Señor nos atrevemos a ver el presente como un germen de una vida que
alcanzará su plenitud final sólo en Dios. ¿En qué van a terminar los esfuerzos,
las luchas y las aspiraciones de tantas personas y pueblos? ¿Cuál es el final
que espera a la historia, dolorosa pero apasionante de la Humanidad? ¿Qué
sentido tiene nuestra vida? Nosotros no creemos que nuestra vida viene de la
nada y termina en la nada. Nosotros creemos que el final de todo no es la nada
sino el amor y la vida. Nuestro secreto está en el Señor Resucitado que ha
vencido la muerte y está siempre cerca
de cada uno de nosotros y que nos acompaña
todos los días de nuestra vida. El mensaje del Evangelio de este domingo
está cargado de esperanza y tiene una incidencia en nuestra vida. El hombre no
es “una pasión inútil” (Sartre), tampoco un ser “destinado a la muerte”
(Heidegger) y mucho menos “alguien que termina en la nada” (Nietzsche), sino un
hijo/a del Padre, destinado a una vida plena y
llena de sentido.
“El
día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre”.
Estas palabras finales son una invitación a vivir nuestra vida con lucidez
y con discernimiento. Frente a lo que acontece en nuestro mundo y en nuestra
sociedad, no podemos ni dormirnos ni desentendernos. Necesitamos vivir alerta.
Solo así podremos descubrir y vivir su Presencia en lo cotidiano de nuestra
vida. A veces, corremos el riesgo de perdemos lo único esencial. Pero El viene
siempre a nosotros y llena de sentido y de gozo nuestra vida.
Por eso, es posible vivir en la confianza: pase lo que pase,
estamos en manos de Dios, que es Amor. Podemos decirle: En tus manos, Señor,
hemos puesto nuestras esperanzas, aunque las estrellas caigan, tu Presencia
permanece y alumbra nuestros pasos.
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