martes, 20 de septiembre de 2011

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario


 Un hombre tenía dos hijos” (Mt. 21, 28-32).

     Jesús propone esta parábola a los sacerdotes y senadores a quienes retrata con toda fidelidad: Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Le contestó: “no quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y dijo lo mismo: él contestó: “voy, señor” pero no fue.
     La respuesta del primero de los hijos es una negativa tajante: “No quiero pero después se arrepintió y fue”. Pero, a continuación, reflexiona, se arrepiente, rectifica y se marcha a trabajar a la viña. O sea, que tuvo muy malas palabras pero un buen comportamiento.

     La respuesta del segundo de los hijos fue: “Voy, señor. Pero no fue”.  Todo quedó en palabras porque el hecho real es que no fue...

     Es decir, va a la viña el que había dicho  que no quería ir, mientras que el que había dicho que iría en seguida, al final no va:  Los sacerdotes y senadores son el hijo aquél que siempre decía sí a su padre pero que nunca hacía lo que su padre le encargaba; mantienen la apariencia de ser fieles a Dios, pero han descuidado el trabajo de la viña.

      Los publicanos y las prostitutas, tienen conciencia clara de que su modo de vivir no es el mejor y viven esclavizados, con un peso que no les permite reivindicar su dignidad y sienten la necesidad de salir de aquella situación.

       Esta parábola, destinada a los sumos sacerdotes y a los ancianos, es también para nosotros: es la contradicción entre nuestras  palabras y  nuestra vida: ¿No nos sentimos reflejados también nosotros en esta parábola? ¿No hay también contradicciones entre lo que decimos y lo que hacemos realmente hoy? ¿No hay contradicción entre nuestras aspiraciones y lo que de hecho  vivimos?

     Ciertamente, con esta parábola Jesús da una respuesta a quienes le acusaban de acoger a los pecadores y marginados. Jesús responde a tal objeción proponiendo a sus oyentes que vean las cosas desde otra perspectiva. Es como si les dijera: lo que importa no son las apariencias externas sino la actitud interior, lo que importa no son las palabras sino los hechos...
     Esta parábola nos cuestiona: lo que se opone a la verdadera fe no es la increencia sino la falta del testimonio de nuestra  vida. ¿Qué importa el credo que pronuncien nuestros labios, si falta luego en nuestra vida un mínimo esfuerzo en el seguimiento sincero de Jesús? ¿Qué importa (nos dice Jesús en la parábola) que un hijo diga a su padre que va a trabajar en la viña si luego no lo hace? Las palabras, por muy hermosas que sean, no dejan de ser palabras. A veces, ¿no hemos reducido nuestra fe a palabras, a creencias, a ideologías o a fenómenos sensibles? ¿No olvidamos, con frecuencia, cuál es el “designio” del Padre? La verdadera fe, hoy y siempre,  la viven aquellos hombres y mujeres que tratan de traducir en hechos el Evangelio: la adhesión a Jesús testimoniada con la vida.  San Agustín decía: “Ama y dilo con tu vida”.


      Una de las cosas que más deteriora la vida de nuestra sociedad es que la palabra pierda fiabilidad. Esto es muy frecuente en nuestra cultura actual: creemos poco en la publicidad, en los programas de los políticos, en la solidaridad de los empresarios o en las expresiones de fe de muchos cristianos. La palabra se ha deteriorado, se ha devaluado. Necesitamos el lenguaje de los hechos.

     En esta parábola de los dos hijos lo importante no son las palabras que pronuncian los dos protagonistas del relato,  sino su conducta real. La fe no es algo que se posee, no es un conjunto de creencias sino un proceso interior que se vive y se traduce en actos. Más importante que confesarnos cristianos es esforzarnos por llegar a serlo poco a poco, humildemente. Esta parábola nos obliga a revisar nuestra manera de vivir nuestra fe cristiana: lo importante es hacer la voluntad del Padre: según Jesús,  lo único que Dios quiere es que sus hijos y sus hijas vivamos  desde ahora una vida digna y dichosa.
 
     Jesús añade con crudeza: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”. Los publicanos eran los que cobraban los impuestos para los romanos, eran considerados “impuros”. Nadie quería trato con ellos y todos los despreciaban. Las prostitutas, como en todos sitios, eran consideradas lo más bajo de la sociedad por poner en venta su cuerpo, tal vez, por necesidad. Ellos y ellas, aunque fueran judíos, no eran considerados miembros del Pueblo de Dios y eran rechazados por todos. Y resulta que Jesús les dice que los publicanos y las prostitutas que inicialmente dijeron que no a Dios, son los que ahora han acogido esta invitación a la conversión y los que han cumplido la voluntad del Padre. Hoy, entre nosotros, pasa lo mismo: ¿Quién sospecha realmente que muchos aparentemente lejos y excluidos de nuestra sociedad puedan ser los primeros en el Reino?

     Tal vez, hoy sería bueno preguntarnos: ¿Cómo realizamos nosotros el “designio del Padre?” Nuestro “sí” a Dios, ¿es de palabras o con obras?.

      Dios conoce nuestro corazón. Sabe que quien lo rechaza no ha conocido su verdadero rostro, por eso, no cesa de llamar continuamente a la puerta de nuestro corazón. Sí, Dios nos ama y espera que volvamos a El, que abramos nuestro corazón a su amor. Solo abriéndonos a El, respondiendo positivamente a su llamada interior es posible encontrar la felicidad y la paz del corazón. 

        Que hoy podamos decirle: Señor, que no haya tanta distancia entre lo que digo con mis palabras y lo que vivo en mi vida de cada día. Ayúdame a ser coherente con el deseo profundo de Vida que clama en mí.  

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