miércoles, 18 de mayo de 2011

V Domingo de Pascua

   "No perdáis la calma, creed en Dios, creed también en mí".  (Jn 14, 1 – 12).

Es reconfortante escuchar estas palabras del Evangelio de hoy. Estas palabras son  dichas por Jesús en la última Cena, en el momento de su despedida: Los discípulos sienten inquietos, intranquilos... Esta intranquilidad es debida al anuncio que Jesús les ha  hecho de su muerte... Los discípulos están nerviosos y no saben como va a acabar todo aquello. Jesús los ve hundidos y les invita a la serenidad y a la confianza.
Jesús les dice: "No perdáis la calma, creed en Dios, creed también en mí" no se trata de buenas palabras y de eso que solemos decir todos: "No te preocupes, tranquilo, no pasa nada...”. Jesús quiere decir algo más profundo.  ¿Qué quiere decir Jesús? Estas palabras de Jesús son la expresión de una confianza radical  en el amor de Dios, que es más fuerte que todos los poderes de este mundo que amenazan nuestra vida. Jesús invita a los suyos y a todos nosotros a no perder la calma, a superar la inquietud, a no dejar que nuestro corazón se perturbe y a disipar nuestros miedos que nos paralizan y a permanecer en la confianza. El único remedio válido contra la angustia es la confianza. Jesús reclama la plena confianza de los discípulos no sólo en Dios, sino también en su persona.
Nosotros también estamos, a veces, demasiado nerviosos, (como aquellos discípulos)... el estrés, la angustia, la ansiedad, la sensación de no llegar...  Parece que  estamos perdiendo la calma y muchas cosas más, nos sentimos nerviosos, vivimos  desfondados, sin base y sin un apoyo sólido sobre el que asentar nuestras vidas;  estamos, a veces, a disgusto con nosotros mismos,  nos vemos irremisiblemente enrolados  en un plan de vida que no nos satisface y del que no sabemos cómo salir.
 Vivimos en un mundo roto por profundas divisiones sociales y personales. En nuestras sociedades desarrolladas aumentan el estrés, la depresión, las rupturas afectivas y se diluye la falta de sentido. Vivimos una crisis de sentido... Y la pregunta que brota desoladora es: ¿Vale la pena ilusionarse con las personas o los proyectos que llevamos entre manos? Son muchos los que viven enfrascados en  sentidos parciales de la vida. Necesitamos descubrir un sentido global a nuestra vida. Ese sentido está en la confianza en Dios que es la meta final de todo. Dios llena de sentido pleno nuestra vida humana. Dios es una realidad de primera necesidad.
Jesús les dice: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias y me voy a prepararos  sitio”, como si les dijera: la muerte no va a destruir nuestros lazos de amor y de amistad entre nosotros. Un día estaremos de nuevo todos juntos. Entonces, ¿qué se puede temer? Sí, cuando nos hacemos conscientes de que tenemos un lugar en la Casa del Padre, es decir, de que somos amados, es posible vivir en la confianza y encontrar así la paz y la verdadera calma que todos necesitamos para vivir. Jesús responde a nuestra inquietud asegurándonos que hay un lugar también para nosotros allí donde está Él, un lugar en su corazón. Un lugar preparado para quien, a pesar de la inquietud, persevera con Él en medio de las dificultades.
A continuación, Jesús provoca una pregunta cuando dice: “Y adonde yo voy ya sabéis el camino”. Por eso, Tomás reacciona desconcertado y pregunta a Jesús: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?”. Tenía razón Tomás cuando decía: "No sabemos el camino". Tampoco nosotros, a veces, sabemos el camino. Estamos también bastante desorientados, tenemos la impresión de estar en un callejón sin salida.
La respuesta de Jesús a Tomás es una afirmación insólita: “Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida ". No se conoce, en las religiones, una afirmación tan atrevida. Jesús da respuesta a las preguntas radicales que nos hacemos. Él es la respuesta a las aspiraciones más profundas que llevamos en nuestro corazón. Está diciendo a sus discípulos y a todos nosotros, que la única seguridad, la única solidez y  la única luz para avanzar está en confiarnos a Él y en seguirle a Él. Sí, en Jesús Resucitado, se encuentran todas las orientaciones que el ser humano necesita para vivir plenamente. Jesús se presenta como el camino que podemos recorrer para entrar en el Misterio de un Dios Padre. Es también el que nos comunica la Vida plena que anhela nuestro corazón. Jesús es también la Verdad y la verdad es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona, de Alguien del que siempre podemos fiarnos.
Los discípulos no comprende aún quién es Jesús. Lo único que quieren es ver realmente al Padre. Por eso, Felipe dice: “Muéstranos al Padre y nos basta”. La respuesta de Jesús no puede ser más convincente: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”:
Jesús nos desvela el rostro del Padre. Jesús es el rostro del amor y de la ternura del Padre vuelto hacia nosotros. La vida de Jesús: su bondad, su misericordia, su libertad, su perdón, su amor a los más necesitados, hacen visible al Padre. Su vida nos revela que en lo más hondo de la realidad hay un misterio último de bondad y de amor. No es la nada la última realidad, es el Misterio de un amor que sostiene nuestra vida. A ese Misterio, Jesús lo llama Padre.
        Hoy, dirigiendo nuestra mirada a Jesús Resucitado, podemos decirle: “Señor, con frecuencia, andamos inquietos por nuestras preocupaciones personales y por todo el mal que hay en el mundo, concédenos recuperar la calma interior que viene de Ti, de tu Presencia en lo íntimo de nuestro corazón.

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