Ellos no hacen lo que dicen. Esta frase la aplica Jesús a los letrados y fariseos que se han sentado en la cátedra de Moisés. Una acepción de la palabra “fariseo” es la de hipócrita y se aplica a una persona que dice una cosa y hace otra. El fariseo, el hipócrita, es, además, mentiroso, porque dice las cosas con intención de engañar, para que los demás crean que es lo que no es. Realmente, aún hoy día, entre nosotros llamar a una persona fariseo es llamarle hipócrita y mentiroso. Dejando a un lado a los fariseos del tiempo de Jesús, la pregunta que debemos hacernos hoy día nosotros, los que nos llamamos seguidores de Cristo, cristianos, es esta: ¿tienen motivos suficientes los no cristianos para llamarnos a los cristianos fariseos e hipócritas? ¿Tienen razón los que afirman que la Iglesia de Cristo, también en sus más altas jerarquías, es una Iglesia farisea? Me imagino que las respuestas serán variadas y dispares, pero es, sin duda, muy importante que los que formamos la Iglesia de Cristo nos esforcemos para que nadie pueda acusarnos de disonancia y contradicción entre los que decimos y lo que hacemos. Que podemos estar equivocados, vale, pero que no somos fariseos o hipócritas, porque ni tenemos intención de engañar, ni hacemos lo contrario de lo que decimos. Yo creo que es bueno que todos los cristianos nos hagamos más de una vez esta pregunta: ¿en las manifestaciones externas de mi vida cristiana, soy fariseo e hipócrita? ¿Soy consecuente entre lo que digo creer y lo que realmente hago?
El primero entre vosotros será vuestro servidor. Jesús sigue insistiendo en la actitud que deben tener sus seguidores frente a las actitudes que adoptan en sus manifestaciones externas los letrados y los fariseos. Estos –dice- todo lo hacen para lucirse ante la gente, para que la gente les llame “maestros” y les hagan reverencias por la calle. Jesús les dice a sus discípulos que no imiten a los fariseos, sino que, más bien, hagan lo contrario de lo que ellos hacen: que no se dejen llamar maestros, ni padres, ni jefes, que el que quiera ser primero, se esfuerce por ser el primero en servir. Así quiere Jesús que la gente vea a sus discípulos. Una vez más, la pregunta: ¿la gente nos ve así? ¿Nosotros somos realmente así, somos los primeros en servir? No estaría mal que nosotros, los cristianos, la Iglesia de Cristo, nos hiciéramos, de vez en cuando, este test, para saber si estamos siendo fieles al mandamiento y a los consejos evangélicos que Jesús nos dio en su evangelio.
Ahora os toca a vosotros, sacerdotes. Ahora el que habla es Dios a través de su profeta Malaquías. Es el último de los profetas menores que aparece en la Biblia y su texto tiene poco más de dos páginas. Es un texto dirigido a los sacerdotes, a quienes acusa de no buscar la gloria de Dios, sino su propia gloria, aplicando la ley con absoluta parcialidad, no con justicia y equidad. Todos, dice el profeta, tenemos un solo Padre y debemos portarnos todos, unos con otros, como hermanos. El texto nos sirve de reflexión a los sacerdotes en primer lugar y, extensivamente, a todos, en nuestras relaciones con los demás. El mandamiento de Jesús de amarnos mutuamente es un mandamiento universal.
Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros… hasta nuestras propias personas. Realmente son emotivas y maravillosas estas frases que San Pablo dirige a los tesalonicenses. Igualmente, pensamos nosotros, sería maravilloso que las relaciones mutuas entre catequistas y catequizandos, en general, estuvieran siempre presididas por un amor sincero y generoso. Cuando es el amor el que sostiene y dirige la educación y las relaciones personales, en general, los frutos de la educación son abundantes. El mayor enemigo de la educación y de todas las relaciones personales suelen ser el egoísmo, la indiferencia y, en general, la falta de comprensión y amor mutuo.
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