jueves, 24 de marzo de 2011

Tercer Domingo de Cuaresma


Si conocieras el Don de Dios y quién es el que te pide de beber... (Jn. 4, 5-42).

 Si conocieras Quién es el que te pide de beber, si conocieras Quién el que te sale al encuentro, si conocieras Quién es el que te habla y pide entrar en relación contigo.
¡Si conocieras! No conocemos. A veces, creemos que conocemos, pero no somos conscientes de nuestra ignorancia.
  El Evangelio dice: Jesús cansado del camino, cansado del camino significa que en Él Dios penetra totalmente dentro de la condición humana. Jesús, cansado del camino, está sentado en el brocal del pozo. El texto dice que: “ Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo”. Jesús está cansado. Es un signo de debilidad, de incapacidad, de finitud. 
Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice “Dame de beber”.
 Cuando Jesús le pide a la samaritana de beber no sólo está tomando la iniciativa de la relación sino que se “abaja”, ocupa el lugar más inferior y lo expresa con una petición, en este caso el agua para beber. Pero esta sed no es sólo de agua, sino también de acogida, de bienvenida, de consuelo...
   “¿Cómo tú siendo judío?”   La mujer se extraña de que un judío se dirija a ella, se ha dado cuenta enseguida que se encuentra ante un judío. Lo ha reconocido por el acento o por la forma de vestir… Jesús elimina las barreras y se presenta simplemente como un hombre necesitado como todos   
    Jesús le dice: Si conocieras el Don de Dios”. Si nosotros conociéramos el Don de Dios...  Jesús  revela a aquella mujer que el verdadero pozo para apagar la sed no es el pozo de Jacob, sino su propio corazón...  Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo”... Parece que la mujer quiere escaparse de la relación. Parece que ese es su sistema de defensa. Por eso,  pone esa excusa;  pero mientras no nos dejemos entrar en relación con Dios, no podemos vivir. Dios quiere entrar en relación con todos y con cada uno de nosotros y necesitamos dejarle entrar en nosotros.  El ser humano está hecho para  entrar en relación, una relación basada en el amor; esa relación es la que nos hace vivir plenamente. A continuación, Jesús añade: “El que bebe de este agua, vuelve a tener sed…”
Podemos decir que el ser humano es un animal sediento. Y que no encuentra un agua que  pueda apagar tanta sed. Todos los hombres y mujeres  tienen sed, una sed inmensa que nadie puede saciar...
      Todos llevamos un gran deseo. Somos seres llenos de deseos. Buscamos siempre la manera de satisfacer el deseo. Nuestro deseo no tiene cura. Este es el problema y es también la grandeza del ser humano, que no se sacia con nada. Se apaga la sed por unos instantes, pero vuelve enseguida a aparecer otra vez. En el fondo lo que tenemos es sed de Infinito... nada ni nadie puede llenarnos del  todo.
El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Al decir a la mujer de Samaria que en ella el agua se convertiría en “Fuente que salta hasta la Vida eterna” Jesús revela que en ella hay un pozo, una Fuente, una Fuente inagotable. Nosotros no sabemos que llevamos una Fuente en nuestro interior; es una Fuente de amor y de ternura, es una Fuente de Vida...  Jesús revela a la samaritana el misterio que está en ella: que es capaz de amar, que puede convertirse en pozo, en Fuente de Vida para otros.  
  La mujer no comprende bien con la cabeza, pero su corazón comienza a entrever algo nuevo. Y entonces le dice a Jesús: “Dame de esa agua”. En esta petición, aparece un profundo deseo de Vida. La palabra de Jesús ha tocado un punto sensible de esta mujer. El anhelo, quizá oculto, bajo una pesada losa, permanece vivo, a pesar de todo, dispuesto a manifestarse.  Es como si la mujer le dijera: yo sé que estas aguas mías, son aguas estancadas. Dame agua viva, dame vida, dame alegría, pero que sean duraderas. Señor, dame paz y  sosiego.. Parece ser que esta mujer representa la parte herida de nosotros. Esa herida que está también en nosotros y que ocultamos incluso ante nosotros mismos.

Jesús le dice:  Anda, llama a tu marido y vuelve”. Y a lo  que replica la mujer: No tengo marido  Y Jesús le contesta: tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido... Es una revelación turbadora. Este extranjero al que no había visto nunca, parece conocerla a fondo. Jesús acaba de evocar ante ella el drama de su vida. De repente toda su vida  afectiva está desvelada, con sus heridas, sus vacíos, sus frustraciones, sus amores sucesivos, sus esperanzas frustradas, sus fracasos… Esta mujer a la que Jesús le pide de beber lleva en su corazón una historia de relaciones heridas, de carencias, de vacíos afectivos. El vacío de su vida queda simbolizado en el cántaro.

Repentinamente, la conversación toma un rumbo más explícitamente religioso. La mujer le dice: “Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén.”..  Esta cuestión puede llevarnos a un callejón sin salida y Jesús no puede responder fielmente a la pregunta de la mujer sin ir más allá de su forma de plantear la cuestión. “Ni en este monte ni en Jerusalén ..Créeme mujer, llega la hora”. Jesús es el único que conoce el camino hacia el verdadero culto. La hora a la que Jesús hace referencia, es la hora de su Pascua, donde se muestra la plenitud del amor de Dios. Esa hora es también el ahora de su encuentro con Jesús. La mujer le dice: “Cuando venga el Mesías nos revelará todo...”
Jesús le dice: Yo soy, el que habla contigo”. Es la respuesta de Jesús al deseo profundo de la samaritana y de todos nosotros. Como si le dijera: quieres calmar tu sed definitivamente, te regalo un manantial.  Esperas al Mesías y  lo encuentras ante ti, delante de ti. “Soy yo”.
La mujer, “dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: venir a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”. La mujer, después de este encuentro vital con Jesús, vuelve a la ciudad para comunicar a los otros lo que ella misma ha experimentado. Después de este encuentro con Jesús, nada va a ser como antes. Ella deja caer su cántaro. Este detalle es muy importante, quiere decir que ella deja atrás todo lo que podía pesar y hacerla retardar en su camino. Ella incluso, no piensa más en el motivo por lo que ha venido antes al pozo. Ha encontrado algo mucho más importante. Ella ya no necesita venir al pozo a sacar agua. Nosotros, después de encontrarnos con Jesús, tal vez podríamos abandonar nuestro “cántaro”. ¿qué cántaro es el que tenemos que dejar?

      En lo más profundo de esta mujer, y de todos los que en ella estamos representados, hay   una sed ardiente, un deseo insatisfecho de felicidad, y de un verdadero amor;  una sed de Infinito que ninguna relación humana puede calmar.  Jesús es Aquel que llena la sed de nuestro corazón.

     Nuestra oración de hoy, podría ser: “Señor, dame de esa agua”… Tú, Cristo Resucitado, eres  el Agua que nos  hace vivir. Señor, Tú  eres esta Fuente eternamente deseada, danos de esa Agua para que se transforme en nosotros en surtidor de agua viva. 


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