"Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo....” (Jn. 2,13-25).
El Evangelio de hoy se hace eco de un gesto audaz y provocativo de Jesús en el templo de Jerusalén. Podemos imaginar la conmoción, el griterío, el alboroto producido por los animales, el sonido del dinero rodando por el suelo y los cambistas y los propietarios gritando furiosos.
Este gesto de Jesús, en el templo, es una verdadera provocación. Jesús, con este gesto profético desbarata todo el montaje religioso de su época y toda la manipulación de Dios. Es un gesto profundamente liberador. Jesús no tolera que se profane el templo, ni que se manipule a Dios. El Templo era una institución incontestable para todos los judíos. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y política. El templo era intocable.
Jesús dice: “No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado”. Jesús se enfrenta también al sistema bancario, a los cambistas que ofrecían a los peregrinos que llegaban a Jerusalén la oportunidad de cambiar las monedas para poder pagar el tributo en moneda legítima, una moneda que el Templo mismo acuñaba, (ya que el Templo no admitía monedas que llevasen la efigie de reyes paganos), así que este gesto de Jesús denuncia también el abuso del tributo del templo que era otro medio de explotación del pueblo. ¿No es esta sed de dinero lo que anida en el corazón de tantas injusticias en nuestro mundo?. Hoy estamos sumergidos en una cultura del dinero. En lugar de emplearlo para ayudar a las personas a crecer y a vivir, el dinero se ha convertido en un fin en sí mismo. La amenaza del mundo actual, con su economía globalizada no es tan solo el capitalismo desenfrenado sino la imparable comercialización.
Esta actuación de Jesús en el Templo de Jerusalén nos lleva a cuestionarnos a los que queremos seguirle: ¿Son nuestras iglesias lugares donde nos encontramos con el Padre de todos o lugares donde tratamos de poner a Dios al servicio de nuestros intereses? ¿Nuestras Eucaristías dominicales son una escucha sincera de la Palabra de Dios y una celebración de nuestra fraternidad o la búsqueda egocéntrica de nosotros mismos?
El Jesús que se nos revela en este texto no es un Jesús violento, sino serenamente fuerte para devolver al ser humano su libertad: El, Jesús, viene a liberarnos de toda opresión, también de la opresión que se hace en nombre de Dios y a ofrecernos un camino de libertad y de vida. Un camino de profunda liberación para toda la familia humana.
¿"Qué signos muestras para obrar así? Jesús contestó: “destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. La reacción de las autoridades del templo es la de pedirle cuentas a Jesús: Con Jesús el templo ha caducado, Jesús es el verdadero Templo de Dios, en el que el Amor del Padre, se hace presente para todo el mundo. "El hablaba del templo de su cuerpo". Jesús viene a decirnos: El verdadero templo de Dios soy yo. La presencia de Dios entre los hombres soy yo. Se que me vais a destruir, que romperéis mi cuerpo, pero yo lo reconstruiré en tres días. Y Jesús, solidario con todo ser humano convierte a todos los seres humanos en templos vivos de Dios, lugares de su Presencia; todo ser humano es templo del Dios vivo.
Hoy sabemos que Dios sigue siendo profanado en sus templos vivos. Hay personas, instituciones y estructuras que profanan los templos de Dios. Hay templos de Dios profanados por las leyes injustas, por el terrorismo y las guerras, por actos de opresión y por la crueldad. ¡Cuántas profanaciones de los templos de Dios en los países empobrecidos!. ¡Cuántas profanaciones de Dios en tantos marginados como produce esta sociedad del bienestar en la que nosotros vivimos!. Todo ser humano es un templo vivo de Dios. Cristo esta unido a todo ser humano sin excepción.
Los seres humanos somos verdaderos templos de Dios. Etty Hillesum, una joven holandesa que acabo siendo gaseada por los nazis escribió en el campo de concentración que su único deseo era ayudar a las gentes a descubrir que cada uno era casa de Dios: “Y te prometo, si, te lo prometo, Dios mío, que te buscaré un alojamiento y un techo en el mayor número de casas posibles... hay tantas casas desabitadas y te introduzco en ellas como el huésped más importante que puedan recibir”.
Hoy muchos de nosotros no somos conscientes de que somos habitados por una Presencia en nuestro interior. Hay un lugar en cada uno de nosotros donde podemos percibir el misterio de una Presencia. Un lugar que puede ser también profanado y convertido en una especie de mercado invadido por necesidades superficiales y toda clase de trivialidades. También podemos nosotros profanar los cuerpos de los otros dejando de verlos como morada de Dios y mirándolos más bien como objetos de deseos y fantasía.
Con este gesto, Jesús aparece como un innovador radical de toda religión. Jesús no ha venido a crear una religión, sino a abrir un camino de amor y de comunión para todo ser humano. Jesús proclama que Él es el nuevo Templo de Dios y que la Gloria de Dios habita en nosotros.
Hoy, nos volvemos a El para decirle: Señor Jesús, hoy te contemplamos lleno de pasión, expulsando a los mercaderes del Templo, concédenos descubrir que Tú eres el único Templo y que todos los seres humanos son lugares de tu Presencia.

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