jueves, 16 de agosto de 2012

Domingo XX del TO


   “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.  (Jn.6, 51-59).

 Son expresiones fuertes  que impactan no solamente por su novedad, sino también por su realismo. Pero Jesús insiste una y otra vez en estas afirmaciones como si temiera una interpretación alegórica de sus palabras:

 “Os aseguro, si no coméis la carne del Hijo del  Hombre y no bebéis su sangre,  no tendréis vida en vosotros”.

          ¿Qué sentido hay que dar a estas  expresiones: “coméis la carne, bebéis la sangre”? Nadie duda de que, al ser empleadas por Jesús, significan algo muy fuerte. Evocan la comunión más profunda y más íntima con Él. No solamente una comunión de tipo intelectual, como la que puede existir entre un discípulo y el pensamiento de su  maestro, sino una comunión vital. Expresan la participación en una misma vida y precisamente, en esa vida que se da como alimento.

     Dice el texto que los judíos disputaban entre sí: “¿cómo puede este darnos a comer su carne? Las palabras de Jesús no provocan ahora una crítica, sino una pelea entre los mismos judíos. No entienden su lenguaje; la mención de su carne los ha desorientado y, a la vez, les ha quitado la seguridad. Mientras que Jesús se mantuvo en la metáfora del pan, creían comprender; podían aún interpretar que se trataba de un maestro de sabiduría enviado por Dios. Pero Jesús  ha precisado bien,  que ese Pan, es su misma realidad humana, su persona no una doctrina. Ellos no entienden qué puede significar “comer su carne”.  Buscan una explicación, pero no la encuentran.

     ¿Qué significa “comer su Carne”? “Comer su carne” equivale a  asimilarse a Jesús; es así como  poseemos  la  Vida definitiva y caminamos hacia la verdadera alegría. “Comer su carne” es entregar nuestra vida contagiando esperanza y amistad que llenen de belleza nuestro mundo.

    Desde entonces, “comer su carne y beber su sangre”, es acoger en la fe esta vida ofrecida, bajo el signo de la carne entregada y de la sangre derramada; es decir, bajo el signo del amor que se entrega. Es abrirse al impulso de esta vida que no se guarda para sí y que, en la muerte,  se hace poder de resurrección.

     “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”. 

     El  verbo “habitar”, (traducción del verbo griego meno), indica una permanencia constante y estable. Es como si les dijera: “Estaréis en mí y yo en vosotros, con una Presencia inmensamente real pero íntima y misteriosa”. Quien cree en Jesús y vive en comunión de fe y amor con El, se ve introducido en el horizonte de una amistad profunda con El. Este misterio de amor y de comunión se actualiza y experimenta de formar excepcional en la “Cena del Señor”. En la Eucaristía no sólo expresamos nuestra fe en Jesús, el  Pan  que ha bajado del cielo y dado la vida al mundo, sino que en ella encontramos el alimento para nuestro camino.

      En el fondo de este discurso de Jesús hay una invitación a creer y, al mismo tiempo, a comulgar con el poder de Vida que emana de la persona de Jesús,  a través de su muerte y resurrección.  Este discurso de Jesús es un mensaje pascual. Jesús urge a sus oyentes y a cada uno de nosotros, a creer en El, a darle nuestra confianza  a El que se ha entregado a sí mismo, atravesando la muerte para que todo ser humano viva. Todo el Evangelio es una llamada insistente a vivir y a vivir en plenitud.

        Pocos hombres y mujeres viven de verdad, plenamente. La mayor parte no se atreven. Todos, sin embargo, llevamos dentro de nosotros mismos el fuego de la vida. Todos sentimos bullir en nosotros, en determinados momentos, el deseo ardiente de vida. Pero algunos, sin embargo, se contentan con pequeños deseos y pequeños placeres y se construyen una vida un poco apagada y superficial.  ¡Cuántos seres humanos se secan y mueren en la soledad a falta de poder vivir en una verdadera comunión con la plenitud de la Vida! Lo que Jesús viene a ofrecernos es  un camino de amor, de vida y de alegría para todos.

       Estas palabras del  Evangelio de hoy son una  invitación fuerte a  la  Vida: ¿Estamos abiertos hoy a escuchar en nuestro corazón esta llamada a elegir la Vida y aquello que alimenta nuestro corazón? Sólo la apertura al Misterio de Dios, que es Amor puede saciar la sed de vida y de felicidad que llevamos en el corazón. Sólo Él da sentido a nuestra fragilidad humana, a nuestros sufrimientos y a nuestra propia muerte.

          Para  lograr avanzar en este camino de vida necesitamos comer de ese Pan, necesitamos comer “la carne y beber la sangre”, es decir, necesitamos  alimentarnos y  asimilarnos  a Jesús   que  se   ofrece y se   entrega como Amor y  como Vida. La Vida eterna, la vida de Dios, la vida plena que nos llena de gozo, llega hasta nosotros a través del Hijo, Jesús Resucitado, a través de su carne que se hace Pan para nosotros.  La Eucaristía nos pone en contacto con la Vida eterna, que nos permite vencer la muerte y la infelicidad.

        Que hoy podamos decirle: “Señor, en tu Eucaristía  está presente todo el deseo de comunión que Tú vives con nosotros. Que nosotros podamos aceptar tu amor y que comprendamos que sólo Tú eres Pan de Vida”.

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