“El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con sus cruz y que me siga”. (Mt. 16, 21-27). Jesús hace esta afirmación importante. Los tres verbos: “negarse a sí mismo”, “cargar con la cruz” y “seguir”, pretenden explicar en qué consiste ser discípulo. “El negarse a sí mismo”, denota algo radical: renunciar a vivir para sí mismo, de manera egocéntrica, y a no tener miedo a arriesgar todo por El. “Tomar la cruz” es una expresión que utilizaron los primeros cristianos para expresar su unión con Jesús en su muerte y resurrección. En este contexto es el símbolo del sufrimiento que puede conllevar el seguimiento de la Causa de Jesús. El verbo “seguir” hace referencia al seguimiento del propio Jesús. Naturalmente, no es un seguimiento exterior, sino es una adhesión interior a El.
En el episodio del Evangelio de hoy, Jesús da un paso adelante en su manifestación a los discípulos, y les muestra, con claridad, que su camino pasa por el sufrimiento. El texto dice que “desde entonces Jesús empezó a hablar de su pasión abiertamente”. Entonces la reacción de Pedro es decirle a Jesús: “No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte”. Jesús responde con dureza a Pedro con estas palabras: “quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar...”
La respuesta que Jesús le da no parece de rechazo, sino más bien, una invitación. Literalmente, Jesús le dice: “ponte detrás de mí”. (Eso es lo que significa el término griego que emplea Mateo); es decir, vuelve a ocupar el puesto de discípulo, sígueme y camina por la senda que mis pasos van marcando. Pedro ha tenido la osadía de ponerse al frente de Jesús para obstaculizar su camino, porque la cruz le resulta escandalosa, y Jesús quiere hacerle ver que el lugar del discípulo es ir detrás de El. Pedro representa aquí a los discípulos de todos los tiempos, Pedro nos representa a nosotros que, a veces, no comprendemos a Jesús y que necesitamos de nuevo situarnos en una actitud de seguimiento, poniéndonos detrás de Jesús, haciendo de El, el centro de nuestra vida.
Termina el texto presentando aquello que puede motivar esta entrega radical a Jesús: “¿De qué le sirve a un hombre, ganar el mundo entero, si malogra su vida?”. Ciertamente la sociedad actual lo tiene todo pero le falta lo esencial: es la tensión en que se vive, la ansiedad, el aburrimiento o el estrés lo que conduce a no pocos a una vida vacía y sin sentido. El vacío existencial es a juicio de muchos sociólogos y antropólogos la neurosis mas grave del hombre contemporáneo que se siente privado del sentido de su vida.
La “cultura de la satisfacción” no es sino cultura de los insatisfechos. Vuelven de vacaciones, seguramente, con menos “vida”. “¿De qué le sirve a un hombre ganar todo el mundo si malogra su vida?” ¿de qué nos vale ganar el mundo entero, si no logramos realizarnos como personas? ¿Para qué nos sirven ambicionar riquezas y reconocimientos si olvidamos a los demás y no encontramos sentido a nuestra vida? ¿Qué es lo que nos importa realmente en nuestra vida? ¿Qué la llena de sentido?
Pocos aspectos del Evangelio han sido tan distorsionados y desfigurados como la llamada de Jesús a “tomar la cruz”. Si queremos seguir a Jesús con fidelidad, no podemos olvidar que en El, no encontramos ese sufrimiento que tantas veces nos acompaña, generado por nuestro propio pecado, nuestra superficialidad o nuestra manera desajustada de vivir: Jesús no conoció los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, la competitividad, la comparación con los otros, los vacíos afectivos, que se manifiestan en necesidades exageradas de afecto... hay, por tanto, en nuestra vida sufrimientos que necesitamos gestionar bien si queremos seguir a Jesús. Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento, ni para El, ni para los demás como si sufrimiento fuera algo grato a Dios.
La cruz a la que Jesús se refiere es el sufrimiento que nace de mantenerse en el camino de la fidelidad al Padre. Jesús asume ese sufrimiento en una actitud de fidelidad al Padre y de servicio total al Reino.
La cruz es la certeza de un Amor que permanece para siempre, la única Verdad que necesitamos creer, la única memoria que tenemos que guardar: en la Cruz podemos dar sentido a cualquier situación de nuestra vida por muy difícil que nos resulte. En la Cruz se nos revela, de manera impresionante, un gran Amor.
Alguien ha señalado que uno de los rasgos más característicos de nuestra sociedad occidental, es la incapacidad para el sufrimiento y la renuncia. Nuestra civilización del confort y la comodidad, no quieren ni oír hablar de ello. Pero, ¿qué pensar de una sociedad que evita, esconde y rechaza determinadas formas del sufrimiento?, ¿qué decir de una sociedad incapaz de la más mínima renuncia, contemplando a millones de seres humanos que carecen de lo más básico para vivir? ¿No estaremos malogrando nuestra vida?
Las palabras de Jesús escuchadas en el Evangelio de hoy, pueden cobrar de nuevo toda su actualidad: “el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”. Es como si Jesús nos dijera: al que se venga conmigo, voy a llevarle a la ganancia por el extraño camino de la pérdida. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de confiarme su vida, como yo la confío a Aquel de quien la recibo.
Que hoy, podamos renovar la actitud del discípulo: ponernos detrás de Jesús y hacer de El, el centro de nuestra vida. Que podamos reconocerle como Maestro, como Señor y que podamos decirle: Señor, tú que dijiste: el que pierda su vida por mí, la encontrará. Que podamos entregarte toda nuestra vida.
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