miércoles, 9 de febrero de 2011

Reflexión para el domingo 13 de febrero


Habéis  oído que se dijo pero yo os digo” (Mt. 5, 17-37).

            Continuamos contemplando hoy a Jesús en la montaña y aprendiendo de Él, como los primeros discípulos. Seis veces se repite: “Habéis oído que se dijo pero yo os digo”... ¿Acaso no hemos intentado neutralizar la fuerza explosiva del “Pero yo os digo...”?  Los primeros discípulos, que eran judíos, estaban desconcertados ante Jesús y se preguntaban: ¿Qué podrían hacer ahora sin la seguridad que les daba el cumplimiento de la ley? 
             Jesús les da la respuesta: “No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas... He venido a dar plenitud" ¿Qué significan estas palabras? Significan que Jesús viene a descubrirnos el sentido más profundo de la Ley...
             Jesús viene a este mundo a ofrecer a todo ser humano un camino de transformación radical y consentir a entrar en ese camino, es entrar en “el Reino de Dios”, que es el Reino del Amor, (el amor que no es una norma, sino una forma de vivir la vida  humana que se nos revela en Jesús).
              Jesús, ahora, se sitúa en el terreno de lo práctico y pone de relieve las actitudes que nos ayudan a vivir como verdaderos discípulos suyos.

En primer lugar, Jesús hace referencia a la violencia en nuestras relaciones:

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás” pero yo os digo que todo el que esté peleado...” Nos encontramos ante la primera situación a la que el ser humano ha de hacer frente y superar: las dificultades y los conflictos en las relaciones humanas, a menudo llenas de agresividad y violencia a nivel físico pero también psicológico. La violencia no pertenece sólo de manera exclusiva al terrorista o al asesino... puede estar también en nosotros mismos cuando nos dejamos llevar de la agresividad y de la violencia contra aquellos que no piensan como nosotros o que frustran nuestras necesidades. Hay formas de matar mucho más sutiles... el insulto, la descalificación, la indiferencia, van matando poco a poco a las personas.

Jesús también nos invita a la reconciliación: “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda en el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Jesús, buen conocedor del corazón humano, garantiza la calidad de nuestras relaciones a través de la reconciliación y el perdón. La reconciliación es una necesidad humana, un elemento constitutivo de nuestras relaciones con los demás. Por la reconciliación y el perdón recuperamos la relación rota, la amistad perdida, el amor defraudado; el odio y la injusticia enferman; la reconciliación y el perdón sanan.

El Evangelio de hoy nos recuerda que necesitamos liberarnos de todo lo que nos lleva a destruir al otro o nos distancia del otro y dificulta la fraternidad. Es una incoherencia condenar las muertes violentas y avivar, al mismo tiempo, entre nosotros una agresividad desmedida. Podemos llevar mucha agresividad en el corazón, por eso utilizamos un lenguaje duro e implacable. ¿Por qué está tan extendido este lenguaje, hecho de insultos e injurias, en nuestra cultura de hoy?



Después Jesús hace una invitación a superar el dominio del hombre sobre la mujer en el sector de las relaciones sexuales: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio, pero yo os digo que el que mira a una mujer deseándola”. Las relaciones hombre-mujer son una situación en la que Jesús nos invita a superar la Ley. El “desear”, en el verbo hebreo, significa “adueñarse con violencia” de lo que a uno no le pertenece, es decir, apropiarse del otro y de la relación. Jesús rompe el esquema patriarcal y machista en que la mujer es propiedad del varón y reducida a un objeto. Por eso, Jesús pone el acento en la responsabilidad del hombre ante la mujer ya que “la lujuria” del varón no era considerada grave.

Después añade: “Si tu ojo te hace caer sácatelo, si tu mano te hace caer...” Aquí, ya sabéis, el “ojo” simboliza el deseo; y la mano la acción, quiere decir que no hay que dejarse llevar por los impulsos instintivos que destruyen las relaciones humanas.

 Jesús devuelve la dignidad a las mujeres cuando dice: “El que se divorcie de su mujer ...” En aquella época y cultura patriarcal el divorcio era una injusticia contra la mujer, bastaba cualquier justificante para despedirla. Ellas no tenían derecho. La ley antigua justificaba el divorcio en circunstancias banales. “Pero yo os digo, todo el que se divorcie de su mujer...” Sí, Jesús devuelve la dignidad a las mujeres e invita a una entrega total al otro, sin reservas, sin egoísmos. En una palabra, Jesús está invitando a una fidelidad y a un signo luminoso del mismo amor de Dios.

En un mundo tan deshumanizado como el que nos ha tocado vivir, estas palabras de Jesús pueden resultar incómodas ya que, de hecho, parecen ir en contra de la realización personal y de la libertad del hombre y la mujer, tal como hoy se interpreta. Pero lo que Jesús nos quiere decir, en definitiva, es que las relaciones hombre-mujer sean vividas de una manera libre y plenamente satisfactoria. Nuestra sociedad necesita hombres y mujeres que testimonien que es posible amar “para siempre” y, al mismo tiempo, tener la comprensión y la ayuda para los que no puedan vivirlo.

Finalmente, Jesús pone de relieve la importancia de la verdad y  de la autenticidad en nuestras relaciones: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: no jurarás en falso... Pues yo os digo: que no juréis en absoluto... a vosotros os basta decir “sí “ o “no”. Quiere decir que las relaciones humanas, a menudo, se encuentran infectadas por la mentira, la ambigüedad de las palabras, el doble sentido y la falsedad. Jesús nos llama a vivir unas relaciones humanas basadas en la verdad y en la sinceridad del corazón. Nuestra palabra tiene que ser suficiente por sí misma: “Os basta decir “sí” o “no”.

           En el Evangelio de hoy, Jesús nos propone la superación de la escala de valores que regula nuestra sociedad y nos invita a amar sin medida, como Él nos ama, como Dios nos ama.

En esta celebración nos volvemos al Señor, en nuestra oración, para decirle: “Tú, Señor, quieres que seamos libres, libres para amar y nos entregas una ley inscrita en nuestro corazón”.

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